Shanghái ya está menos lejos


Apuntes sobre la nueva centralidad china y pequeñas formas de sentir familiaridad


Luego de aterrizar en el aeropuerto Pudong, comencé una nueva travesía por Asia. Muchos me habían dicho que Shanghái era la ciudad más cosmopolita de China y que no debía dejar el país sin conocerla. Llegué desde Tianjin, una ciudad del norte ubicada a unas dos horas en bus de Beijing.

Tianjin fue, en muchos sentidos, lo opuesto a Shanghái. Fuera de China pocos han escuchado su nombre, aunque se trata de una de las cuatro municipalidades con estatus especial del país, junto con Beijing, Shanghái y Chongqing. Su puerto la vuelve estratégica. A mí, sin embargo, me interesaba precisamente por su escasa presencia de turistas extranjeros. Para estándares chinos, Tianjin no parece tan inmensa: “apenas” once millones de habitantes. Shanghái, en cambio, supera los veinticuatro millones.

Y ahora me encontraba allí, en Pudong, el aeropuerto más grande del área metropolitana de Shanghái y, por supuesto, perfectamente conectado al transporte público. Digamos que, a diferencia de nuestra burocracia en Perú, nadie construyó una estación llamada “Aeropuerto” para luego dejarla a más de un kilómetro de la terminal.

En Tianjin me había costado moverme un poco porque casi todo estaba señalado únicamente con ideogramas chinos. En Shanghái, en cambio, el metro aparecía también en inglés y la ciudad se volvía de inmediato más legible. Mi alojamiento estaba en Jing’an, un distrito céntrico atravesado por una transformación acelerada: torres modernas conviviendo con casas bajas y envejecidas, escondidas en callejones estrechos. En muchas de esas viviendas la puerta daba directamente a la calle; desde afuera podía verse cocinas, televisores encendidos, conversaciones familiares. El barrio, además, era barato para comer. Al lado del alojamiento había un pequeño mercado donde, con mi precario chino mandarín, podía pedirme un desayuno de campeones por dos dólares y almuerzos por tres.

Ese mismo día tenía una misión: llegar a Xintiandi. Ese sí era el distrito de lujo, y también el lugar escogido por muchas tiendas y lugares de estilo internacional. Allí me encontraría con Paco, compatriota y mi único contacto en la ciudad. Nos habíamos escrito por WhatsApp antes del viaje, aunque, como ya había descubierto al llegar por primera vez a China, depender de aplicaciones occidentales ahí nunca es tan simple, así que terminé confiando en las indicaciones que me había enviado tiempo atrás.

Tomé el metro y llegué a un lugar llamado The Refinery. La decoración intentaba recrear el ambiente de una cervecería artesanal que perfectamente podría haber estado en Boston o Chicago. Miré hacia el pequeño escenario del local y ahí estaba Paco: cantando rock y pop estadounidense, mezclados con música latina, junto a un guitarrista pelirrojo de Kentucky. Después de algunas canciones que una audiencia mayoritariamente china seguía con entusiasmo, hizo una pausa y por fin pudimos saludarnos.

En realidad, era la primera vez que nos veíamos. Paco era el amigo de un amigo. Pero en ese momento éramos probablemente los únicos peruanos del lugar. Quizás también los únicos latinoamericanos, salvo el tecladista colombiano de la banda.

Paco toca en The Refinery tres veces por semana y tiene una buena recepción. Para los chinos, estos estilos de música se sienten diferentes. También me contó que había tocado durante la celebración del primer envío de carga entre el puerto de Shanghái y el nuevo puerto de Chancay, en Perú.

Mientras lo veía cantar en esa gigantesca metrópoli china, pensé en aquella mítica canción de Tongo: “En todas partes del mundo siempre encontrarás un peruano con ganas de luchar”. Nunca me había hecho tanto sentido como allí, a diecisiete mil kilómetros del Perú.

Al día siguiente comimos en un restaurante peruano. Paco me contó que llevaba más de quince años viviendo en China, un tiempo similar al que yo llevo en Estados Unidos. Y mientras lo escuchaba, no podía evitar imaginar una especie de mundo paralelo: qué habría pasado si, en lugar de migrar hacia el norte, hubiese cruzado el Pacífico.

Los días siguientes me dediqué a recorrer Shanghái a pie, en bicicleta y metro. Claro que vi los carros autónomos de Xiaomi y probé Luckin Coffee, la popular cadena que también se está expandiendo por occidente. A orillas del río Huangpu aprecié la famosa Torre Perla en medio de los rascacielos, y visité hermosos templos budistas por la ciudad. Pero lo que más me atrajo fue el antiguo edificio de la aduana, cuya arquitectura llevaba tiempo llamándome la atención, y desde donde los medios suelen mostrar icónicas celebraciones por el año nuevo. 

China todavía se siente lejana. Pero también es el lugar hacia donde el mundo parece estar mirando ahora con atención. Quizás por eso yo también había llegado hasta ahí: intentaba descifrar, en apenas unos días, qué significa hoy este país para el resto del planeta. Tal vez estas líneas no sean más que otro intento de comprender cuán pequeños podemos ser frente a ciudades, distancias y procesos que parecen moverse mucho más rápido que nosotros. Sin embargo, encontrarme con un peruano en Shanghái hizo que todo se sintiera un poco menos ajeno. El mundo volvió entonces a hacerse un poco más familiar.


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