¿Una manía sensata y desquiciada, necesaria para sobrevivir al caos?
Apenas entramos a su cuarto, mi amigo abrió un archivo de Excel y se tomó unos minutos para anotar cuánto había gastado en las cervezas. Fue el instante que cambió para siempre mi vida. Tenía dieciocho años. Mi amigo, cuatro años más. Sentí que se trataba de eso: una madurez más avanzada al momento de manejar el dinero. Hasta entonces, yo calculaba mis gastos con base en la plata que veía en mi billetera y la que contaba cada tanto en mi cajón de ahorros. Como el negativo de una fotografía: creía saber cuánto faltaba a partir de lo que estaba presente y podía ver. Un pésimo método. Quizás el más sano.
Hice un viaje al poco tiempo. Duraría algunos meses. El objetivo: trabajar y regresar a Lima con todo el dinero que fuera posible. Comencé a anotar, copiando a mi amigo mayor. Noté que las gaseosas que compraba a diario no eran un gasto menor cuando los números se sumaban. Agudicé la austeridad, el cálculo y la proyección. Traje a Lima una cifra que parecía inverosímil. Pagué un ciclo de universidad. Me mudé solo.
El dinero se acabó rato después. Pero la nueva costumbre resistió. Anotaba cada día, cada pasaje de micro, galleta, chela, taxi, chicle, bajona, a veces de inmediato, a veces al día siguiente, con la resaca encima. No tenía tarjeta. No existía Yape. Mis finanzas dependían de que consiguiera recordar. Y lo conseguía. Escribía los números en un cuaderno y a fin de mes pasaba la información a un cuadro de Excel.
La práctica inició su fase expansiva. Disfrutaba pasar las horas en Excel, anotando, ordenando, proyectando. Hice una lista con los libros que había leído, sus autores, si eran hombres o mujeres, si seguían vivos, años de publicación. Fue más o menos manejable. Cuando pasé a las películas, sus directores, guionistas, años, países, si habían sido adaptadas a partir de un libro, creo que comencé a perderme.
Si podía bajar al papel el dinero que gastaba, los libros que leía y las películas que miraba, pensé que también podría hacerlo con los cuentos que hubiera leído sueltos, las series, las separatas que me mandaban en la universidad. Después quise contabilizar las horas que dormía, los minutos que dedicaba a hacer ejercicio, si llegaba puntual o tarde a clase, qué tipo de interacciones sociales tenía, si veía a un amigo o si salía con una chica, o si simplemente conversaba al paso con una persona que no conocía. Comenzó a crecer en mí la sensación de que, si no anotaba, se perdería.
Me sentía muy a gusto con mi manía. A diferencia de los demás, yo estaba en control. De mi dinero, de mi energía, de mi tiempo.
No faltaban, por supuesto, quienes me explicaban que ya existía una cosa llamada Goodreads o Mubi o tal aplicativo que desde el celular permitía anotar los gastos de forma rápida, sencilla. Incluso el amigo que años atrás me había enseñado a llevar mis cuentas en Excel migró a procesos más prácticos.
Yo prefería seguir calculando con mi propio método.
«¿Y ya calculaste cuánto tiempo gastas en calcular?», me preguntaron.
Era un chiste, pero acabé haciéndome la pregunta en serio. No se me había ocurrido.
Sospechaba, sí, que debajo de mi costumbre de anotar y ordenar mi vida en cuadernos y en Excel latían asuntos urgentes y dolorosos. Llenar listas era una muy buena forma de postergarlos y distraerlos. Una forma sumamente productiva, que hasta hoy, en porciones medidas, recomiendo, pero que entonces, como brea, se extendía sobre la totalidad de aquello que yo era, impidiéndome respirar, frenando el pensamiento hondo, corrompiendo mi afán de conseguir control a través de un exceso que yo era incapaz de reconocer como tal.
Soy, todavía, un hombre que anota. De no ser por un cambio de laptop que implicó la pérdida de gran cantidad de mis archivos, me bastaría un puñado de clics para obtener el dato de cuántos soles gasté en cualquier día que se me solicite, entre diciembre de 2008 y hoy, 15 de mayo de 2026. Si fuera realmente necesario, podría buscar en mis cuadernos, que sobrevivieron mejor los accidentes y las mudanzas. Anoto menos que antes, pero sí lo suficiente: plata, libros, películas, series, cortos, obras. Los días que escribo. Los días que hago ejercicio.
Puede sonar a mucho. Yo lo siento imprescindible. Si procuro que no capturen mi atención por completo, si consigo que no sean ellas las que me enloquezcan, las listas serán siempre la estructura que necesito para mantenerme cuerdo.
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe