Decepciones multidimensionales


Las cifras de pobreza monetaria de 2025 nos dicen mucho de lo que estamos haciendo mal


Jhonatan Clausen es economista por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y PhD en desarrollo internacional por la Universidad de Bath (Reino Unido). En la PUCP se desempeña como profesor del departamento de Economía y director del Instituto de Desarrollo Humano de América Latina (IDHAL).


La semana pasada, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) presentó las cifras oficiales de pobreza monetaria correspondientes a 2025. Las nuevas estimaciones del INEI muestran que el 25,7 % de personas en el Perú vivieron en pobreza monetaria en 2025, cifra que es 1,9 puntos porcentuales menor a la del año 2024 (27,6 %). Son noticias que apuntan en una dirección positiva, pero que no dejan de ser decepcionantes, pues la cifra de 2025 todavía se encuentra 5,5 puntos porcentuales por encima del nivel prepandemia de 2019; además, el propio INEI advierte que un 32,8 % adicional de la población se encuentra en situación de vulnerabilidad, es decir, en riesgo de volver a caer en la pobreza.

Frente a estas cifras, no es infrecuente escuchar discursos según los cuales el crecimiento económico, por sí solo, bastará para erradicar la pobreza monetaria. Para algunos puede sonar atractivo, pero la evidencia empírica reciente sugiere que conviene tomarlo con cautela. Me gustaría detenerme en dos puntos que me parecen importantes.

El primer punto tiene que ver con qué tan sensible es la pobreza monetaria al crecimiento económico. Para estimar esta relación, los economistas usamos un indicador llamado elasticidad crecimiento-pobreza, que mide en qué porcentaje se reduce la pobreza por cada 1 % de aumento del producto. La literatura global sobre esta elasticidad relativa a la pobreza monetaria es amplia y, en términos generales, encuentra que el crecimiento sí se asocia con reducciones de la pobreza monetaria, aunque con una magnitud que varía considerablemente entre países y períodos. Pero esta es solo la mitad de la historia.

El segundo punto es menos conocido en el debate público peruano: ¿qué pasa cuando, en lugar de medir la pobreza solo con información monetaria, la medimos de manera multidimensional, es decir, considerando privaciones simultáneas en aspectos como la vivienda adecuada, los servicios básicos, la salud, la educación y el empleo? El artículo de Balasubramanian, Burchi y Malerba (2023), a partir de un panel de 91 países de ingresos bajos y medios entre 1990 y 2018 (muestra que incluye al Perú), encuentra que la elasticidad del crecimiento respecto de la pobreza multidimensional es entre cinco y ocho veces más débil que la elasticidad equivalente respecto de la pobreza monetaria. Estos hallazgos son consistentes con otras investigaciones similares. La intuición detrás de estos resultados es razonable. Ampliar la cobertura efectiva de agua y saneamiento, mejorar la calidad de la vivienda, garantizar la asistencia y la permanencia escolar, o expandir el acceso a servicios de salud no son cosas que “chorrean” automáticamente con el crecimiento del PBI: requieren políticas públicas explícitas y una capacidad estatal sostenida.

¿Y qué sabemos sobre la pobreza multidimensional en el Perú? Esta es otra parte decepcionante de la historia. Nuestro país aún no cuenta con una medida oficial de pobreza multidimensional, a pesar de que el INEI viene trabajando en el tema desde hace unos —a mi juicio, excesivamente largos— diez años. En ese vacío, otras instituciones han venido haciendo parte del trabajo. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en su reciente Panorama Social 2025, estima, aplicando una metodología armonizada y comparable entre 16 países de la región, que la pobreza multidimensional en el Perú alcanza al 37,2 % de la población. La fotografía del bienestar, cuando se mira más allá del ingreso, resulta entonces más severa que la del indicador monetario.

¿A qué nos lleva todo esto? Tres ideas, lectora, lector, que me parece que vale la pena poner sobre la mesa en el contexto de la segunda vuelta electoral en el Perú. 

La primera, es que la reducción de la pobreza monetaria observada en 2025 es una noticia positiva, pero insuficiente. Aún estamos por encima del nivel prepandemia y un tercio adicional de la población vive en condiciones de vulnerabilidad. ¿Qué tienen que decirnos los candidatos sobre cómo retomar una senda de reducción sostenida de la pobreza?

La segunda es que, si la evidencia internacional ya nos advertía de que el crecimiento económico tiene un poder limitado para reducir la pobreza monetaria, esa limitación es aún mayor cuando hablamos de pobreza multidimensional. La idea de que el crecimiento, “por sí solo”, terminará con la pobreza “en todas sus formas y dimensiones” (como menciona la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible) es, a la luz de la evidencia, una hipótesis empíricamente insostenible. Además de las medidas para impulsar el crecimiento económico, ¿qué proponen los candidatos para reducir todas las formas de pobreza?

La tercera es que resulta difícil seguir esperando a que llegue la medida oficial de pobreza multidimensional. La medición importa porque ordena la conversación pública, pues lo que no se mide oficialmente tiende a ocupar un lugar marginal en las decisiones de política, en las metas presupuestales y en la rendición de cuentas. Una década de promesas anuales incumplidas es, francamente, demasiado. ¿Tienen en cuenta los candidatos la existencia de este problema clave de política pública? 


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