Ser peruano y residir en Estados Unidos le añade capas a un primer viaje a China
Hace unas semanas tomé un avión rumbo a Beijing para participar en un evento educativo. Era mi primera vez en China y, aunque había leído sobre el país, viajaba con cierta ansiedad, y por supuesto mucha emoción. En el aeropuerto de Londres, donde hice escala, dudaron por un momento si podía abordar: desde junio de 2025 los peruanos ya no necesitamos visa, un cambio reciente y aún poco conocido. Tampoco ayudó que, a los cinco minutos de despegar, el avión hiciera una fuerte maniobra; por suerte, después vinieron largas horas de calma en el aire. Todo parecía lejano: el idioma, las costumbres y hasta la forma de conectarse a internet. De no haber sido porque unos estudiantes me esperaban en el aeropuerto con un cartel que indicaba mi nombre, la llegada hubiera sido aún más complicada. Ese fue apenas el inicio de una serie de aprendizajes prácticos que se acumularían en los días siguientes.
Antes de viajar me habían advertido que en China el efectivo o las tarjetas de crédito prácticamente no se usan, así que instalé aplicaciones como Alipay y WeChat, y compré un e-sim para el celular. También activé un VPN para asegurar el acceso a ciertas plataformas digitales, pues sin ello no es posible usar Google, WhatsApp o Instagram, aunque otros aplicativos como TripAdvisor o Uber sí funcionan sin problema. Eran preparativos necesarios para moverme en una ciudad tan vibrante como inabarcable. Durante el día participaba en las actividades educativas; en las tardes intentaba explorar la inmensa magnitud de Beijing: la Ciudad Prohibida, el distrito de arte 798 o la zona de la “pajarera”, como se conoce coloquialmente al impresionante Estadio Nacional. La curva de aprendizaje era constante: lograr usar las aplicaciones en chino para desbloquear bicicletas y recorrer así sus avenidas. Intentar usar el metro, con señalética casi toda en ideogramas, era otra aventura.
La experiencia me dejó una impresión clara: todos hablan de China, pero es difícil definir qué está pasando realmente allí. En algunos discursos se presenta a China como un competidor estratégico, incluso como un enemigo. Para otros, representa un modelo de modernidad. Mi vivencia fue más matizada. Resido en Estados Unidos, donde el discurso público suele resaltar las tensiones, pero lo que vi en China fueron gestos de colaboración, interés por la cultura estadounidense y centros comerciales llenos de Starbucks, tiendas Gap o autos Tesla. Y, al mismo tiempo, resulta evidente cómo Estados Unidos importa infinidad de productos fabricados en China, usa el popular TikTok y presencia cómo cadenas chinas, como Luckin Coffee, empiezan a abrir en Nueva York.
Por supuesto, no todo se reduce a intercambios comerciales. En el contexto académico en el que circulaba, los estudiantes compartían su aprecio por las universidades estadounidenses y su capacidad de atraer talento global. Y cuando caminaba por las calles, me sorprendía ver parques llenos de gente bailando, practicando coreografías del dragón o cantando karaoke en escenarios improvisados que atraían la atención de los transeúntes. Por supuesto, también admiré una milenaria historia que les llena de mucho orgullo.
Como alguien que investiga lenguas y culturas, también intenté poner en práctica el poco chino que aprendí durante un curso virtual en la pandemia, aquella época en la que todos acumulábamos clases en línea ante la imposibilidad de salir de casa. Fue entonces cuando descubrí que el nombre del país, 中国 (Zhōngguó), significa “el país del centro” o “la tierra media”. Desde esa autopercepción, China no se concibe en los márgenes, sino en el corazón de las dinámicas globales. Y, en muchos sentidos, lo que allí se decide anticipa debates y transformaciones que pronto alcanzan al resto del mundo.
Desde América Latina también crece la curiosidad. En el caso de Perú, el entusiasmo es palpable por la reciente apertura del puerto de Chancay y por el hecho de que China se ha convertido en nuestro principal socio comercial. Ese proyecto simboliza, además, la creciente interconexión entre ambas orillas del Pacífico. Tampoco hay que olvidar que la presencia china en el Perú tiene más de 150 años, con una comunidad que ha contribuido profundamente a nuestra identidad cultural y social. Por eso, para los peruanos, China no resulta tan lejana como para otros.
Escribo estas líneas para compartir impresiones generales, pero que al menos nacen de la experiencia directa. China es más compleja de lo que permiten las etiquetas simplistas. En lugar de optar por visiones polarizadas, conviene escuchar voces que, desde el conocimiento profundo, ofrezcan miradas equilibradas. Mucho antes de viajar ya leía con interés a Patricia Castro Obando, periodista y académica peruana que vivió varios años en Beijing, y que ha sabido explicar cómo este país transforma no solo su propio presente, sino también sus relaciones con América Latina. Y no solo desde lo económico y lo político, sino también desde su cosmovisión y ethos al comunicarse con el mundo. También pienso en libros como River Town, de Peter Hessler, un estadounidense que pasó dos años en Fuling, una ciudad poco conocida en el extranjero que en las últimas décadas se ha transformado en una urbe creciente.
Hoy, muchos hablan de China como un futuro que ya llegó. Esa es precisamente la razón por la que necesitamos mirarla con más atención, sin miedos ni puras idealizaciones. Viajar a China me recordó que ninguna narrativa externa reemplaza el valor del testimonio personal. Lo que vi fue un país que se proyecta al mundo con confianza, que consume cultura global y que, a la vez, preserva con orgullo sus tradiciones milenarias. Entre el entusiasmo y la cautela, entre Shanghái y Chancay, la tarea pendiente es aprender a mirar a China con matices propios, en un diálogo directo que no dependa únicamente de las potencias tradicionales del norte global. Y, desde el Perú, asumir también un rol activo y beneficioso en nuestra relación con este gigante asiático.
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