Una vez más, la hora de marchar


Un recuento de cómo la ciudadanía peruana no ha dejado de reclamar lo que merece 


Escribo esto un sábado 27 de setiembre, mientras me preparo a unirme a la gran marcha contra el gobierno convocada por los colectivos identificados como Generación Z. Iré a pesar de que son más cercanos a mis hijos que a mí, y a que no me viene siendo fácil encontrar colegas de la Generación X que se animen a venir. Varios me dicen que ya han marchado bastante, que es la hora de los jóvenes, y mis amigos periodistas van con sus chalecos de prensa, como debe de ser, por lo que me toca estar con el resto de los colectivos a reclamar ante el abuso de este gobierno.

Desde las matanzas perpetradas por la administración de Dina Boluarte en diciembre del 2022 y enero del 2023 durante las manifestaciones en el sur del país en contra de que asumiera el gobierno tras el intento de golpe de Estado de su predecesor Pedro Castillo, la calle había estado bastante silenciosa. En ese momento la reacción en la ciudad de Lima fue nula, mientras que en el sur del país las movilizaciones fueron grandes e intensas. La sensación de quienes se vieron agredidos y violentados en muchas de las provincias que habían votado por Pedro Castillo en el 2021 y que ahora se sentían vulnerados fue de total abandono.

La poca movilización en Lima tras la liberación de Alberto Fujimori en diciembre del 2023 tras el largo y peleado proceso de indulto —la última vez que salí a marchar a la calle— fue una muestra del letargo en el que parecía encontrarse la juventud. Los transportistas hicieron lo que pudieron en el 2024 cuando llamaron auna movilización ciudadana contra el sicariato, junto a una demanda general por justicia y cambios generales en el país, pero ni en octubre ni en noviembre lograron realmente un apoyo masivo. Tampoco lograron mucho a inicios de este 2025.

Sin embargo, lo que pasó el 20 y 21 de septiembre últimos ha sido diferente. Los jóvenes tomaron las banderas de los piratas de anime japoneses One piece —la calavera con sombrero de paja, como ya lo habían hecho sus coetáneos en Nepal e Indonesia— para exigir cambios profundos, incluyendo la salida de Dina Boluarte y el cierre del Congreso. El artículo del martes de Alberto de Belaunde detalla estas conexiones. Y como reportó El País, los jóvenes declaran estar “unidos por un Perú que merecemos”. Uno de los detonantes fue la propuesta de cambios a la ley de AFP que limitaba las posibilidades de los más jóvenes de retirar sus pensiones en el futuro. Esto, sumado a la destitución de la fiscal de la Nación Delia Espinoza.

El fin de semana pasado se vivieron jornadas intensas en que los jóvenes se encontraron con la policía, que los enfrentó con perdigones y gases lacrimógenos. Se han reportado unos catorce heridos, entre ellos por lo menos tres periodistas. Esta semana se unirán muchos otros colectivos y se espera que las manifestaciones sean aún más concurridas. Estaré ahí porque considero que los ciudadanos tenemos derecho a mostrar nuestro rechazo a la indolencia y el abuso de este gobierno. En este escenario preelectoral es necesario que tomemos conciencia de lo que está sucediendo y pidamos explicaciones a nuestras autoridades.

No es la primera vez que salgo, he marchado muchas veces, y quizás el tiempo en que lo hice con mayor intensidad fue en el 2000, cuando salimos durante meses, primero en el escenario electoral en que veíamos a Fujimori querer perpetuarse en el poder, y luego para pedir su salida. He vuelto muchas veces a la calle a pesar de no vivir todo el tiempo en el Perú. He marchado contra la “repartija”, contra los distintos intentos de indultos y por los derechos vulnerados. El momento actual se me hace igual de urgente y necesario.

Sobre todo, se me hace más urgente y necesario después de ver el magnífico unipersonal documental de Ricardo Bromley dirigido por Sebastián Rubio y Yanira Dávila que Patricia del Río reseñó en su columna de ayer. En El Rincón de los muertos conocemos de cerca el drama de un joven ayacuchano, danzante de tijeras, graduado de actuación en la Universidad Católica, que comparte con todos los espectadores la experiencia de su familia en los años más difíciles del siglo XX y su manera de entenderlos, ya que Bromleynació en el año 2000. 

Su juventud y la de los dramaturgos y directores nos quedó muy claras tanto a mí, como a la tía con la que fui. Ella, veterana de muchas lides, es antropóloga, y recordaba muy bien el contexto de la matanza de Huanta cuando se demandaba la gratuidad de la enseñanza, origen de la hermosa y triste canción Flor de retama, que se entona a inicios de la obra. Mi tía también estuvo presente en la Reforma Agraria, vivió con comunidades en Ayacucho, Huancavelica y Puno en los años 70, donde hizo sus prácticas de campo. En los 80 fue parte del movimiento de derechos humanos y tiene muchas historias que contar. Ver juntas la obra y estar presentes en el conversatorio fue realmente una excelente oportunidad para poner lo que está sucediendo y ha sucedido en contexto.

Si bien cada generación tiene que pelear sus propias luchas, nadie comienza de nada y quienes nos dedicamos a la historia tenemos la labor de colocar en una perspectiva de larga duración lo que ahora parece tan diferente. Cuando se comenta sobre el supuesto contagio de violencia y retroceso en derechos al ver hoy lo que pasa en otras partes del mundo, no puedo más que pensar en 1848 o 1968, solo para nombrar dos de los ejemplos más conocidos. Creemos que recién ahora el mundo esta globalizado, pero las banderas ya desde antes han traspasado fronteras, ya no son rojas, ya no tienen la hoz y el martillo, pero aun piden cambios que nos lleven a una sociedad más justa.

Es por ello que creo que llegó, una vez más el momento de marchar. Estoy de acuerdo con la demanda principal: nos merecemos un Perú mejor.


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