¿Qué tienen en común las protestas en Indonesia, Nepal y Perú?
En las últimas semanas, en medio de gases lacrimógenos y gritos de protesta, una imagen se repite de Katmandú a Lima: una calavera sonriente con sombrero de paja, impresa en banderas negras, flameando entre la multitud. Es la Jolly Roger, símbolo de la tripulación de los Sombreros de Paja en el manga One Piece, y se ha convertido en un ícono inesperado de las revueltas juveniles de 2025.
One Piece es un manga japonés creado por Eiichiro Oda en 1997. Narra las aventuras de Monkey D. Luffy, un joven que sueña con convertirse en el Rey de los Piratas y encontrar el mítico One Piece, el tesoro que promete la libertad absoluta. Luffy lidera una tripulación de inadaptados que navegan por mares llenos de imperios autoritarios, corporaciones opresivas y gobiernos corruptos. Sus batallas no son solo por oro o gloria, sino por liberar pueblos, defender amigos y vivir sin cadenas. Quizá por eso su bandera —la calavera con sombrero de paja y sonrisa desobediente— resuena tanto con una generación que siente que el sistema le ha fallado.
En Yakarta, Indonesia, las protestas comenzaron por algo tan concreto como un subsidio para vivienda de legisladores equivalente a más de diez veces el salario mínimo. La indignación creció cuando un mototaxista murió atropellado por un vehículo policial: mientras la Jolly Roger flameaba, manifestantes incendiaron edificios parlamentarios en varias provincias, saquearon casas de diputados y obligaron al presidente a cancelar un viaje oficial para atender la crisis. Aunque el ejército terminó sofocando la revuelta, dejó al menos ocho muertos y más de tres mil arrestos. El gobierno suspendió el controvertido subsidio y prometió revisar los beneficios parlamentarios, pero el descontento sigue latente: para los jóvenes indonesios, el sistema político parece trabajar para una élite desconectada de la realidad.
Semanas después, en Nepal, la bandera volvió a aparecer cuando la rabia acumulada se transformó en revolución. El detonante fue que el gobierno prohibió 26 plataformas de redes sociales —incluidas Facebook y X— por no cumplir con nuevas regulaciones que muchos vieron como un intento de censura masiva. La medida afectó a millones de jóvenes y a pequeños negocios que dependen de vender por internet. Sumado a la ostentación en redes de los hijos de políticos mostrando lujos y viajes, el corte de comunicación fue percibido como la gota que rebalsó el vaso.
Lo que siguió fue un levantamiento vertiginoso: en menos de 48 horas, el primer ministro renunció, el Parlamento fue disuelto y se anunciaron nuevas elecciones. Y algo inédito ocurrió: los grupos de jóvenes que lideraron las protestas usaron la plataforma virtual Discord para debatir y votar en tiempo real a quiénes propondrían como autoridades de transición, generando listas que luego fueron tomadas en cuenta en la negociación con el ejército y el presidente interino. La revolución se organizaba en las calles y también en internet, donde cientos de mensajes por minuto dibujaban el esbozo de un nuevo país.
El fin de semana pasado, la ola parece haber llegado al Perú. En Lima, Arequipa y Cusco, miles de jóvenes marcharon contra el Congreso y el gobierno de Dina Boluarte. Y entre carteles, coreografías y transmisiones en vivo, volvimos a ver la bandera de Luffy, convertida ya en una suerte de contraseña generacional.
La respuesta del Estado fue inmediata y brutal. La policía desplegó un operativo de represión: gases lacrimógenos en espacios cerrados, cierre arbitrario de calles y uso desproporcionado de la fuerza contra manifestantes pacíficos que ejercían su derecho fundamental a la protesta. En redes sociales, la indignación no se hizo esperar, con no poca gente señalando que, si la policía pudiera movilizar así sus recursos para enfrentar la ola de asaltos, extorsiones y feminicidios que golpean al país, otra sería la historia. Ese contraste quedó expuesto en cientos de videos virales que mostraban a las fuerzas del orden actuando con una energía que rara vez se ve cuando la amenaza viene de la delincuencia.
Queda la pregunta de qué vendrá después. En Indonesia, el descontento sigue latente. En Nepal, el país se encamina a elecciones adelantadas con las heridas abiertas. Y en el Perú, el movimiento está apenas empezando. Lo que está claro es que el sombrero de paja se ha convertido en algo más que un guiño otaku: es la bandera de una generación que parece haberse hartado de mirar indiferente la realidad desde la pantalla de sus celulares.
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