Ricardo Bromley demuestra sobre el escenario que hay historias que no debemos olvidar
Ricardo Bromley es un actor, dramaturgo y danzante de tijeras ayacuchano, formado en la Facultad de Artes Escénicas de la PUCP. Desde hace tres semanas, cada sábado y domingo se enfrenta al público desde un escenario casi vacío: un par de mesas, una silla, un monitor y un ecran de fondo lo acompañan. Allí se planta, se presenta, interpela al público y nos cuenta su vida: la de un joven nacido en el año 2000, en Huamanga, Ayacucho, una ciudad marcada por la muerte, la persecución y la tristeza.
Bajo la dirección impecable de Sebastián Rubio y Yanira Dávila, Ricardo captura al público durante los 80 minutos que dura El rincón de los muertos. Con una maestría propia de actores cuajados y experimentados, Bromley, con su cuerpo desgarbado y su pinta de chibolo, va entretejiendo su historia personal —su infancia, su familia, sus decisiones profesionales— con la de su región, Ayacucho. Mientras recorre el escenario, desfilan ante los ojos del espectador los terribles episodios de los que ese territorio ha sido protagonista: la batalla de Ayacucho, los movimientos sociales por la educación, el conflicto armado interno, las matanzas durante el gobierno de Dina Boluarte, entre otros.
Aya (muerto) y k’ucho (rincón). ¿Trae el nombre alguna determinación que condena a un pueblo a ser tan golpeado? —se pregunta Bromley—. ¿Qué fuerzas han confluido, desde épocas prehispánicas, para acumular tanta desgracia en un mismo lugar? La obra no ofrece respuestas, pero sí muestra cómo el suelo que pisamos y la realidad en la que nacemos se apoderan de nuestra historia personal. A los grandes acontecimientos que quedan en periódicos y libros de historia corresponden vivencias cotidianas, íntimas, que terminan definiendo la existencia de quienes habitan en el rincón de los muertos.
La obra, que se presenta en el Centro Cultural PUCP hasta el 12 de octubre, cuenta la historia de un muchacho que es, al mismo tiempo, la de su familia, la de su región y la de un país entero. En esa avalancha de información, sostenida por la potencia de un único narrador que le da sentido, el espectador no puede sino involucrarse con el dolor representado y cuestionarse sobre la violencia que otros peruanos han debido soportar. Es, por eso, una pieza incómoda: interpela al poder, interpela a quienes miramos —o preferimos no mirar— esa tragedia desde lejos, interpela a un país entero cercenado por la falta de integración y la desigualdad. Así lo entendieron los burócratas del Ministerio de Cultura, que se negaron a otorgarle a la obra la categoría de espectáculo cultural para eximirla del impuesto. Un atropello más contra esa tierra plagada de muertos a la que se intenta seguir silenciando.
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