Profetas cibernéticos


De John Titor a QAnon (o sobre por qué internet es un templo para los creyentes del delirio)


Hace algunas semanas publiqué aquí un artículo sobre la paradoja de no creer nada. Una convicción —y una dificultad— que intento reafirmar cada día, aunque de rato en rato recuerde la época en que solía creer mucho; o, mejor dicho, en todo. Empezó poco después de tirar lejos lo religioso, y es que tras ello me fue necesario volcar, sobre el vacío que quedó, cada cosa que iba encontrando a mi paso. Signos, karma, ovnis, telepatía, conspiraciones, todo servía para sobrevivir mi orfandad metafísica. Armado con una flamante conexión a internet que en esos años por fin había aterrizado en casa, pasaba las noches buceando entre foros, imágenes y videos. Allí, los testimonios, los metrajes y las pruebas —si uno se animaba a entenderlas de esa forma— sobraban.

Volviendo sobre esos delirios adolescentes, me acordé de un personaje en el que no había pensado en casi veinte años: John Titor. Entre 1998 y 2001, Titor apareció en incipientes foros de la web y se presentó a sí mismo como un viajero del tiempo que venía del año 2036 para intentar prevenir catástrofes que caerían sobre el mundo durante las primeras décadas del siglo XXI. Mucha gente le creyó, y eso, junto con su buena voluntad para responder a las preguntas que otros usuarios le hacían, hizo posible un diálogo fluido en el que Titor pudo contar las implicancias de su verdadera misión (seguir su camino hacia el pasado para recuperar una computadora IBM 5100 de 1975), explayarse acerca de sus profecías e incluso describir con inquietante detalle la máquina del tiempo que le había permitido viajar del futuro hacia ese presente.

El caso de Titor estuvo lejos de ser el único en el que las alucinaciones de algunos misteriosos individuos encontraron su público gracias a internet. En los años noventa, por ejemplo, la secta ovni Heaven’s Gate se reinventó en el ciberespacio y armó una página web para difundir sus promesas y reclutar a la mayor cantidad posible de seguidores. El objetivo: adoctrinarlos a tiempo para el suicidio masivo que hicieron coincidir con el paso del cometa Hale-Bopp, en 1997. Y es que los Heaven’s Gate creían que, en su estela, viajaba también la nave espacial de su fundadora fallecida, Bonnie Nettles, quien de la muerte regresaría a la Tierra para recoger a todos los suicidas y llevarlos a un plano dimensional donde encontrarían la salvación. 

Dos décadas más tarde, en 2017, un usuario llamado Tsuki apareció en el foro Reddit para revelar —al principio, sin ninguna intención aparente— que sus sueños le ordenaban morir antes del 28 de agosto de ese año. La atención que generó entre otros usuarios fue tal que, en pocas semanas, el tipo ya había desarrollado toda una narrativa mesiánica cuya idea central era la urgencia de migrar a un sistema digital que llamó LFE. Para conseguirlo, era necesario registrarse en la página web que Tsuki creó en los días siguientes y, además, por supuesto, suicidarse dentro de las fechas indicadas.

Ejemplos tan fascinantes y mórbidos hacen que John Titor, el profeta que me obsesionó durante mi época más crédula, no sea nada más que un recuerdo divertido sobre los inicios de los años 2000. Pero también disparan una pregunta acerca del estado mental de quienes pasan sus días esperando que algo suceda. Algo de verdad. Un viaje en el tiempo, una migración a otro plano dimensional, la profecía que dará sentido a una vida material que cada tanto —a veces, a cada rato— parece insuficiente. Internet juega en ello su papel. No solo configura frente a nosotros un espacio incognoscible que, al mejor estilo de Tron (1982), Neuromante (1984) o Matrix (1999), promete una existencia digital donde podemos hacer realidad nuestros más ansiados deseos y perversiones, sino que además conecta, con una inmediatez nunca antes posible, el delirio de quienes escriben con el delirio de quienes leen. 

¿Qué pasaba por la cabeza de Edgar Welch cuando el 4 de diciembre de 2016 manejó seis horas desde Carolina del Norte hasta Washington D. C. para entrar con un rifle de asalto en la pizzería Comet Ping Pong y disparar exigiendo la liberación de unos hipotéticos niños que, según la teoría conspirativa Pizzagate, eran víctimas de una organización pedófila? ¿Por qué en el interior de Welch se asentaron tan hondamente las ideas que algunos usuarios de Twitter difundieron sin prueba alguna? Es más: ¿por qué, a pesar de que Welch acabó sentenciado a cuatro años de cárcel sin descubrir absolutamente nada, Pizzagate dio paso directo a la teoría QAnon, según la cual Trump, secretamente, lidera una batalla contra una red de tráfico sexual de niños? ¿Cómo fue posible que aquello despegara a partir, únicamente, de los testimonios y presuntas filtraciones de un usuario anónimo autoproclamado Q en el foro 4Chan?

I want to believe [quiero creer], la estimulante frase de Los expedientes secretos X, ha doblado por una esquina insospechada, rescatando de la desesperación a sujetos peligrosos que, en los sótanos de internet, esperan su llamada.

Yo mismo, cuando me enteré de la historia de John Titor algunos años después de su aparición inicial, decidí escribirle a su correo (sí, el tipo había dejado su Hotmail con la promesa de responder a quien se pusiera en contacto con él) y unas semanas más tarde recibí una respuesta suya demasiado ambigua, en la que, sin embargo, hacia el final, con toda claridad, John Titor me pedía esperar a una fecha precisa: el 12 de abril de 2009.

Hoy que reviso ese correo escrito en 2007, busco en internet si acaso algo de importancia sucedió en el mundo aquel día, pero no hay resultados. Solo si me permito ser más flexible, encuentro que un día antes, el 11 de abril de 2009, se confirmó el primer caso de la gripe A(H1N1), también conocida como Gripe Porcina. Aquella pandemia no alcanzó la letalidad de la pandemia de COVID que nos caería encima una década después, pero en mi historia personal ha quedado muy grabada. Y es que a mí me tocó ser uno de los pocos casos peruanos.

John Titor falló el tiro, pero no por mucho. Y yo, por suerte, solamente me crucé con el profeta inofensivo. Esquivé la bala.


¡Suscríbete a Jugo haciendo click en el botón de abajo!

Contamos contigo para no desenchufar la licuadora.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

uno × dos =

Volver arriba