Caídos del pedestal


Curiosidades de cuando la Iglesia se deshace de algunos intermediarios celestiales


Hasta hace un tiempo en el Cielo, además de ángeles, arcángeles, dominaciones, virtudes, potestades, principales, tronos, serafines y querubines; y de millones de almas de buenas personas convivían, en un lugar destacado —próximos a Dios, cerquísima de su hijo—, unos 40 mil santos. Es decir, una comunidad similar a la que puebla el distrito de Barranco en Lima. El problema, de haberlo, no era tanto de densidad demográfica (el  Cielo, como el amor del Padre, sería infinito), sino de identificación y logística: simplemente son muchísimos para ser todos plenamente conocidos y reverenciados. Consideremos que el preceptivo Vidas de santos (1756) de Alban Butler contiene apenas 1.486 hagiografías, un esfuerzo de catalogación superado dos siglos después por Thurston y Attwater en un volumen de título elocuente: 2.565 santos. El más reciente y enjundioso Diccionario de santos, de Leonardi, Riccardi y Zarri, contiene apenas mil.

Una manera de evocar a esta élite de piadosos y de reconocer sus nobles acciones es a través del calendario litúrgico, que le asigna a bastantes de ellos un sitio en el almanaque, generalmente asociado a la fecha de su muerte. Es decir, un canon. Para el resto, conocidos o no, Gregorio IV instauró a mediados del siglo IX un día especial: el de Todos los Santos, celebrado cada 1 de noviembre.

Para reforzar el recuerdo, antiguamente se disponía de dos mecanismos complementarios: nombrando a los recién nacidos como uno de los santos del día, y celebrando su onomástico. Con lo primero, si usted hubiera nacido un día como hoy, 10 de noviembre, le llamaríamos Baudolino, Demetrio, Orestes, Probo o Andrés Avelino, entre otras tantas opciones. El onomástico es otra cosa.

Es común confundir el cumpleaños con el onomástico. El primero celebra, como su nombre indica, la fecha en que uno cumple un año más de vida, se llame como se llame. El onomástico es ‘el día de su santo’. Si usted se llama Rita, le tocará honrar a su santo —su santa, vamos— cada 22 de mayo; si su nombre es Antonio, festejará el 13 de junio; si responde a Willibaldo (en honor al patrono de los fabricantes de rejas en Alemania, hijo de san Ricardo el Peregrino y hermano de san Winebaldo y santa Walburga), lo hará cada 7 de junio. 

Dicho lo cual, ¿qué tienen en común Marina Mora, Nicolás Lúcar, Susy Díaz, Lucía de la Cruz, Tatiana Astengo y Álvaro Rod? Poco, en realidad, salvo que son personajes públicos peruanos. Y que desde hace casi medio siglo solo pueden celebrar su cumpleaños, ya que sus santos han sido, literalmente, bajados del pedestal. De la misma manera en que las empresas depuran cada tanto sus bases de datos, la Iglesia decidió, basándose en intensas investigaciones, que muchos de ellos o no existieron nunca, o que no fueron quienes la fe popular se propuso honrar. Bastantes fueron mártires de los primeros siglos del cristianismo: su sacrificio fue empleado, acaso deliberadamente, como símbolo de resistencia y propaganda. Lo remoto de su origen explica la falta de documentación más allá de la tradición oral, la constante fusión con divinidades paganas a la hora de construir sus mitos y sus cualidades mágicas.

Los principios de esta purga comenzaron en el siglo XVII, cuando Heribert Rosweyde, primero, pero sobre todo el jesuita belga Jean Bolland desarrolló junto a un grupo de estudio (los bolandistas) un método muy prolijo que analizaba las fuentes históricas para separar la paja del trigo o, lo que sería su equivalente, el mito del hito. Así nació el ‘Acta Sanctorum’, el conjunto de fichas de los reales santos, que hasta hoy va en 68 volúmenes (llega hasta las celebraciones del, justamente, 10 de noviembre). El despido, la desvinculación para casi todos los que habían vivido solo en las estampitas y en el cariño del pueblo, llegó finalmente tras el Concilio Vaticano II, cuando al respecto la Iglesia se puso seria. El martirologio romano del año 2005 reconoce solo siete mil santos.

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Cada 14 de febrero el cristianismo recuerda a diez santos, entre ellos Auxencio, Cirilo, Eleucadio, Metodio de Tesalónica, Nostriano, Vital de Spoleto y Zenón. ¿Y Valentín? Aunque le pese a los románticos, los hoteleros y los vendedores de rosas, a él no. El principal problema con la identidad del patrono de la amistad y el amor desde la Edad Media es que ni siquiera recae en un individuo, sino sobre tres, quienes vivieron en tiempos distintos: un médico romano devenido sacerdote que se puso a casar soldados, aun cuando Claudio II se lo había prohibido (el pobre perdió la cabeza por amor el año 270); un obispo enterrado en Terni, Italia, donde la fiesta patronal es el 14 de febrero; y Valentín de Recia, un tirolés del siglo V que en algunas partes de Alemania es invocado por quienes sufren de epilepsia.

Otra leyenda medieval ampliamente venerada es la de santa Úrsula, acaso originada en la diosa germana Freyja, protectora de las muertas vírgenes. La historia resumida cuenta que la joven decidió guardar su castidad y dedicársela a Dios, lo que fue consagrado por el papa Siricio, quien le encomendó difundir la palabra santa entre los suyos. Fue durante su regreso de Roma en el 451 que Úrsula se topó con las huestes hunas, y que el mismo Atila se obsesionó con ella que, claro, se negó al ultraje. Terminó martirizada en Colonia junto a otras diez doncellas. Quinientos años después, por un error de traducción, se comenzó a propalar la idea de que no fueron once sino once mil las chicas matadas.

San Cristóbal (el primigenio, pues hay al menos una docena de beatos y santos nombrados en su honor), patrono de viajeros y automovilistas, tiene un nombre prospectivo: significa “el que transporta a Cristo”. Acaso inspirado en el mito del barquero Caronte, sería un gigante cananeo (2,3 metros) de rostro espantoso que en una ocasión ayudó al niño Jesús a cruzar un río. Asombrado por el gran peso del pequeño, este le habría explicado que se debía a que llevaba sobre su espalda todos los pecados del mundo (cosa que, de paso, le tocó también a Cristóbal). 

Jorge de Capadocia es muy probablemente el santo más popular entre Rusia y Portugal, de Inglaterra a Etiopía. Es venerado incluso en otras religiones. Si existió o no sería lo de menos, dado el inmenso arraigo y cariño que despierta desde hace 17 siglos. Su historia tiene dos etapas: la sencilla y la fantástica. 

La primera narra que fue un soldado al servicio del emperador Diocleciano, quien ordenó la persecución de cristianos a principios del siglo IV. Jorge lo era, lo confesó, y fue torturado para que apostatase, pero resistió, lo que terminó con la separación brutal de su cabeza del resto del cuerpo. Su martirio fue célebre y él, por razones misteriosas muy recordado, adjudicándosele milagros, como señala el ‘Acta Sanctorum’, “llenos de extravagancias y maravillas más allá de cualquier credibilidad”. La segunda parte del mito sucede cuando, cinco siglos más tarde, el mismo San Jorge se enfrentó y dio muerte al dragón que estaba a punto de comerse a la hija de un rey. La leyenda, que se inspiraría en distintas creencias paganas, orientales y en las aventuras de Perseo frente a la Gorgona, fue su consagración definitiva.

Otra víctima de Diocleciano pudo ser san Genaro (o Jenaro), patrono de Nápoles, quien fuera detenido en 305 mientras oficiaba como obispo de Benevento. Como no aceptó abjurar de su fe fue condenado a muerte, pero sus verdugos no la tuvieron fácil. Primero lo metieron a un horno, de donde salió indemne: ni siquiera se le chamuscó la ropa. Al día siguiente lo soltaron en el anfiteatro frente a una manada de fieras hambrientas que terminó a sus pies, como dóciles mascotas. Finalmente, optaron por la solución habitual, el infalible descabezamiento. Desde hace cuatro siglos, cada 19 de setiembre en la Catedral de Nápoles se da un milagro de san Genaro: la licuefacción de la que sería su sangre, contenida en un frasquito. Delante de todos esta pasa de sólida a líquida, un fenómeno raro, pero de explicación científica.

Su contemporánea, Lucía de Siracusa, fue condenada y arrojada a un prostíbulo, pero la fe la mantuvo casta. Luego la intentaron violar los soldados del procónsul Pascasio, sin éxito, pese a que la amarraron y violentaron. Acusada de bruja, la llevaron a la hoguera, pero ella como si nada. Le arrancaron los ojos, y siguió viendo. Podemos imaginar la opción final.

El desafuero masivo desde 1969 incluyó a santa Verónica (la que enjugó el sudor y la sangre de Cristo con un paño que quedó grabado con su estampa), a san Simón de Trento, a san Guillermo de Norwich, a santa Catalina de Alejandría, a los hermanos san Crispín y san Crispiano, santa Marina, entre muchos otros. San Expedito, patrono de los imposibles, no pudo resolver su propio problema: la veracidad de su existencia.

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Evidentemente la Iglesia no es infalible, pero criticarla por haber elevado a los altares a seres míticos resulta una necedad. Un mártir, antes que alguien que sufre persecución y muerte es, etimológicamente, un testigo, quien da testimonio. Para los creyentes, de vida, pues acercan a los devotos a lo eterno.

Los santos son símbolos, paradigmas de una fe que necesitaba para su consolidación de héroes, seres consecuentes con el ideal del cristiano en construcción, pero que además mostrasen arrojo y cualidades morales y sobrenaturales. Un rasgo fascinante es que tienen hasta ahora, asimismo, la encomiable función de hacer más próximo, más accesible a Dios, como intermediarios entre nuestra humanidad silvestre y las esferas celestes: hoy estarán cerca del éter, pero fueron, son, como nosotros. Humanos. Por ello, por una cuestión de empatía, cada uno puede escoger a ‘su santo’ casi sin importar si fue un guerrero inmortal que mataba dragones, o un mulato que juntaba animalitos en su regazo.


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