A llorar al río


Un episodio más de inhumanidad en una región que ya está harta


“Una idea absurda me persigue: jamás el universo producirá otro Daniel. Siempre vendrá quien me diga que nos queda la memoria, que nuestro hijo vive de una manera distinta dentro de nosotros, que nos consolemos con los recuerdos felices, que dejó una obra… Pero la verdadera vida es física, y lo que la muerte se lleva es un cuerpo y un rostro irrepetibles: el alma que es el cuerpo”. 

         Lo anterior es un pasaje de Lo que no tiene nombre, la novela-memoria que escribió la colombiana Piedad Bonnett tras perder a su hijo menor. Después de casi una década padeciendo el infierno cotidiano de una enfermedad mental, Daniel, entonces de 28 años, fue impelido por esta a romperlo todo lanzándose desde una ventana, muy lejos de casa, dejando tras la caída una mancha de rabia, compasión, alivio y, a la vez, muchísimas preguntas entre quienes lo amaron. El libro es una inmersión valiente en ese dolor tan incomprensible para los demás, tan difícil de mirar de frente, ya no decir de mensurar. ¿Existirá acaso algo peor que la muerte de un hijo?

         Sospecho que no. Que no hay nada más desgarrador ni antinatural. Como sabemos bien, se trata de una experiencia que, a diferencia de perder a la pareja o a los padres, ni siquiera le hemos puesto nombre. Porque se trata de un miedo tan grande que evitamos mentarlo, como temiendo que al hacerlo convocásemos al hada oscura. Así que lo negamos. Lo volvemos tabú. De ahí el título de la obra de Bonnett. 

         Esta semana he prestado mucha atención a los testimonios de los padres y madres de los muchachos que murieron ahogados y magullados tratando de cruzar el río Ilave, en Puno. El hombre abrazando el cadáver de su hijo empapado y tendido sobre una camilla. La señora que grita reclamando justicia hasta que se le quiebra la voz. Las escenas durante esos velorios masivos. En cada ocasión sentía cómo se me cerraba la garganta tras una bola de baba amarga. Sus hijos, sus irrepetibles y únicos muchachos, se habían hundido frente a sus ojos.

         Sus nombres son —eran— Franz Canaza Cahuaya, Alex Quispe Serrano, Elvis Pari Quiso, Elías Lupaca Inquilla, Percy Castillo Pongo y Carlos Quispe Montalico. Los seis tenían entre 20 y 22 años, la edad de mi hijo mayor. Pero a diferencia de él, esos chiquillos carecían de las oportunidades que se les ha negado siempre a los más pobres, por lo que vieron que ingresar voluntariamente a la milicia podía significarles un inicio de movilización social. Buscaron en el servicio al país una forma de abrirse paso, y lo que hallaron fue un final que les llegó cincuenta o sesenta años antes de lo debido.  

         Creo mucho en la versión y las pruebas del periodista Liubomir Fernández de que el contingente no estaba huyendo de un ataque de los pobladores, lo que lo habría obligado a cruzar un río ancho, turbulento y casi helado; sino que más bien recibió la orden de un oficial que solo quería ahorrar camino de regreso. Pero más allá de que la pita se haya vuelto a romper por el lado más pobre, existen dos agravantes en este caso.

Por un lado, que se tratase de jóvenes nacidos y criados en la zona, lo que encierra una impiedad al pretender que estos repeliesen las protestas de sus familiares y vecinos, unas protestas con las que muy probablemente estuvieran de acuerdo. Es malvado y estúpido. Por cierto, el oficial a cargo habría sido el capitán Josué Frisancho, también puneño y con denuncias por violación sexual y violencia física y psicológica. La última es de octubre pasado, cuando su esposa lo acusó de ahorcarla y arrastrarla del pelo. Acaso sea descendiente de José Frisancho, un apasionado y singular defensor de los aimaras frente a la opresión gamonal hace un siglo. 

         El otro asunto que me parece repudiable es que no solo se les ordenó atravesar la corriente con sus mochilas y sus pertrechos, sino que esos chicos no sabían nadar. ¿Cómo es posible que unos soldados que operan en un territorio atravesado por ríos y lagos no fueran adiestrados para mantenerse a flote y avanzar en el agua? Por si fuera poco, el caso tiene un antecedente que muchos recordarán: en junio de 2017 otros cuatro cabitos que tampoco sabían nadar murieron en la playa de Marbella, en Magdalena, ahogados muy cerca de la orilla durante una acción que nunca fue del todo aclarada. 

         (Aquí una digresión: por denunciar esta mala práctica la periodista Patricia del Río recibió una andanada de improperios de parte de los imbéciles de siempre, aquellos que se esconden tras el semianonimato de las redes sociales. Pati, que es una persona a la que admiro y quiero muchísimo desde que nos sentábamos silla con silla en una redacción hace más de veinte años, solo puso el foco en un tema que debería escandalizarnos a todos; y lo que recibió a cambio fueron insultos. No aguantó más tanto desprecio y misoginia, por lo que ha decidido alejarse del ruido. Me parece que en momentos de tanta crispación hace bien en escoger cuidar su corazón y su mente. Pero su ausencia será de lamentar, como todo triunfo de la sinrazón).

         La muerte sin justificación de estos seis chicos que habían sido antes obligados a atacar a su gente ha merecido el repudio de una región que no puede más de harta. Es el último episodio de una serie de eventos torpes, violentos y racistas contra los puneños. Las protestas no van a parar, la violencia solo seguirá escalando.

         Y mientras tanto, a la vez que arda todo, que se desangren las ciudades y los caseríos, se incendien esos campos amarillos, se muerdan los hombres y las bestias bajo un cielo de níquel infinito, en seis casas faltarán las risas y el sudor, las manos, las voces, la presencia de seis vidas arrancadas de las vidas de sus padres, y sus hermanos, y cuantos los quisieron bien. Toda rebelión más allá de las puertas será absurda, toda la agitación carecerá de sentido ante ese dolor que no tiene nombre. Porque ha llegado el fin de seis mundos. 


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5 comentarios

  1. Claudia Quiñones

    Dolorosa realidad. Gracias por insistir en que esta tristeza sea compartida hasta el punto de imaginar que le puede pasar a uno de los nuestros y ser más empáticos con todos los que sufren injusticias.

  2. Mariano Calderon

    El autor solo busca echarle la culpa a las FFAA cuando el unico responsable de esos asesinatos, que han incluido muerte por pedradas, es la turba de delincuentes alzados en armas que atacaron y persiguieron a esos soldados de manera salvaje, tal como todo el país lo vio por TV.
    A pesar de ello y de que los propios soldados han ratificado los hechos, se lanza sus teorías de a quien creerle mas. Aun cuando se opte por dejar de ser periodista para ser activista, no hay porque quedar mal afirmando esas barbaridades, el razonamiento elemental y un poco de sentido común indica que esos soldados fueron perseguidos a pedradas hasta el rio, y hay testimonios de ello.

    Admirar a esa periodista que se autodefine como «muy cercana de Vizcarra» es para llorar. Un periodista no debe ser cercano a ningún político, sea quien sea (para su desgracia al mayor sinvergüenza que se recuerde y sus 200,000 muertos). Por dignidad y verguenza debió alejarse del periodismo para siempre el día de los audios, eso hace alguien cuando ha fallado a los principios de la profesión y a los de su propia dignidad. Ninguna ética periodística ni seriedad, en ambos.

    Invocar misoginia en esa renuncia ya solo puede provocar risas.

  3. M. Blanca Marchand L.

    Estamos acostumbrados a ver a los campesinos y obreros como seres inferiores y por eso todos estos abusos.
    En las Fuerzas Armadas han vuelto a comandar los de viejo cuño, los que defienden la obediencia ciega, la fuerza de las armas y el statu quo.

  4. María Luisa Vásquez Atoche

    Duele la pérdida de 6 humildes y jóvenes soldados y no habrá justicia para ellos, pues el poder protegerá al militar que dio la orden, aunque sea un inepto militar y un repudiable agresor de mujeres. Mientras no haya justicia, la paz no llegará a su pueblo.

  5. Mariano Calderon

    A mi me duele la indolencia y la poca sensatez de los que quieren culpar al comando militar que dió la orden de cruzar el rio, pero ninguno de los inteligentes escritores se pregunta porqué llegaron los soldados hasta el rio ni tampoco porqué decidieron cruzarlo. Se les ocurrió de la nada? Estaban de paseo? Para ellos no existe la turba de delincuentes persiguiéndolos con piedras hasta la rivera cuyas imagenes han circulado hasta la saciedad, no son tan inteligentes para imaginarse (no diré deducir) que intentaron cruzar el rio helado, forzados ante un ataque salvaje con piedras. Esos delincuentes son los únicos culpables, y no los soldados, ni el comando a cargo, ni el ministro, ni Dina ni Keiko..

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