La revolucionaria promesa del genetista David Sinclair
“¡No demuestras tus 59 años!”, me soltó con aparente sinceridad una sobrina política, una de esas entrañables compañeras de mi hija que, en el amiguero Perú, una hereda como parte de esa vasta red de afectos. Resulta que soy tía real de seis sobrinos de sangre, pero tía política de al menos una quincena de jóvenes peruanos y peruanas.
La exclamación me hizo el día. Barrió de un plumazo el mal humor que me había dejado la sadomasoquista lectura matutina de los periódicos. Es que no existe mejor piropo, especialmente cuando viene de alguien que no tiene ningún interés evidente en halagarte.
Así somos los humanos: algunos parecen más jóvenes de lo que son, y otros, siendo jóvenes, ya tienen pinta de viejos. Nuestro aspecto exterior refleja, en parte, la edad cronológica. Pero hay otra edad menos visible, tal vez más determinante: la edad biológica. Esa que revela nuestra capacidad funcional y el estado real de nuestros órganos y tejidos.
Muchos científicos se han dedicado a definirla, estudiarla y medirla. Es una rama del conocimiento que crece y se ramifica rápidamente: la Biohorología, o la ciencia que rastrea el paso del tiempo en los sistemas vivos. Se interesa por esos relojes moleculares que miden el tiempo más allá del calendario. No te sorprenderá saber que hoy se invierten enormes recursos en responder a una pregunta inquietante: ¿es posible rejuvenecer de verdad?
Fue la doctora Cynthia Kenyon quien descubrió que la longevidad en el pequeño gusano de laboratorio Caenorhabditis elegans podía duplicarse con una sola mutación en un gen. Este hallazgo fue crucial: demostró que el envejecimiento es un proceso regulado genéticamente por ciertos genes vinculados al desarrollo y no una consecuencia inevitable del desgaste o de unos dañinos radicales libres. Y si el envejecimiento puede ser regulado a través de los genes, ¿podría también revertirse?
Tal es lo que promete David Sinclair, genetista de Harvard, uno de los más mediáticos expertos en longevidad. Su laboratorio ha logrado rejuvenecer ratones y monos mediante una estrategia —denominada epigenética— que reprograma la edad biológica de las células sin alterar su ADN. Su técnica consiste en activar, de manera controlada, ciertos genes que solo están encendidos en embriones, restaurando la juventud de tejidos dañados. Sinclair sostiene que envejecemos no porque nuestro ADN se deteriore, sino porque perdemos información epigenética: las instrucciones que le dicen a cada célula qué debe hacer. Como si el manual de uso de nuestro cuerpo se fuera borrando lentamente. Reescribir ese manual, sin cambiar el ADN, permitiría que las células recuerden cómo ser jóvenes otra vez.
Un ejemplo sorprendente del trabajo de David Sinclair es el rejuvenecimiento del nervio óptico en monos. Este nervio conecta el ojo con el cerebro y cuando se daña, la visión se pierde. El equipo de Sinclair logró “reiniciar” las células del nervio activando genes que solo funcionan en embriones, devolviéndoles su juventud y capacidad de reparación. Gracias a esto, los monos recuperaron parte de su visión. En otros experimentos, ratones sometidos a estas terapias vivieron hasta el doble de su esperanza de vida, con mejoras notables en su salud y condición física.
Ciertamente, si pudiera rejuvenecer alguna parte de mi cuerpo, empezaría por mis miopes ojos y, quizás, por ese tejido conectivo que une músculos y huesos y que, cada día, cruje un poco más. Y tú: ¿qué órganos rejuvenecerías? ¿Volverías a nacer, si pudieras?
A pesar de las críticas de expertos como el doctor Charles Brenner, quien acusa a su colega de generar expectativas poco realistas sobre la longevidad, Sinclair insiste en que su objetivo es democratizar estas terapias y hacerlas accesibles para todos. Promete iniciar ensayos clínicos en humanos en 2026, comenzando con enfermedades oculares como el glaucoma, con la esperanza de expandirse a patologías neurodegenerativas. Si lo quieres escuchar en vivo, haz clic aquí.
En un momento de la historia en el que la humanidad parece empeñada, con terquedad y brutalidad, en dirigirse hacia su propia autodestrucción, me pregunto: ¿será que no basta con vivir más y hay que vivir mejor? Más que terapias rejuvenecedoras, habría que democratizar la paz, la alegría y la ternura.
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