El curioso incidente del vestido a la medianoche 


Cuando un misterio doméstico es tan grande como la decepción que produce


En marzo de 1992 compré en un mercado callejero de Nueva York un hermoso vestido de fiesta. Calculé, o mejor dicho decidí que era de 1958, aunque en realidad ese modelo bombé de corpiño apretado, escote cuadrado, sin mangas y con tules en la cintura se usaba para fiestas hasta por lo menos la mitad de los 60. De hecho, mi madre aparece en su foto de quince años con uno muy parecido, color celeste, en 1963.

El que compré era de seda blanca, cubierto enteramente de un encaje negro de flores y, a pesar del tiempo, se mantenía intacto, sin un solo desgarro. No era de marca y más bien parecía haber sido confeccionado a mano. Quién sabe quién lo habría cosido prestando atención a cada detalle. Siempre me dio curiosidad pensar en su origen, en quién habría bailado con él, qué amores o desamores habría protagonizado. 

Me enamoré inmediatamente y lo compré por una suma no tan módica, perotampoco exorbitante. La prima que me alojaba se rio diciendo que no entendía cómo me había comprado un vestido sin probármelo. Es que era realmente diminuto, pero en esos tiempos, queridos lectores, yo era una fracción de lo que soy ahora. Era tan pero tan flaca que cabía perfectamente en ese precioso vestido, como si me lo hubiesen hecho a la medida.

Lo usé unas cuantas veces en Lima. Una fue para acompañar a un amigo a una boda que resultó ser, sorpresivamente, la de una compañera mía de colegio. A inicios de los 90 se usaban vestidos largos de un solo color, así que yo sobresalía con mi vestido vintage y unos zapatitos de seda estilo mule que encontré de pura casualidad también en Nueva York y que bailaron hasta quedar deshechos. 

Me sentía salida de Desayuno con diamantes, la mismísima Audrey Hepburn a la puerta de Tiffany’s. En ese tiempo también usaba el pelo a su estilo, muy corto, garçonnière. Cada vez que me ponía ese vestido me transportaba a otra era. Unos años más tarde, cuando ya podía hacerme un moño estilo banana, me hice unas fotos hermosas con el vestido en ese parque al final de Barranco, después de un largo almuerzo en El Suizo de la Herradura.

El vestido me acompañó en muchas aventuras. Cuando me mudé a Viena hace treinta años también lo llevé a más de un baile. Allá estuvo en su elemento entre valses, foxtrots, tangos y sobre todo con el boogie-boogie. Me conseguí unos guantes negros al codo y una señora peruana, de la que me hice muy amiga, me regaló el abrigo de astracán de los años 50 que había sido de su mamá. Conformaban el sueño completo.

Pero por más de veinticinco años tanto el vestido como el abrigo quedaron en el fondo de un armario en Viena, pues mi vida en Londres no tenía espacio para esas fantasías. Hace unos meses mi hijo vino en auto desde Austria y me los trajo, junto con las últimas cosas que me quedaban allá en preparación para su envío en barco a Lima. Cuando llegaron, colgué ambas prendas en la biblioteca y, cada vez que pasaba cerca de ellos, no podía dejar de recordar las famosas fiestas en que me acompañaron.

Por más de cuatro meses estuvieron ahí, junto a lo que iba reuniendo hasta que fuera la hora de meter todo en el embarque final. Mi madre me hizo sugerencias de cómoarreglar los bolsillos del abrigo, que ya evidenciaban su edad, y juntas nos maravillábamos otra vez ante la belleza del vestido, la habilidad de quien lo hizo, la manera en que se mantenía intacto y hermoso. Un objeto digno de admiración.

La verdad, sin embargo, era que nunca más entraría en ese vestido. Tendría que serrucharme la mitad del cuerpo. No se trata siquiera de kilos de más, es como si la espalda me hubiese crecido de manera inexplicable. Seguramente tiene que ver con haber sido tres veces madre y con haber superado los cincuenta años. Aun así, me daba ilusión que me acompañara allende los mares.

Fue por ello que mi decepción fue absoluta cuando el lunes pasado, al buscar lo que debía ir al barco, me di con la sorpresa de que el vestido había desaparecido. ¿Quién podría haberse llevado esa hermosa pieza y por qué? 

El sábado había hecho una fiesta de despedida a la que vinieron mis amigos más cercanos. Aproveché para regalar muchos de mis zapatos de tacón que ya no usaré y la fiesta se volvió un jolgorio, todas mis amigas probándose a ver cuáles les quedaban, y hasta el pedido unánime de que me quedara con un par que pensaba regalar.

¿Será posible que alguna de mis amigas más cercanas, o sus esposos, o el par de solteros que había por ahí, hubiese visto el vestido, lo hubiese sacado del colgador, metido en una bolsa bastante grande porque la prenda es voluminosa, y se lo hubiese llevado a la medianoche? Seamos sinceros: al igual que a mí, a ninguna de mis amigas le cabe. ¿Fue alguna de las que tiene hijas con las medidas adecuadas? ¿O fue alguien que, simplemente, no pudo más ante el embrujo de la belleza de ese traje?

Imposible saberlo.

Lo que sí sé es que hasta las diez de la noche estuvo ahí, porque esa fue la última vez que lo mostré. A la medianoche se fue la luz en la biblioteca porque saltó un fusible, un percance bastante usual en esa casa. Al día siguiente no reparé en su ausencia, quizás aún estaba ahí. Un momento. ¿Fue acaso el amigo de mi hijo que se quedó en casa más de dos semanas y salió esa noche con una maleta gigante? Él es un experto en moda y sé que compra y vende ropa, ¿pero existe entre sus clientes un mercado para un vestido así?

Lo más probable es que nunca sepa quién se lo llevó, y lo que me entristece es pensar que alguien prefirió abusar de mi confianza y llevárselo en vez de pedírmelo,pues quizás hasta se lo hubiese dado. El vestido en sí no es lo que me importa, pues las memorias de cuando lo usé quedarán para siempre: la pena proviene de pensar que alguien crea que las cosas pueden llevarse así nada más.

Espero, al menos, que quien sea que ahora lo tenga, lo valore y lo quiera como lo quise yo.

Por ahora, mientras escribo esto compungida, el abrigo de astracán se embarca también triste, sin su compañera de casi una vida.


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