Una dinámica actual en redes sociales desnuda el vacío de nuestras comunicaciones

Fabrizzio Milla ha sido productor de Rajes del Oficio, espacio periodístico dirigido por Pedro Salinas. Es crítico, apasionado del arte, de contar historias y de tener la razón —aunque está descubriendo la democracia—.
Las rachas —o streaks— son una dinámica de ciertas plataformas que proponen retos diarios como si fueran parte de un juego. En Duolingo, la app del pajarito para aprender idiomas, por ejemplo, se forman rachas cuando completas varios días consecutivos de clases, mientras que en TikTok ocurren cuando dos o más personas intercambian mensajes diarios de forma constante. Es en las callejones de esta última red donde existe hoy un fenómeno extraño que deforma —o enriquece— el lenguaje de los jóvenes.
Si bien en sus rachas TikTok solo te pide intercambiar mensajes por más de tres días, la dinámica termina siendo una práctica de compartir los videos que te salen en la plataforma, a mansalva, todos los días. Este intercambio constante de mensajes —de texto o de video— activa unas insignias en la pestaña de mensajes: mientras más días mantengas la conversación con alguien, la insignia cambia de color y sube de nivel. El icono es una flama: comienza gris, pasa a naranja y luego a morado si es que selogra mantener el streak por un buen tiempo.
Esa es la teoría y es más o menos lo que dice la propia página de TikTok al respecto. Pero propongo algunos motivos más aterrizados detrás de su implementación:
- Promover el consumo del contenido de la plataforma, sin más.
- Fidelizar al usuario mediante un compromiso social que deviene en ansiedad (el famoso FOMO, fear of missing out).
- Crear un hábito diario del uso (introduciendo la variable frecuencia).
- Incentivar la creación de cuentas para perfilar sus gustos y “operacionalizarlos” (convertirlos en información) para luego venderlos a anunciantes.
Con estas rachas, entonces, la plataforma obtendría volumen, fidelización, frecuencia y rentabilidad del consumo. Y claro, fomentar la “interacción genuina”. Parece obvio.
Sin embargo, a las finales las rachas no funcionan así. Y, en cambio, se convierten en una práctica que se vacía de contenido: lo usual, parece, no es enviarse diariamente textos con sentido, sino enviarse videos aleatoriamente escogidos por el bien mayor: “la racha”. Como recoge un blog que habla sobre ellas: “La mayor parte del tiempo, a la gente no le importa qué comparte con su amigo de rachas”. Si el mensaje es el mensaje de texto y el medio es el chat, hablamos de una traducción moderna más del segundo estadio del análisis de McLuhan, el “medio es el masaje”. ¿Cómo nos masajea, nos conforma y nos dice el medio más que el mensaje?
Un estudio en Dinamarca encontró que, en la app de Snapchat —una plataforma de mensajería efímera popular en los EEUU, en la que los mensajes y fotos tienen fecha de autodestrucción— el uso compulsivo del smartphone está asociado a una participación mayor en estas rachas. También encontró que el FOMO, el uso compulsivo del smartphone y el autocontrol están relacionados, aunque débilmente, con la cantidad de personas y días que los adolescentes mantienen estas rachas. Aún no hay estudios sobre la influencia de los streaks tiktokeros en la sociedad peruana, aunque sería interesante hacer algunos, porque parecería ser que la ansiedad no solo es causada ya siquiera por las historias magnificadas que nos contamos sobre nosotros mismos, sino que ahora la plataforma dice cosas sobre nosotros. Cosas como: ¿Seré un buen amigo? ¿Cuántas rachas tengo? ¿Tengo muchos amigos? Un Roberto Carlos cyberpunk diría: Yo quiero tener un millón de amigos y así con más streaks poder fintear.
Así las cosas, he formulado una triada de mandamientos sobre las rachas para que se entiendan mejor las reglas que las rodean:
- Si es que no sigues la racha, nuestra amistad se acabó.
- Cualquier video vale la pena para conservar la racha.
- Salvo la racha, todo es ilusión.
¿Habrá buenas noticias? Un compañero psicólogo, que intenta con poco éxito mantener streaks conmigo, me confiesa que estos son una manera de estar presente sin la presión de tener que hablar de algo, de tener un tema de conversación, o siquiera de sostener esta charla. Ajá. Un toquecito. Un zumbido del MSN. El “¿cómo estás?” que se responde con otro “¿cómo estás?”. Un small talk optimizado. Sigo averiguando y me dicen que se trata de una “responsabilidad compartida”, como si fuera un Tamagotchi de a dos. Cada uno tendrá sus razones.
Yo me resisto a que el TikTok que envío no signifique nada más que un check en una lista de compras. Como comunicador, el mensaje es mi único verdadero medio de producción, al que además le tengo mucho cariño. Quiero que el video que mando se entienda como la entrega de una manzana tras un largo día de cosecha. Vivimos un espíritu de época en el que lo que se diceimporta menos que cómo se dice. Una era estética de socialización populista en la que nos arriesgamos a que la polarización desaparezca reemplazada por la mera incomprensión y la deuda cognitiva. Pero antes de lanzarnos a teorizarlo con adverbios eismos, mejor es ponerse los pantalones del significado: aprender a decir qué queremos, qué odiamos, qué nos gusta o qué nos importa. Porque si no, va a ser difícil entendernos… y para superar el pŕóximo abril electoral de 2026, habremos de entendernos.
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