Un repaso al trío de grandes personalidades que nos dejó recién
Dicen que los famosos se van de a tres. A esta teoría popular se le conoce como “Celebrity Death Rule of Threes” y, si bien es curiosa y está plagada de ejemplos que parecen reveladores, lo cierto es que no responde a nada más que al interés de los seres humanos de encontrar patrones donde solo hay fatales coincidencias: si tomamos en cuenta que se calcula que mueren dos personas por segundo en el planeta, lo que arroja un promedio de 150 mil muertes diarias, pues no es raro que en ese universo de individuos que dejan de existir haya por lo menos tres famosos.
Esto no quita, sin embargo, que a veces las coincidencias nos dejen profundas reflexiones y, por qué no, algo desolados. En el último mes hemos visto partir a tres hombres que pareciera que dejan al mundo en una suerte de orfandad. Me refiero a nuestro nobel Mario Vargas Llosa (13 de abril), al papa Francisco (21 de abril), y a José Mujica, expresidente uruguayo (13 de mayo). Los tres rozaban los noventa años y tenían la salud bastante deteriorada; no estamos ante muertes repentinas o inexplicables, pero el hecho de que se hayan ido tan cerca el uno del otro nos invita a pensar que hay un tipo de liderazgo que se está despidiendo de este mundo. Si este trío tenía algo en común es que cada uno, desde el espacio que le tocó ocupar, hizo mucho más de lo que se esperaba de ellos.
Mario Vargas Llosa, ya se ha dicho hasta el cansancio, no solo representa al escritor comprometido con su trabajo literario que nos ha dejado una obra inmensa; sino que fue un intelectual que nunca le rehuyó a los temas complejos. Su lucha por la libertad del hombre, en la que creía firmemente, era tan comprometida que se tomaba el trabajo de escribir sobre temas que otros rehuían para no meterse en problemas. Uno podía o no coincidir con sus posiciones —más de una vez consideré sus planteamientos equivocados—, pero como lectora jamás tuve duda de que a través de sus novelas, sus ensayos y sus textos de opinión periodística decía lo que creía con el absoluto convencimiento de que era lo mejor para los seres humanos. Cada vez que se comió un pleito lo hizo sin buscar beneficios y sin contrabandear agendas particulares.
Ese mismo coraje lo encontramos en el papa Francisco. Jorge Mario Bergoglio llegó a ser cabeza de la Iglesia Católica en un momento de crisis. Los escándalos de pedofilia y la incapacidad para pronunciarse sobre temas sensibles habían hecho que el mundo mirara a esta institución con desconfianza y hasta con decepción. Sin embargo, desde el primer día en que el papa Francisco asumió el reto de ser el líder espiritual de millones de católicos, dejó en claro que habría cambios. Se deshizo de toda la pompa vaticana y dejó los hábitos lujosos para ocuparse de los problemas de la gente de a pie. Peleó por una Iglesia que hablara en nombre de los pobres y desposeídos, buscó una mayor inclusión de mujeres en ella, y pidió respeto para las personas LGTB. Su voz se escuchó fuerte y clara cada vez que tuvo que condenar el consumismo que nos ha llevado al calentamiento global, y les increpó a los líderes mundiales su falta de compromiso con el tema. Defendió a los migrantes y rechazó firmemente las políticas hostiles contra ellos y los discursos xenófobos. Y, tal vez lo más importante, castigó ejemplarmente a todos aquellos que estuvieran involucrados en casos de abuso y pedofilia dentro de la Iglesia Católica. Fue el primer papa en ponerse del lado de las víctimas y traducir esa postura en acciones concretas, como la disolución del Sodalicio, el movimiento que más acusaciones ha tenido en ese sentido en nuestro país.
Y, finalmente, se nos fue Pepe Mujica. El presidente que nos hizo soñar con que la política podía ser el territorio de la decencia. Con una forma de gobernar austera y sincera, Mujica se ganó el respeto no solo de sus compatriotas, sino de los ciudadanos del mundo. Su defensa de la persona, su apuesta innegociable por el bien común y su absoluto amor por la vida le fueron ganando un espacio en el corazón de quienes lo escuchaban. Lo suyo no fue ni populismo ni pose. Vivía lo que pregonaba, manejaba un escarabajo celeste viejísimo y residía con su mujer en una casa de campo sin ningún lujo. Pocas veces el mundo ha visto un hombre como él, capaz de sacarle el jugo al poder que los ciudadanos pusieron en sus manos para ser servidos. La palabra “representación”, tan maltratada últimamente, cobraba sentido en cada uno de sus actos como presidente y como líder político.
Se han ido tres grandes y se han ido casi juntos. No fueron hombres perfectos, menos mal, pero supieron hacer su parte cuando hizo falta. Mario Vargas Llosa, el papa Francisco y Pepe Mujica representan un tipo de líder que parece estarse extinguiendo: el de la gente decente que se pone al servicio de los demás. El de los hombres que han entendido que sin bien común nos morimos como especie. El de sujetos que no desaprovechan la oportunidad para liberar al hombre de la miseria. Cada uno desde su lugar, desde su óptica particular, y desde la misión que la vida les encomendó, buscó hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Si existe un más allá, ojalá se encuentren y confabulen entre ellos para seguir velando por nosotros.
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