Un artículo de Pérez-Reverte sobre el ecosistema editorial dispara al pie de su propio autor
A finales de abril, el superventas Arturo Pérez-Reverte publicó un artículo en el que arremetía contra lo que él llama «la poca vergüenza del mundo editorial». Su diagnóstico indicaba que «hace tiempo las casas editoriales [entre las que incluye a aquella que lo publica a él] (…) se han lanzado a la ofensiva descarada del todo vale», acogiendo a una enorme cantidad de autores «mediocres o innecesarios» —entre ellos, presentadores de televisión, youtubers e influencers—, para que, ayudados por editores y escritores fantasmas, lancen libros que hoy copan las mesas de novedades.
Aunque la crítica era poco novedosa, sus sentencias resonaron y rebotaron ampliamente, quizás por la extrañeza de que fuera Pérez-Reverte quien se atreviera a expresar, con la presunta valentía de aquel que cabalga contra el establishmentliterario, lo que constituye el sentir de miles de lectores y lectoras. Pues sí: de un tiempo a esta parte, hay una sensación compartida de que el interés de las editoriales no está tan puesto en la calidad literaria sino en aquellos personajes ya famosos a los que se les podría colocar un libro al lado. Un sentir, una sensación, pero nada que Pérez-Reverte demuestre en su artículo; hasta donde sabemos, una problemática inherente a la existencia de los libros como bienes de consumo.
El artículo fue bien recibido en las redes, pero también, en esferas más reducidas, hizo ruido su contradicción subyacente: ¿no era acaso Pérez-Reverte uno de esos autores «innecesarios» que las editoriales acogen solamente por su capacidad de vender? El periodista Jorge Molinero, en una nota para el medio español El Independiente, rastreó alguna de estas reacciones y destacó la de Javier Castro —escritor, editor y fundador de la editorial Newcastle—, que devolvió el golpe al escritor con un argumento bastante simple: «Gracias a los beneficios de esos libros horribles, se publican otros minoritarios y extraordinarios (…) Gracias a que Arturo Pérez-Reverte vende, Lumen puede publicar a Natalia Ginzburg».
A su vez, Molinero reveló que, a pesar de haberse puesto en contacto con otros sellos y autores españoles, todos prefirieron «no hacer declaraciones», al parecer para no enfrentarse a un personaje tan poderoso como Pérez-Reverte. La figura valerosa del David que se enfrentaba al Goliat se invirtió por completo, y además se gatillaron las preguntas: ¿Qué buscaba Pérez-Reverte? ¿Qué sentido tenía, desde su posición, embestir a las editoriales —grandes y pequeñas— como si ellas fuesen las únicas culpables de que exista la mala literatura? Molinero ensayó una hipótesis vinculada al carácter polemista del escritor español, quien siempre «sabe qué decir pero, sobre todo, cómo decirlo. Y también cuándo hacerlo. A veces cuando un libro suyo o en el que ha intervenido de alguna manera está a punto de publicarse». En este caso, su artículo apareció pocos días antes de la publicación de una nueva edición de La flecha negra, de Robert L. Stevenson, coeditada por Edhasa y Zenda, la editorial de la cual Pérez-Reverte es cofundador. Stevenson, a quien,casualmente, el escritor cita en su arremetida.
Tampoco es difícil encontrar una correlación entre su artículo y lo expresado por Rosa Montero un par de semanas atrás. En una columna publicada en El País, la escritora española había denunciado el maltrato que muchos escritores suelen sufrir dentro del mundo editorial. Un extracto de aquel texto fue compartido por tantos usuarios que Montero decidió escribir una continuación en sus redes para matizar lo antes dicho, aclarando cuánto ama a editores, librerías y bibliotecas, y colocando la culpa —más que sobre individuos o casas editoriales— en «cómo está organizado el sistema y este maldito mercado que nos tiraniza».
Lejos de sugerir una distinción entre alta y baja literatura —un ejercicio dudoso que además supone el riesgo de que quien lo intente acabe en la orilla opuesta a la cual cree pertenecer—, Montero concentraba su texto en la precarización del escritor, un asunto objetivo que incluso editores como Javier Castro, a lo mejor sin pensárselo demasiado, dan por sobreentendido. Así, mientras Castro, al atacar las ansias de profesionalización de Pérez-Reverte, aseguraba que «ni Cervantes, ni Kafka, ni su puta madre vivieron de sus libros», y que «ningún escritor bueno ha vivido de sus libros en la vida, ni vivirá», no dudaba en sentenciar que «las personas que viven de una editorial tienen que comer». En otras palabras, sugería que los editores sí merecen vivir de su trabajo, mas no los escritores, y acababa dándole la razón a Montero, que en su columna original lamentaba que «la inmensa mayoría de los autores son en realidad unos tipos marginales y muertos de hambre». Si algo resulta interesante de esta concatenación de ataques, respuestas y rectificaciones, es aquel enfrentamiento de visiones. Un tema pendiente y necesario.
La denuncia de Pérez-Reverte, por su parte, huele más que nada a oportunismo, como si hubiese encontrado en la columna de Montero tierra fértil para una nueva controversia y, de paso, la excusa perfecta para publicitar el flamante libro de su editorial. De yapa, se dispara directo al pie cuando pretende decirnos cuáles son los libros «realmente buenos» y, por supuesto —sin que hoy sea sorpresa para nadie—, reniega sobre la dimensión femenina del fenómeno que tanto lo aflige, ese que convierte a presentadoras de televisión y periodistas mujeres en escritoras, varias de ellas bastante más relevantes que él. Al final, su mensaje —contenga o no algunas verdades— pierde todo peso cuando prestamos atención a las intenciones de su mensajero.
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Bueno, promover o incentivar debates para conocer opiniones es aceptable. Criticar a las editoriales por publicar libros intrascendentes o de poco valor literario es algo así como supervivencia para ellas.
Entonces lo que es verdaderamente criticable y algo despreciable, es el oportunismo para fabricar una antesala a una publicación que va en provecho de quien es el autor del debate o la crítica.
Saludos.
A veces, cuando el mensaje reafirma tu opinión o tu visión del mundo, se deja de prestar atención a quién lo dice o a las intenciones que hay detrás. Pero «el medio es el mensaje», decía Marshall McLuhan.