Los ateos con el papa


En un mundo más secular, ¿por qué crece el interés por liderazgos como el de los dos últimos papas?


Cuando hace unas semanas falleció el papa Francisco, el primer líder del catolicismo proveniente del continente americano, la noticia fue portada en medios de todo el mundo, y no solo en espacios religiosos. Líderes políticos, intelectuales, activistas y artistas de diversas creencias —incluyendo ateos y agnósticos— expresaron su respeto y admiración por quien consideraron un referente moral global. Resulta, cuando menos, paradójico: en una era marcada por el escepticismo hacia las instituciones tradicionales, la voz de un pontífice resonó más allá de las fronteras de la fe.

Francisco logró una sintonía particular con las inquietudes del siglo XXI. Su insistencia en la humildad, su estilo pastoral más cercano y su enfoque en los marginados lo distinguieron de sus predecesores. Abrió diálogo con sectores históricamente alejados de la Iglesia: reconoció la dignidad de las personas LGTBQ+, llamó a integrar a los divorciados en la vida comunitaria, habló más abiertamente de los abusos dentro de su institución y se atrevió a imaginar un rol más activo y visible para las mujeres en la Iglesia. Estos no fueron gestos aislados, sino señales de una postura de escucha frente a un mundo cada vez más diverso y complejo. En el caso del Perú, ello se evidenció concretamente en la reciente disolución del Sodalicio, una institución que, además de contar con numerosas denuncias de abuso y acoso, también persiguió a sus críticos.

En tiempos de polarización extrema, la autoridad moral no proviene únicamente de una estructura jerárquica, sino también del testimonio personal. Y Francisco, con sus gestos cotidianos —usar transporte no pomposo, alojarse en una residencia modesta, lavar los pies de migrantes o presos— comunicó con el ejemplo. Su capacidad para conectar con creyentes y no creyentes se explicaba en su esfuerzo por mantener coherencia entre el discurso y la acción. En un mundo posmoderno, donde las “grandes narrativas” parecen haberse fragmentado y han sido reemplazadas por una desconfianza permanente, la sociedad anhela con urgencia referentes éticos capaces de promover el diálogo y la compasión.

Por eso, el legado de Francisco es el de un liderazgo moral profundo. Y su sucesor, el recién elegido papa León XIV —antes cardenal Robert Prevost— carga ahora con una herencia tan potente como desafiante. De origen estadounidense, pero con una sólida presencia pastoral en América Latina, especialmente en Perú y concretamente en Chiclayo, Prevost destacó por su cercanía a comunidades vulnerables: promovió la construcción de plantas de oxígeno durante la pandemia, se hizo presente ante los desastres naturales, y apoyó con albergues a migrantes. Esa vivencia directa, en conexión y, a la vez, en tensión con el aparato eclesiástico tradicional, proyecta a su manera personal una continuidad con el espíritu de su predecesor y alimenta expectativas de una Iglesia aún más dialogante hacia las periferias, tanto geográficas como humanas.

Los críticos más conservadores del legado de Francisco vieron principalmente errores. Para desmerecerlo, afirmaban que sus gestos “solo buscaban el aplauso del mundo secular”, mientras “debilitaban” la doctrina, entendida como algo inmutable y rígido. Pero, en mi opinión, esa lectura resulta muy miope. ¿Es el mensaje únicamente destinado a los creyentes, o —como indica el apelativo “católico”— también debe comprenderse como un mensaje universal, abierto a todas las personas, incluyendo a las no creyentes? El mundo reclama voces que, sin exclusiones, nos ayuden a reencontrar un lenguaje compartido frente al odio, la desigualdad y la indiferencia. En un momento en que lo religioso parecía destinado al margen o secuestrado por los extremismos de ultraderecha, vemos que también puede reaparecer como un canal de sentido, si se levanta desde la humildad, la justicia y la inclusión.

Quizás por eso, cada vez más personas —incluidos los ateos— encuentran inspiración en líderes como el papa Francisco o León XIV. Y no solo en el Perú, sino —como suelen decir ahora— desde Chicago a Chiclayo. Un colega estadounidense no católico, al enterarse de la elección del nuevo papa, me comentó que le daba esperanza saber de una voz que pudiera ser un faro de compasión en tiempos de división, en su caso, pensando en la administración Trump.

Sea o no una cuestión de fe, parece responder a una necesidad humana más profunda en este 2025: volver a creer. Ya sea en un mundo más justo o, al menos, en un respiro de fe en la humanidad.


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