Atención, que la gran industria de hoy es mantenerte entretenido
En el Perú de 2025, un presidente interino con denuncias de acoso sexual, investigaciones por corrupción y un inicio de gestión marcado por protestas en las que murió una persona puede, sin embargo, presumir de encuestas favorables. Se llama José Jerí. Y si uno se pregunta cómo es posible que un político prácticamente desconocido hace pocos años mantenga una aprobación superior al 50 %, la respuesta que se repite —con una naturalidad inquietante— es que parte del “milagro” se debe a un imitador de TikTok.
La escena es un meme hecho realidad: Martín Pal, un creador de contenido con cierto público, descubre su parecido físico con Jerí y decide aprovecharlo. Se coloca una banda presidencial, reproduce sus gestos y graba un video bailando La Máquina, un pegajoso reguetón de DJ Peligro —sí, el mismo de Soy soltera y hago lo que quiero—. El tema existe desde hace casi dos décadas, es ya una pieza de archivo, pero bastaron un algoritmo y un par de encuadres efectivos para que renaciera como hit nacional. El clip se vuelve viral: millones de visualizaciones, invitaciones a programas de televisión, colaboraciones con influencers, giras relámpago por sets de entretenimiento. De golpe, el imitador se convierte en celebridad y el presidente, en un personaje “cool”.
De pronto un político casi accidental —congresista y luego presidente no por trayectoria, sino por vacancias y coyunturas— empieza a ser percibido como alguien cercano, “chévere”, memeable. Hasta en actos oficiales el país parece reducido a un chiste. En un evento en el distrito limeño de Comas, una asistente le pide al propio Jerí que baile La Máquina frente a las cámaras. Él sonríe, declina con cortesía, el alcalde sube la escena a TikTok, los noticieros la replican y los titulares se escriben solos: “Presidente, baile La Máquina”. Incluso en entrevistas de corte político, como la que tuvo con la conductora Milagros Leiva, la pregunta regresa: en lugar de insistir en las denuncias, en la economía o en el costo humano del estado de emergencia, se le consulta cuándo hará la coreografía.
Mientras tanto, Jerí insiste en proyectar una imagen de “mano dura” inspirada en modelos regionales de popularidad inmediata: visitas a cárceles con presos exhibidos, estados de emergencia en Lima y Callao, presencia mediática permanente. La inseguridad no ha disminuido de manera tangible y la economía sigue estancada, pero todo queda relegado a un segundo plano. Lo que ocupa pantalla es si el presidente baila o no. Y lo que mide la política, hoy, es aquello que ocupa pantalla.
No es que la manipulación mediante el espectáculo sea nueva. Desde la Roma imperial hablamos de pan y circo. Nuestro nobel Mario Vargas Llosa escribió hace más de una década sobre la “civilización del espectáculo”, donde la cultura y la política se vacían de contenido y se llenan de farándula. Pero, tarde o temprano, todos sucumbimos: después de denunciar esa banalización, el mismo Vargas Llosa apareció en un Mannequin Challenge junto a Antonio Banderas e Isabel Preysler. El diagnóstico y el síntoma en un mismo cuerpo: nadie está a salvo de un ecosistema que premia la visibilidad por encima de la profundidad.
Y en 2025 la dinámica es todavía más compleja. Ya no se trata solo de espectáculo, sino de una economía entera construida sobre la captura y reventa de nuestra atención por parte de gigantes tecnológicos que comercializan nuestros datos al mejor postor. Ezra Klein, periodista del New York Times, lo resume así: al final de la vida, nuestra experiencia es la suma de aquello a lo que prestamos atención. Y, sin embargo, la tratamos como si fuera infinita, barata, desechable. Lo veo también en el aula: como profesor universitario, me pregunto constantemente qué significa “mantener la atención” de mis estudiantes en una época en la que competir con teléfonos, pestañas abiertas y notificaciones es parte inevitable del oficio. Esa batalla cotidiana es apenas un microcosmos de la disputa mayor por nuestra atención colectiva.
Un estudio del King’s College de Londres reveló en 2022 que una parte significativa del público cree que su capacidad de concentración se ha deteriorado y que “los jóvenes ya no pueden enfocarse”. Muchas personas subestiman cuántas veces revisan su teléfono al día y, al mismo tiempo, reconocen que la tecnología les ayuda a resolver problemas y sentirse más conectadas. No hay un apocalipsis cognitivo simple, sino una tensión permanente: las mismas herramientas que nos permiten trabajar y socializar erosionan la calma necesaria para pensar con profundidad.
A este panorama contribuye la investigación de Gloria Mark, profesora de la Universidad de California en Irvine, quien ha estudiado durante décadas la atención en la vida cotidiana. En una conversación con Klein ofreció esta imagen: empezamos el día con un “tanque” de recursos mentales limitados. Cada vez que debemos concentrarnos intensamente, realizar multitarea, atender notificaciones o saltar de una pantalla a otra, vamos vaciando ese tanque. Según sus estudios, hoy pasamos en promedio apenas 47 segundos en una misma pantalla antes de cambiar. Cuando intentamos volver a la tarea original, ya hemos atravesado varias interrupciones, cada una dejando un “residuo” emocional. No es extraño terminar extenuados, irritables, incapaces de sostener un hilo largo de pensamiento. Mark llama a esto una forma de agotamiento que, llevado al extremo, deriva en burnout: una lesión mental producida por un entorno diseñado para no dejarnos en paz.
En ese contexto, la política adopta la lógica de TikTok. No se trata de convencer, sino de interrumpir mejor que los demás. Donald Trump lo entendió con precisión inquietante: generar un escándalo cada pocos días para que ningún cuestionamiento madure. No importa si se trata de un comentario racista, una burla cruel o una foto absurda: lo crucial es dominar el ciclo informativo, saturar la conversación, obligarnos a gastar el tanque diario de atención en sus ocurrencias. En Perú, el mecanismo es menos grandilocuente, pero similar: mientras discutimos si Jerí baila o no La Máquina, pasan a segundo plano el aumento de la criminalidad, los cambios exprés en la Constitución, la desigualdad persistente o el deterioro institucional.
No se trata de satanizar TikTok ni de exigir un regreso al periódico en papel y al silencio monástico. La propia investigación del King’s College muestra que muchas personas encuentran beneficios reales en la tecnología. Mark insiste en que no podemos hacer “detox” digitales permanentes: el barco ya zarpó, vivimos en un mundo hiperconectado. La pregunta no es cómo huir, sino cómo vivir con mayor inteligencia dentro de esta economía de la atención.
Plataformas y empresas compiten por segundos de nuestra mirada, optimizan algoritmos para que nunca dejemos de deslizar videos, reaccionar o comentar. Los políticos observan, aprenden y ajustan su comportamiento a esa gramática. Una coreografía, una frase viral, una comparación estratégica pueden valer más que una reforma estructural. Los incentivos están puestos para entretener, no para transformar.
Quizá por eso el caso Jerí–Martín Pal se siente agridulce: evidencia hasta qué punto nuestra democracia es vulnerable a la lógica del clip y del meme. Un baile de TikTok no solo sostiene a un presidente; también nos ayuda a olvidar que deberíamos preguntarnos por qué lo sostiene, a quién beneficia esa distracción y qué se negocia mientras todos repetimos el paso de moda.
Tal vez el primer gesto para cambiar de rumbo no sea un hashtag ni un comentario indignado, sino algo más silencioso y difícil: aprender a cuidar mejor nuestra atención. Y a la vez saber reírnos de un imitador sin dejar de exigir cuentas al original. Por supuesto, también al resto de una élite política que, en pocos meses, volverá a pedirnos el voto.
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