Cuídate de la policía


Denuncias y escándalos recientes rompen la confianza ciudadana en la PNP


Calculo que estaré lejos de ser el único si afirmo que mi mala relación con la policía comenzó mucho antes de tener DNI. Que son muchas las veces que sufrí sus abusos. Pocas las que gocé de su ayuda. Que, si veo a un efectivo en mi camino, cruzo la calle. Que casi ninguna frustración se compara con la de intentar razonar con alguno de sus representantes cuando éste ya ha decidido lo que pasará contigo. Que me paso noches mirando videos en los que ciudadanos informados se plantan frente a ellos y consiguen hacer valer sus derechos. Que es tan extraño cruzarse con un policía bueno que, cuando sucede, no puedo evitar conmoverme.

Creería que no hace falta preguntar qué pasó. Por qué es tan trágica mi percepción. De todas formas, hago un resumen de lo último:

Semanas atrás, tras la captura en San Lorenzo (Paraguay) de Erick Moreno —alias El Monstruo—, el periodista paraguayo Iván Leguizamón, de ABC TV, afirmó que, desde la policía peruana, casi frustran el operativo, pues alguien de la institución le habría avisado que lo estaban rodeando. La acusación fue parcialmente confirmada en el Perú por el entonces ministro de Justicia y Derechos Humanos, Juan José Santiváñez, quien dijo que la captura de El Monstruo se había retrasado debido a que en febrero de 2024 habían identificado hasta a tres agentes policiales que le filtraban información. También el propio delincuente aseguró que la policía peruana lo alertaba de los allanamientos que realizaban contra él en Paraguay.

Alrededor de esos días, durante las protestas juveniles realizadas en Lima, al menos siete periodistas fueron heridos por perdigones policiales en las espaldas y en los brazos. Pertenecían a los medios Ojo Público, Hildebrandt en sus Trece, Exitosa Noticias y Reuters. Frente a las denuncias de parte de gremios y asociaciones de libertad de prensa, que además señalaban que la policía había bloqueado rutas de escape y les había confiscado los teléfonos móviles, poniendo en riesgo su seguridad física y restringiendo su derecho de informar, el jefe de la Región Policial de Lima, Enrique Monroy, pidió a los periodistas que utilizaran identificaciones más grandes.

Si hablamos de agresiones contra civiles, imposible no mencionar al hombre de tercera edad que recibió un macanazo en la cara o al joven que sufrió el impacto de tres perdigones… también en el rostro.

Fue además en estos días que el Poder Judicial suspendió al entonces comandante general de la PNP, Víctor Zanabria, por su presunto involucramiento en el caso «Policías albañiles». Ignorando la orden, Zanabria continuó en sus funciones hasta el 1 de octubre, día en que decidió pasar voluntariamente al retiro, lo que provocó una denuncia por desobediencia a la autoridad de parte del Poder Judicial. Su sucesor, Óscar Arriola, al ser confrontado sobre la desconfianza de la población durante su primera entrevista como nuevo comandante general de la PNP, dijo vagamente que ésta «tiene la libertad de dar su voto de confianza o no».

Vale señalar que Arriola ha sido acusado por Francisco Rivadeneyra, exjefe de la Brigada Especial Contra el Crimen (BRECC) de Lima Norte, de ser uno de los responsables de dilatar la captura de Erick Moreno, alias El Monstruo.

Todo lo mencionado ha sucedido solamente en el último mes. Si retrocediéramos apenas unas semanas más, tendríamos que hablar de los casi mil policías detenidos entre enero y agosto por diversos delitos, de los 222 suboficiales intervenidos por presunta violencia de género, de los 150 agentes investigados por presuntos vínculos con el narcotráfico…

¿Es posible no sentir rechazo y terror ante la policía? ¿Cómo no pensar que parece chiste que aquella institución enliste como una de sus finalidades fundamentales la de prestar «protección y ayuda a las personas y a la comunidad»? ¿Se puede echar la culpa a la población de esta ruptura en la confianza? ¿No es acaso profundamente comprensible?

Siempre que uno habla mal de la policía, anticipa, por supuesto, las reacciones de aquellos que a pesar de todo continúan defendiendo su honor. Peor aun: la de quienes malentienden que criticar equivale a incurrir en un delito.

En el Perú, tristemente, la cosa va más allá.

Hablar mal de la policía implica arriesgarte a que sea un propio policía el que intente hacerte el pare. Sucedió hace unos días, cuando una ciudadana denunció que el suboficial Juan Carlos Benites le había escrito directamente a su cuenta de Facebook: «veo que te gusta hablar mal de la policía».

Dudo que sea un asunto de gusto. Qué gusto, honestamente, sería encontrar razones para hablar bien.


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2 comentarios

  1. Luis

    Estimo con seguridad que ese rechazo hacia la policia en general es compartido por una gran mayoria. Todos hemos sufrido en algún momento más de un episodio deprimente, ante efectivos en quienes confiamos nuestra seguridad y respeto.
    Es tan generalizado que debe debe ser reformado de raiz, desde su reclutamiento, formación y graduación.

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