Un estupendo libro analiza el zafarrancho político y cultural de nuestra actual sociedad
Carlos Granés es un magnífico antropólogo colombiano que se caracteriza por sus lúcidos y lúdicos análisis sobre la realidad del continente americano. Sus libros combinan la mirada analítica del científico social, la sabiduría de un apasionado de la historia, y la claridad de un periodista con un vasto conocimiento cultural que le permiten establecer vasos comunicantes entre fenómenos políticos y sociales que solemos mirar por separado. En su último ensayo El rugido de nuestro tiempo (Taurus, 2025) Granés aborda temas fundamentales que atraviesan las agendas de prácticamente todos los países de la región (y de otras regiones, hay que decirlo): las batallas políticas y culturales que están polarizando a los ciudadanos del mundo entero, el surgimiento de líderes mesiánicos que pretenden, a punta de populismo, refundar sus países, y, por último, la crisis de identidad del mundo hispano que se debate entre ensalzar el pasado colonialista o negarlo para reivindicar las culturas originarias.
Si bien todo el libro resulta indispensable, me quiero detener en la primera parte. Explica Granés, en una clase magistral de arte moderno, cómo entre los años 80 y la primera década del siglo XXI el arte se caracterizó por una apuesta disruptiva. En exposiciones y performances en galerías y bienales del mundo entero abundaban los artistas jóvenes, experimentales, que buscaban sacudir conciencias con propuestas irreverentes, que bien podían burlarse de un símbolo religioso como arremeter contra los símbolos patrios, o echar mano de elementos completamente pornográficos. No faltaban los conservadores que pegaban el grito en el cielo, pero ni los museos ni las galerías cedían a los chantajes histéricos. Se volvieron populares obras como The Holy Virgin Mary, de Chris Ofili —una representación de la Virgen rodeada de escenas pornográficas y mierda de elefante— que no solo tapizaban las paredes de las galerías, sino que luego eran vendidas a sumas exorbitantes en las subasta de Sothebys. Como señala Granés, la transgresión logró legitimarse y se convirtió en un buen negocio artístico y mediático.
Con el tiempo, sin embargo, la fórmula se tornó predecible, la transgresión pasó a formar parte del establishment y el escándalo perdió su gracia. A eso hay que sumarle que a partir de la crisis económica de 2008, más o menos, el mundo tal cual lo conocíamos empezó a agrietarse. Preocupaciones como el cambio climático, alertado por jóvenes como Greta Thunberg; movimientos como el Me Too, que levantaron sus banderas contra el machismo en casi todo el mundo; las luchas antirracistas, exacerbadas por abusos de las fuerzas del orden contra la comunidad negra en Estados Unidos, la defensa de las comunidades LGTBQ+ y la misma pandemia hicieron sentir a las nuevas generaciones que si no luchaban por sus derechos heredarían un mundo sin futuro. La juventud tomó conciencia de que necesitaba revelarse contra el orden establecido abrazando esas causas, con ímpetu y seriedad, pues la magnitud de los problemas no estaba para payasadas. Durante la segunda década de los 2000 estallaron protestas en Europa, América y Asia, reclamando mejor distribución de la riqueza, respeto a las mujeres, fin de gobiernos autoritarios, o mejores condiciones de vida en general. Estas banderas reivindicativas, señala con razón Granés, llegaron a las artes, a la política, al periodismo, a la educación y a muchas otras áreas. Pero no lo hicieron como opciones que se elegían libremente, sino como imposiciones. En aras de diseñar un mundo mejor y más inclusivo, se empezaron a censurar obras de arte —muchas de ellas con siglos de antigüedad— en las que se podía ofender la imagen de la mujer, se exigía el cambio de palabras que resultaran discriminatorias en obras literarias, se cancelaba a un actor o director de cine si se encontraba alguna actitud reprobable en su pasado. A las típicas censuras de los conservadores se les sumaron la de los nuevos progresistas que no estaban dispuestos a tolerar más expresiones de todas esas lacras contra las que luchaban.
El arte y la cultura dejaron de ser el espacio de la libertad y la transgresión para convertirse en el lugar del correctismo y las buenas costumbres. Los museos y galerías se llenaron de obras que reivindicaban alguna de estas causas, y los concursos literarios y cinematográficos premiaron las obras que mejor defendieran a alguna minoría.
Mientras tanto, en la política ocurrió el fenómeno inverso. Lo que debía ser el espacio de la mesura, del intercambio de ideas y de la búsqueda de valores comunes se convirtió, gracias a la irrupción de una derecha populista, altisonante y achorada, en el lugar para el insulto, la transgresión y el escándalo. A los debates e intercambio de argumentos los reemplazó el show, el grito, el insulto. En aras de recuperar los supuestos valores perdidos de la familia, la moral y las buenas costumbres, la nueva derecha populista se llevó de encuentro todas las normas de convivencia y civilidad que regían nuestra vida pública. Según Granés, ocurrió lo peor que le podía ocurrir a nuestra sociedad: convertimos el arte en pacatería y la política en el peor de los espectáculos. Hoy es más fácil que un actor pierda un premio por haber escrito un tuit homofóbico en su juventud a que un político pierda votos por decir que va a matar a todos los homosexuales. Ese es el mundo en el que nos movemos, y en ese escenario tendremos una campaña electoral en 2026. Pasará tiempo hasta que las cosas retomen su cauce, pero, mientras tanto, estaremos expuestos a que nos gobierne el showman más escandaloso de turno.
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