Mi sueño, y el de Julio Verne, despega este 2026
¿Será la solución para nuestro endemoniado tráfico limeño, o para evadir los tortuosos caminos entre las ciudades andinas y amazónicas? ¿Permitirá paseos románticos en la baja neblina costeña?
Pues llegó el auto volador, ese vehículo que quizá soñaste en tus fantasías infantiles o cuando estabas atascado en uno de esos enredos de automóviles, combis y camiones que se crean aparatosamente cuando los conductores peruanos aplican la ley del más macho en un cruce múltiple y, contra todas las normas de tránsito o las leyes de física, producen nudos de tráfico aparentemente irresolubles.
No es casual que la idea del automóvil volador haya habitado nuestra imaginación durante más de un siglo. Julio Verne, el gran escritor y visionario del siglo XIX, ya había intuido que la movilidad del futuro rompería las fronteras entre tierra y aire. Aunque nunca describió exactamente un “auto volador”, en sus novelas imaginó máquinas híbridas, capaces de desafiar la gravedad y emancipar al ser humano de las limitaciones del suelo. Un siglo después, James Bond llevó ese sueño al espectáculo cinematográfico, cuando convertía su auto compacto en un vehículo capaz de volar, haciendo acrobacias en el cielo. Hoy, esa fantasía abandona definitivamente la ficción.
Aún es un prototipo, pero ya cuenta con todas las credenciales para ser producido en serie. En el primer trimestre de 2026 estará disponible para la venta y quizá el próximo año se convierta en el regalo navideño de Magaly Medina y otros ricos y famosos —su precio ronda los 800.000 dólares estadounidenses— para invadir subrepticiamente nuestras vidas —o nuestros cielos— cuando menos lo esperemos.
Se trata de uno de los avances científicos y tecnológicos más llamativos de 2025, junto a inéditas terapias génicas contra el cáncer, progresos vertiginosos en inteligencia artificial, computación cuántica y nuevos telescopios espaciales. A diferencia de estos, el auto volador es más tangible, más cercano: no ocurre en laboratorios asépticos ni en órbitas lejanas, sino que promete insertarse en nuestra experiencia cotidiana de desplazamiento.
No será el equivalente al teléfono celular, que en apenas dos décadas se convirtió en nuestro periódico, agencia de marketing, cámara fotográfica, gimnasio, contador de pasos y almacén de recuerdos. No usaremos el auto volador para ir al supermercado o a la playa más cercana, pero podría modificar la forma en que nos movemos en los vastos territorios de nuestras megalópolis contemporáneas… o en geografías difíciles como las nuestras. Además, su concepto incluye una versión anfibia que, en el futuro, podría operar también en el agua como un vehículo versátil de tres modos: tierra, aire y mar. Pronto, quizás, podríamos aterrizar en el lago Titicaca o la laguna de Quistococcha.
El AirCar fue creado por Stefan Klein, un ingeniero y empresario eslovaco que, inspirado por el gran escritor francés, ha dedicado las últimas dos décadas de su vida a hacer realidad el sueño del automóvil volador y, quizá, a sacarnos de la pesadilla del tráfico. Tras más de 500 despegues y aterrizajes y 170 horas de vuelo, el vehículo ya cuenta con un Certificado de Aeronavegabilidad, emitido por las autoridades aeronáuticas correspondientes en Europa.
Al verlo volar, uno entiende el entusiasmo: es una especie de Ferrari del cielo, con un diseño extremadamente aerodinámico, cola alargada y alas finas y retráctiles. Se transforma de automóvil en aeronave en menos de dos minutos y, según sus fabricantes, alcanza velocidades de hasta 250 km/h, con una autonomía cercana a los 1.000 kilómetros: un Lima–Arequipa sin curvas ni abismos, o casi un Lima–Chimbote de ida y vuelta, flotando sobre la costa.
Julio Verne estaría satisfecho. James Bond luciría un modelo de gran lujo.
El auto que vuela ya no es ficción y la pregunta ahora es otra: ¿cambiará nuestra vida? ¿Se volverá un objeto de uso masivo o seguirá siendo un juguete de élite? ¿Haremos AirCar sharing como hoy compartimos bicicletas? ¿Convertiremos grandes estacionamientos en miniaeropuertos? ¿Habrá “carriles” en el aire? ¿A qué edad obtendremos un brevete para volar? ¿Molestaremos a las aves al invadir su espacio aéreo? ¿Y qué ocurrirá durante los aguaceros, la neblina o las turbulencias?
La mala noticia es que, por ahora, funciona a gasolina y se convertirá en una nueva fuente de contaminación atmosférica. Sus fabricantes aseguran, sin embargo, que la propulsión eléctrica llegará apenas se desarrollen baterías con suficiente densidad energética como para sostener el vuelo.
De todas las fantásticas noticias científicas de 2025, elijo esta. No es la más revolucionaria, ni la más disruptiva, ni la más trascendental. Pero hay pocos placeres comparables al de ver uno de mis sueños de infancia convertido en realidad.
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