¿Podemos avizorar lo que traerá el siglo XXI comparando períodos históricos?
Este es el último artículo que publico este 2025, así que cuando aparezca el próximo estaremos más cerca del 2050 que del 2000. Habiendo transcurrido oficialmente el primer cuarto del siglo XXI quizás podamos hacer un ejercicio para ver un poco desde dónde estamos mirando el pasado.
Imaginemos que es diciembre de 1925. En el Perú estaríamos en pleno Oncenio de Leguía, tiempo de crecimiento económico debido al auge en las exportaciones que se dispararon con la Primera Guerra Mundial. Ese año se creó una comisión plebiscitaria para ver si se podían llevar a cabo las consultas populares en Tacna y Arica para arreglar el asunto de la frontera con Chile. Ese año hubo Niño y la costa peruana quedó devastada, como ha sucedido muchas veces antes y después. Sin embargo, ese año se cortó por primera vez la luz en una Lima que se modernizaba a pasos agigantados.
La primera mitad de los años 1920 estuvieron llenos de optimismo, crecimiento económico y la expansión de las ciudades principales. Muchos de los edificios emblemáticos de Lima, Arequipa, Trujillo, el Cusco y otras localidades son de esos tiempos. En la Amazonía, entre tanto, la fiebre del caucho había pasado hacía una década, dejando las consecuencias de la explotación de las poblaciones brutalizadas y esclavizadas. La popularidad de Leguía entre los sectores acomodados era grande, pero el descontento crecía en un medio donde la prensa y el sistema electoral estaban controlados, y en el que muchos opositores fueron enviados al exilio.
Fue en ese contexto, estando en el extranjero, cuando Víctor Raúl Haya de la Torre fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana, el APRA que habría de dominar la política peruana por casi un siglo. Hoy, el partido languidece, aunque se rehúsa a morir del todo y veremos qué resultados obtiene en las próximas elecciones. En 1925, la Peruvian Broadcasting Company inauguró la primera radio del país con el nombre de OAX, y que años más tarde se convirtió en Radio Nacional, una emisora que aún existe y cuyo local de la avenida Petit Thouars es una de las joyas del art déco que quedan en Lima.
El tiempo parecía avanzar de manera vertiginosa con la llegada de las telecomunicaciones, los cambios en la moda, las mujeres más audaces cortándose el pelo a la garçonnière y el largo de sus faldas. Nuevos ritmos llenaban la ciudad y, si bien Felipe Pinglo aún no había publicado su vals más famoso, El Plebeyo, la orquesta de jazz Nilo, de Dario Mejia, ya tocaba Cuando el indio llora, que pueden escuchar aquí. La construcción del ferrocarril trasandino continuaba avanzando por los pasos más difíciles de las montañas, mientras que el imponente edificio de la estación de Desamparados, construido en 1912, transmitía la impresión de un país en perpetuo crecimiento.
Un siglo antes, en 1825, el Perú acababa de salir de tres lustros de guerras y se preparaba para seguir viviendo el enfrentamiento entre caudillos por cincuenta años más. No era muy diferente de lo que sucedió en Europa, que, tras el agotamiento de la Revolución Francesa de 1789 y el periodo napoleónico, se replegó en la restauración monárquica, pero que debió enfrentar en Francia revoluciones en 1830, 1848 y 1871. En 1925, Europa estaba agotada tras la Primera Guerra Mundial —conocida en ese tiempo aún como la Gran Guerra— sin imaginar que tan solo una década más tarde daría los pasos hacia una conflagración aún mayor. Ya para 1925 Benito Mussolini se había declarado “Il Duce” y establecido un régimen totalitario, tres años después de que las camisas negras lo hubieran llevado al poder tomando control de Roma. En España, en 1925 se había consolidado la dictadura de Miguel Primo de Rivera y la modernización avanzaba a toda velocidad, y poco se presagiaba que diez años más tarde el país estaría en plena Segunda República, lo cual tan solo un año después llevaría a una descarnada guerra civil.
Al observar de esta forma el pasado uno aprende a tener respeto por lo que parece inesperado y que, con el tiempo, se comprueba que tenía orígenes muy anteriores. Por ello, siempre que me piden que haga predicciones sobre el futuro, respondo que los historiadores no tenemos acceso a una bola de cristal. A pesar de ello, estudiar el pasado con una perspectiva de largo plazo y comparativa nos puede ayudar a pensar en dónde nos encontramos.
Los historiadores también solemos debatir sobre en qué momento realmente comienzan los siglos, porque la variable astronómica es claramente insuficiente cuando se trata de procesos humanos. Así, por ejemplo, se suele considerar que el siglo XVIII terminó con la Revolución Francesa y que el siglo XIX lo hizo recién en 1914 con el inicio de la Primera Guerra Mundial. El consenso actual en el caso del siglo XXI es que realmente comenzó el 11 de septiembre de 2001, con el derrumbe de las Torres Gemelas y del optimismo que trajo la caída del Muro de Berlín en 1989, y que hizo de los años 90 una belle époque similar a la de un siglo antes, pues es claro que quienes la vivimos no nos dábamos cuenta de que se trataba de un momento de muy relativa calma.
Es de acotar, por supuesto, que esa década de optimismo global a los peruanos nos pareció una época convulsionada, en la cual todavía se tenía muy presente la inseguridad que trajeron los grupos terroristas y en la que el gobierno de Alberto Fujimori se apropió de la débil democracia peruana. Podría decirse que en el Perú, el siglo XXI comenzó el día que llegó el fax con la renuncia de Fujimori desde Japón y que este primer cuarto de siglo se ha caracterizado por una permanente precarización del sistema político, de un avance de las economías ilegales y de un inmenso crecimiento económico, que, como siempre en el Perú, ha sido tremendamente desigual.
Lo que siga dependerá mucho de las próximas elecciones y de los vientos que soplen en el mundo y la región.
Salud, por un futuro más tranquilo.