¿Dónde está nuestra quina y cómo le fue a nuestro escudo nacional en su bicentenario?

Alejandro Neyra es escritor y diplomático peruano. Ha sido director de la Biblioteca Nacional, ministro de Cultura, y ha desempeñado funciones diplomáticas ante Naciones Unidas en Ginebra y la Embajada del Perú en Chile. Es autor de los libros Peruanos Ilustres, Peruvians do it better, Peruanas Ilustres, Historia (o)culta del Perú, Biblioteca Peruana, Peruanos de ficción, Traiciones Peruanas, entre otros. Ha ganado el Premio Copé de Novela 2019 con Mi monstruo sagrado y es autor de la celebrada y premiada saga de novelas CIA Perú.
Valor de ley —True grit en inglés, que podría quizás traducirse mejor como verdadero coraje— es una gran novela clásica norteamericana, escrita por Charles Portis y publicada en 1968, pero además hecha película en 1969, con John Wayne como el duro investigador Rooster Cogburn, y más recientemente en 2010 en una versión dirigida por los hermanos Coen.
La historia es la de una adolescente, Mattie Ross, que va en busca del asesino de su padre en el lejano Oeste, para lo que contrata a un marshal de dudosa reputación, dispuesto a todo para capturar al asesino —y por supuesto que cobrar la recompensa—. Ross elige a Cogburn, pese a que parece un tuerto alcohólico y pendenciero, porque ha escuchado que tiene “true grit”, es un hombre de verdadero coraje y eso es lo que busca la jovencita.
La novela, más que un western, es una historia de venganza, traición y suspenso, pero también una lección de humanidad. Cuando todo parece perdido, los héroes se sobreponen y hacen todo con tal de lograr su cometido, a costa de sus propias vidas. Y, más allá de eso, Mattie es una muchacha muy inteligente y de recursos, no solo económicos, que muchas veces burla a hombres mayores que buscan aprovecharse de ella o que simplemente no la toman en serio. Uno de esos es el coronel Stonehill, con quien tiene que negociar la compra de unos caballos, y a quien después de días de discusiones, encuentra finalmente apagado, victima de una enfermedad común por aquellos tiempos en los Estados Unidos —es el siglo XIX, cuando la malaria causaba estragos—. Al verlo así, Mattie, compadecida, le pregunta si no ha tomado un poco de quinina, un fármaco popular para combatirla, a lo que Stonehill le dice que sí, que ya está embotado de tomar tanto de esa “corteza peruana”.
Y es aquí donde nos preguntamos: ¿podríamos estar ahora abotagados con esa corteza peruana que salvó la vida a tantas personas en la antigüedad y que alcanzó tal fama que fue colocada en nuestro escudo nacional como muestra de la riqueza natural del Perú? ¿Producimos siquiera algo de quinina?
Nuestro escudo en su bicentenario
Casi nadie, a excepción del siempre informado Enrique Planas,[1] citando además a quien probablemente más sabe del tema, Natalia Majluf, ha reparado que nuestro escudo cumplió 200 años. A las desangeladas celebraciones patrias por el Bicentenario en medio de una pandemia y el desánimo político, se suma que ya nadie parece tan interesado en conmemorar bicentenarios quizás menores, aunque no menos simbólicos, como el del escudo nacional. Este fue aprobado por el Congreso Constituyente el 25 de febrero de 1825 a instancias de José Gregorio Paredes, un hombre poco reconocido, pero que fue científico, diputado, diplomático, político, entre muchas otras cosas en esos difíciles primeros años de nuestra independencia.
Paredes era el presidente del Congreso y las sesiones previas a la aprobación del escudo fueron, extrañamente, secretas, de modo que no sabemos lo que se discutió y el por qué, ni si él mismo fue el verdadero autor o fue una creación compartida con su maestro Hipólito Unanue, otro hombre de ciencias. Lo cierto es que en el nuevo blasón se colocaron tres imágenes representativas de las riquezas naturales del Perú, como sabemos desde nuestras épocas escolares. Una es la vicuña, que fue declarada en peligro de extinción hace apenas algunas décadas y que por suerte viene repoblando el territorio del sur andino, para beneficio de quienes pueden pagar las prendas elaboradas con su lana, una de las fibras más finas —y costosas— del mundo.
La otra, por supuesto, es la cornucopia, símbolo de nuestra riqueza mineral, que deja ver las piezas de oro, hoy tan presen⁵te en el día a día en medio de las discusiones sobre cómo enfrentar la minería ilegal, que parece haber no solo obtenido beneficios legales, sino que pareciera imponer un poder con representación congresal, frente al cual sin duda hay que diseñar una estrategia (aunque pareciera faltar estrategas).
¿Y nuestra quina, madre de la poderosa quinina? Pues aun quedan ejemplares en el Perú que se busca proteger. Incluso en 2021 se plantaron algunas en Ayacucho, en el marco de una iniciativa denominada “la quina del Bicentenario”. Lo cierto es que esta especie oriunda y presente en el Perú, y cuyos componentes son usados desde épocas precolombinas, mucho antes de que nuestro país llevara su nombre, ya no permite la producción de la quinina.
Fármacos sintéticos han relevado a la Cinchona officialis —el nombre científico se vincula además a nuestro país, pues se debe a la famosa curación de la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú— para combatir la malaria y las fiebres, pero lo cierto es que sí se produce aun quinina, solo que en Indonesia y otros lugares del sudeste asiático, muy lejos de nuestras tierras.
Más que imponernos el ejercicio de pensar deprimidos en las partes y símbolos de nuestro escudo hoy, vale la pena quizás preguntarse, en nuestro mes patrio, cuáles serían esos símbolos si pensáramos —como los congresistas de hace doscientos años— en tres objetos para colocar dentro de nuestro emblema nacional. Hagamos el ejercicio antes de que lo hagan en el Congreso y se roben hasta la idea.
[1] https://elcomercio.pe/eldominical/entrevista/la-cara-oculta-del-escudo-peruano-por-enrique-planas-noticia/