No siempre fueron viejos lesbianos


Radiografía y advertencia para no terminar siendo uno de ellos


En el Perú, el término «viejo lesbiano» nació en redes sociales, como tantas otras expresiones que combinan burla y algo de verdad incómoda. No hay que buscarle una explicación literal al término, es la adaptación de un chiste en internet que ya fue olvidado. Lo relevante es entender que hoy se refiere, en la mayoría de casos, a esos hombres mayores que, tras una juventud razonablemente progresista o democrática, terminan defendiendo ideas reaccionarias y cultivando una amargura que se les escapaba por los poros. El apodo es ridículo, pero preciso: describe a un tipo de personaje que, aunque caricaturesco, se ha vuelto tristemente común en nuestra vida pública.

El viejo lesbiano es un arquetipo. Abrazaron causas democráticas en los 80 y 90, fueron referentes públicos en temas relacionados a derechos humanos, estado de derecho, desarrollo social. Algunos estuvieron en la primera línea de la política, otros en las aulas universitarias o en el periodismo. Formaban parte de una generación que creía en la transformación del país. Pero los años pasaron, la democracia se volvió rutina y lo que no se logró entonces empezó a irritarlos.

Hoy, muchos de esos hombres miran con desprecio a quienes tienen los ideales que ellos alguna vez abrazaron. Les fastidia hablar de los temas que trabajaron en el pasado y caricaturizan cualquier demanda social. Sienten que el país avanzó sin ellos. Que se quedaron fuera del relato. Y reaccionan haciendo como si nunca hubiesen creído en lo que defendieron, intentando ignorar su pasado con un desconcertante borrón y cuenta nueva.

Detrás de ese cambio puede que haya algo más profundo: la sensación de que no se llegó a donde se debía llegar. Que el país no les dio lo que merecían. Que el reconocimiento, el poder, el lugar en la historia, les fue robado. Habría, en muchos casos, una herida de ego. Y también una incomodidad con el paso del tiempo: con el cuerpo que envejece, con la centralidad que se pierde, con los reflectores que ahora apuntan a otros rostros.

A eso se suma algo que en el Perú se vuelve más crudo: la precariedad. Porque aquí la vejez no es sinónimo de retiro digno, ni de reconocimiento acumulado. Muchos de estos personajes envejecen sin redes institucionales ni estabilidad económica. Y aunque ese no sea el motivo principal de su viraje ideológico, puede ayudar a entender la rabia con la que se expresan. No se sienten parte de una generación que dejó huella: se sienten olvidados.

Y hay también una escena ya conocida: el viejo lesbiano, que en su juventud llamaba reaccionarios a ciertos sectores del poder, termina siendo acogido por ellos como hijo pródigo. Porque esos sectores siempre están dispuestos a abrirles la puerta mientras traigan consigo algo de capital simbólico que los legitime. Les ofrecen tribuna, cierta seguridad económica, acceso a redes de poder. No importa cuán contradictorio sea el giro, mientras sirva. Y, a veces, eso basta para que se convenzan de que el cinismo es solo una forma madura de ver la vida.

Hay algo de tragicómico en ese recorrido. El viejo lesbiano abandona las causas que defendió y termina siendo funcional a sus enemigos de antaño. Ya no se trata de un cambio genuino de ideas, es una rendición cínica, justificada con discursos de “realismo” o “madurez” que encubren la derrota.

El Perú, país de olvidos y desmemorias, es terreno fértil para estos giros. Aquí es fácil reescribir el pasado, borrar incoherencias, venderse como lúcido cuando se ha perdido toda brújula. Y como nuestra vida pública a veces premia más la arrogancia que la coherencia, el viejo lesbiano encuentra micrófono con facilidad. Incluso, puede volverse una figura influyente, aunque solo sea por ser un muñeco ventrilocuo de las ideas que alguna vez enfrentó.

La existencia del viejo lesbiano no debe ser solo motivo de burla. Es también una advertencia, la posibilidad de que sea un espejo. Porque ese camino —del idealismo a la amargura, del compromiso al cinismo— no está reservado solo para otros. Todos los que hoy nos pensamos progresistas corremos el riesgo de recorrerlo. Y vale la pena preguntarse cómo evitarlo.

Reírnos del viejo lesbiano puede ser catártico. Pero más importante que ello es no convertirnos en uno.


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