Una pausa en el remolino


Cuando el fin del mundo se asoma, es bueno contemplar el panorama


Los seguidores de las comedias de situaciones del pasado saben que de vez en cuando, o por lo menos una vez en la trama, sus guionistas relajaban sus rigores y echaban mano de algún episodio en el que los protagonistas se dedicaban a recordar circunstancias ya vividas dentro del universo de la serie correspondiente. 
Ya que tal recurso ha demostrado ser eficiente, en estos días he estado tentado de utilizarlo para llenar este espacio. La razón no está en que no se me ocurriera temas, sino todo lo contrario: motivos para alzar la voz abundan últimamente. Veamos: el intento del Congreso peruano de destituir a la Junta Nacional de Justicia; los recientes balbuceos ministeriales sobre el alza de varios cultivos, lo que en realidad revela nuestra incapacidad para afrontar los retos del cambio climático; el aprovechamiento político de la camiseta de la selección como un fenómeno que ocurre no solo en mi país, sino en cualquier régimen que, a falta de gestión, cae en el populismo; esa curiosa moda que tienen muchos autoritarios o sachademócratas de llamar «caviar» a quienes piden transparencia y meritocracia en la gestión pública; la performance histriónica de ese cóctel inefable que es Javier Milei, entre otras curiosidades. 
En suma, hay tanto sobre lo que hay que debatir, que paraliza.
Nótese que, casi de contrabando, he avanzado un buen tramo de este artículo haciendo un recuento, lo cual ya me pone en sintonía con los libretistas relajados a los que he hecho referencia. Sin embargo, la incapacidad de elegir un tema —o este recurso de meta-articulismo— también me sirve para plantearle una salida a mi preocupación: que está bien, de vez en cuando, reposar entre batalla y batalla. O mejor dicho, alejarse del renglón y tratar de contemplar la página.
Dentro de unos siglos, los historiadores tratarán de ordenar los acontecimientos que he mencionado hace un momento y es muy probable que decidan que a nuestra generación le tocó contemplar el inicio de una nueva era de la Historia Universal.
Tal como estudiamos que con la toma de Constantinopla o la llegada de Colón a América se inició la Edad Moderna, quizá la caída del Muro de Berlín o el ataque a las Torres Gemelas sean los hechos límite que reflejarán esta nueva era de cambios a los que los humanos, que tan pocos años vivimos en comparación con los procesos históricos, asistimos con desconcierto.
Si recordamos los testimonios de nuestros padres o abuelos, atrás ha quedado la inquietante tranquilidad que trajo la Guerra Fría tras el horror de una hecatombe con dos bombas atómicas como cerezas, y también esa visión optimista de un Occidente capitalista, liberal y democrático que había prevalecido sobre el autoritarismo comunista y que inspiró, incluso, aquella hipótesis convertida en libro titulada como El fin de la historia.
Ahora nos queda claro que, en realidad, asistimos al fin de un capítulo. Y que, entre la irrupción de esa invención de la imprenta con esteroides que ha resultado ser Internet, el desbocamiento de un capitalismo sin contrapesos que ha contribuido a la desigualdad y al aceleramiento del cambio climático, las crisis migratorias originadas por regímenes corruptos y sequías, la desaparición de los glaciares tropicales en una sola generación humana, la crisis del agua y las temperaturas incendiarias, los políticos demagogos que se valen de la frustración y el miedo para su cosecha, y la tentación del autoritarismo como panacea a nuestros males sociales, pues los ciudadanos nos hallamos desbordados, añorando épocas que parecían más tranquilas. Vivimos, tal vez, la ansiedad compartida de aprestarnos a escribir colectivamente un nuevo capítulo de la historia humana, pero sin saber a dónde nos conducirán estas fuerzas. 
Pero si bien es atemorizante saberse en un remolino, la incertidumbre tampoco es la excusa para dejar de remar: quizá he terminado escribiendo esto para consolarme y decirme que en el pasado ya tuvimos ancestros que se preocuparon por el fin del mundo y que vivieron el horror de guerras civiles, religiosas, de pestes y que, aunque diezmada, la humanidad prevaleció; que los retos de hoy tienen consecuencias que todavía no conocemos, así como desconocidos eran para nuestros antepasados sus destinos; y que ese consuelo da para respirar un momento mientras afilamos la lanza.
Quienes creemos que la prosperidad se alcanza buscando el diálogo en vez del pisoteo autoritario y promoviendo la igualdad de oportunidades en desmedro de las argollas que se enriquecen en la endogamia, debemos recordar que, si bien la constancia provoca cambios, esa misma constancia admite intervalos para descansar la vista en el horizonte.


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2 comentarios

  1. José Octavio Ugaz La Rosa

    Así es Gustavo, hay que hacer una pausa para tomar aire… pero con una bolsa de papel para no hiperventilar. Las pulsaciones están a mil. OMMM, OMMM, OMMM…

    • Gustavo Rodriguez

      Jajaja, qué bueno que haya humor en tu respuesta, José. ¡Un fuerte abrazo!

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