Un artículo estrictamente sexual


¿El estado del orgasmo femenino debe ser cuestión de Estado?


Javier es novelista, ensayista, periodista y guionista de cómics, con más de treinta libros para niños, adolescentes y adultos publicados en Europa y América.
Es un emprendedor social reconocido como Fellow Ashoka y ganador del premio Pearson para América. En 2006 impulsó y diseñó el Plan Lector en el Perú, diseñó las bibliotecas Crea de la Municipalidad de Lima y ha dirigido proyectos de fomento lector que han impactado en el desarrollo de la industria peruana.


Algunas preguntas son amonestaciones, y la más clara de los últimos tiempos la recibí cuando presenté mi libro Estrictamente sexual: el derecho de la mujer al orgasmo:

“¿Por qué un hombre escribe sobre el derecho de la mujer al orgasmo?”.

Otras preguntas, en cambio, parten de una legítima ignorancia: “A mi novia no le gusta en perrito, a mí sí; ella solo quiere sexo en misionero, ¿qué puedo hacer?”.

La primera no deja de sorprenderme porque, cuando escribo, respondo a una curiosidad que no nace en mis genitales: ¿por qué 1 de cada 10, mujeres, según algunas encuestas, jamás ha experimentado un orgasmo si la masturbación es tan eficiente para lograrlo? 

La segunda fue formulada por el fotógrafo que cubrió la presentación de mi libro: sin pudor, mientras yo firmaba, me preguntó si el libro lo ayudaría a resolver el problema. Le respondí que el libro parte de una actitud: preguntar antes de juzgar. Y fueron muchísimas las mujeres que gentilmente respondieron a mis preguntas para escribirlo. Lo hicieron bajo una lógica sencilla: el sexo ha de ser horizontal —no literalmente—, respetuoso, entre equivalentes que deciden jugar a gozarse: mientras se produce el encuentro cada uno es objeto erótico de la pareja, y esto supone saber cómo goza o no el otro.

¿Qué podría estarle ocurriendo a la pareja del fotógrafo? 

Porque ignoro, ensayo que las mujeres han tenido que soportar costumbres y creencias masculinas de una estupidez tan profunda, que un batiscafo no serviría para verlas: hubo un tiempo cuando la frase “yo no hago eso con mi esposa, lo hago con otras: ella es la madre de mis hijos” era un reflejo de los preceptos morales del Estado, donde los individuos en familia somos la base de una sociedad pura y dulce, en la que debemos reproducirnos para sostener al Estado y darle trabajadores y soldados, sin los cuales desaparecería. Y cuando a esta sopa de situaciones le añadimos una ética religiosa, nos topamos con el paradigma “santa o puta”, y allí acaba todo para el sexo como diálogo entre iguales.

De ahí a prohibir y criminalizar el aborto existe una secuencia lógica. Lo hizo Stalin: luego de años de aborto legalizado en tiempos de Lenin, no lo criminalizó, pero sí lo prohibió. El Estado multaba a médicos y mujeres que interrumpían el embarazo: Stalin sabía que la guerra llegaría y necesitaba gente.

No existe legislación peruana que castigue el gozo femenino en el sexo, pero tampoco existe nada que lo promueva. La legislación peruana es feminista, pero de un feminismo liberal, soso, superficial.

Cuando se trata de sexo, el Estado peruano es confesional y médico, no tiene ángulo sexológico. Los manuales con que instruyen a niños, adolescentes y profesores en las escuelas siguen la lógica de “crezcan y multiplíquense”. 

Es idealista y liberal en el sentido de que los manuales y sus objetivos creen que “educar” evitará embarazos adolescentes no deseados. Es decir, que una decisión personal, una ética individual, resultado de esa educación, detendrá el problema social que es la epidemia de embarazos precoces.

Aquí y en Marte —si hubiera marcianos que copulan— son los métodos anticonceptivos los que evitan los embarazos y las políticas y presupuestos ejecutados por el Estado. Nos embarazamos porque tenemos sexo y estamos excluidos de métodos anticonceptivos. Estos métodos no están al alcance de los ciudadanos, en general, y de los adolescentes, en particular, quienes, según todas las mediciones, inician en el Perú su vida sexual a temprana edad, en abandono, sin asistencia, sin prevención y con una espada sobre la cabeza de prácticamente toda niña que, si resulta embarazada y aborta, será abandonada por todos y castigada como asesina.

Frente a estos sentidos, ¿es posible relajarse y tirar con alegría y divertirse en libertad con el propio cuerpo? Es claro que cuando acuden a un encuentro sexual, las mujeres tienen dificultades de todo tipo. En principio, según Shere Hite, autora del Informe Hite, más que a una relación sexual, van a una relación social.

Quizá la novia del fotógrafo acude a un trámite antes que a un encuentro erótico: sexo procedimental, asumido como lo que debe hacerse porque está en una pareja. A él le causa curiosidad que no quiera otra pose, ignora por qué. Quizá cree que el erotismo brota “natural”, e ignora que el erotismo es un campo de estudio de uno mismo y del otro, de sus reflejos, que siempre son un misterio, como de sus deseos y fantasías: saber que existen es primordial y conocerlos puede llevarnos a estallar de gozo el uno con el otro. Hacer el amor es difícil, dice el poeta Antonio Cisneros, pero se aprende. Así que aquí está la respuesta a la amonestación con la que empecé este texto: se escribe, que es estudiar, para aprender y luego para enseñar.

¿Qué ética comunitaria, qué moral de Estado, impide que la mujer goce de su sexualidad? Eso es lo que hay que descubrir y es lo que he querido responderme en Estrictamente sexual. Me persiguen esta y otras cuestiones, y se las sigo haciendo a ellas. Ellas, que son las que saben de sus cuerpos y de sus deseos, con sus respuestas satisfacen mi curiosidad, y yo las de ellas.


¡Suscríbete a Jugo y espía EN VIVO cómo se tramó este artículo!

Nuestros suscriptores por 6 meses pueden entrar por Zoom a nuestras nutritivas —y divertidas— reuniones editoriales. Suscríbete haciendo clic en el botón de abajo.


Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dos + 4 =

Volver arriba