Todos somos un poco Nevinson


Nuestras identidades en un mundo complejo


Alejandro Neyra es escritor y diplomático peruano. Ha sido director de la Biblioteca Nacional, ministro de Cultura, y ha desempeñado funciones diplomáticas ante Naciones Unidas en Ginebra y la Embajada del Perú en Chile. Es autor de los libros Peruanos IlustresPeruvians do it better, Peruanas Ilustres, Historia (o)culta del Perú, Biblioteca Peruana, Peruanos de ficción, Traiciones Peruanas, entre otros. Ha ganado el Premio Copé de Novela 2019 con Mi monstruo sagrado y es autor de la celebrada y premiada saga de novelas CIA Perú.


Entre las muchas lecturas pendientes tenía el díptico de Javier Marías compuesto por las novelas Berta Isla y TomásNevinson. Más allá de la calidad literaria reconocida del multipremiado y desaparecido autor español, me llamaba la atención que se tratara de una historia de espías, aunque no una de peligrosas aventuras propias de James Bond o mi querido Malko Linge, sino, sobre todo, de lo que envuelven las apariencias y las identidades en un mundo complejo.

Berta Isla es, nos enteramos poco a poco, la mujer de un espía británico. Uno que cumple con las características clásicas de ser un hombre culto y formado en Letras, de gran bagaje cultural y que tiene el don de las lenguas y la imitación, algo que lo hace especialmente valioso para la Corona. Tomás Nevinson, por su parte, quien lleva también sangre española en las venas, cae en la red de los espías un poco de casualidad, pero, a medida que avanza en la carrera y sus responsabilidades son mayores, va disfrutando de su doble vida, o a veces triple y cuádruple identidad. Hasta que desaparece de la vida de Berta. 

Hasta entonces Berta ha asumido su rol de esposa que no puede ni debe preguntar sobre el trabajo de Tom. Pero, al desaparecer este, empieza a hurgar en la vida del marido y a preguntarse si de verdad conocía a aquel con quien compartía lecho, vida y, alguna vez, incluso hasta sueños. Desaparecido Nevinson, Berta se convierte en una isla, como su apellido. Y aunque el espía aparece tras varios años de espera, ella sabe que ambos no son los mismos. 

En la segunda novela Nevinson vuelve eso, tras varios años de espera― a la vida activa (de espía, se entiende). Y su misión es encontrar en una pequeña ciudad española, entre tres candidatas, a una mujer que fue culpable de algunos de los peores atentados del grupo terrorista vasco ETA. Los jerarcas de la inteligencia británica no olvidan y el espía se enfrentará a su destino para elegir bien y no fallar a la hora de decidir si la culpable merece un castigo ejemplar o, incluso, un ajusticiamiento anónimo.

Lo realmente genial de Marías es la construcción de los personajes, complejos, angustiados, cuestionadores. Hombres y mujeres que entre los años de juventud y el paso hacia la madurez se van dando cuenta, poco a poco, de que, más allá de las mascaradas, disfraces, falsos acentos y personalidades impostadas, en una relación de pareja todos somos personas distintas; que vamos cambiando a la medida que maduramos (o incluso involucionamos). Todos vamos teniendo un poco dos caras, como Jano, o vamos convirtiéndonos en personas distintas de las que originalmente éramos. Y vivimos, además ―eso es claro en la medida que seguimos las peripecias de Nevinson, sobre todo―, en un juego de apariencias en la que ya nada es lo que parece, y debemos ir acostumbrándonos a eso.

¿Cuántas veces cambiamos en nuestras vidas? ¿Cuán distintos somos en la intimidad con nuestra pareja, y en la vida social del trabajo o de las reuniones amicales? Más aun, ¿es que somos realmente los mismos siempre? Queda claro que, en muchos casos, nuestras caras y caretas sociales deben amoldarse a las personas con las que actuamos. Somos a veces más o menos diplomáticos, por ejemplo (dicho sea de paso, están leyendo a uno). Y hay quienes, incluso, a veces pecan de pensar que son realmente “auténticos”. 

No tengo moraleja para este texto. Solo un gran signo de interrogación que me interpela si soy el mismo que estudió Letras, Derecho y Literatura en el Perú de los noventa; el mismo que vivió en Europa varios años, y que ha viajado por varios países como funcionario; el mismo que hace algún tiempo, en tiempos de pandemia, fue ministro de Estado y viajó por todo el Perú, cubierta nariz y boca con mascarillas multicolores que quizás sirvieron un poco para evitar la enfermedad mortal de nuestra generación. Quizá no sea siquiera el mismo que ayer veía el obelisco de Washington DC deformándose en la oscuridad de la madrugada, regresando de un aeropuerto en un país que ya ni se parece tanto al que fue ayer. Quizá la cuestión es si, como decía el filósofo con poesía, nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, ni ser nunca la misma persona. En esa convicción tal vez sí podamos cambiar un poquito para ser mejores mañana, quién sabe. O sea el nuestro el destino de Nevinson, quien morirá, seguramente, con una identidad que es incapaz de reconocer. 

Vamos, no haga mucho caso, no se cuestione tanto. A lo mejor solo sea que me acerco a la cincuentena, “la flor de la edad” de los personajes de Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor. Y mañana sea otro día.


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