Tierra, trágame 


Sobre ese poquito de vergüenza que hoy le haría bien a nuestra política


Un medio uruguayo me envió hace unos días un cuestionario de Proust, ese test de preguntas muy puntuales que, en tono de divertimento, busca revelar la personalidad del entrevistado. (A propósito, quizá deberíamos llamarlo “Test de Faure”, porque tal era el apellido de Antoinette, la compañera de juegos que se lo dio a responder a Proust cuando el futuro escritor tenía quince años, seis años antes de que él mismo lo volviese a responder y a titularlo “Proust por sí mismo”).

Entre sus preguntas, el cuestionario fraguado en Montevideo me interpeló por la última vez que pensé “tierra, trágame” y fue lo que más me tardé en responder. Por mi cabeza pasó recuperar, casi inventar, un pedo indeterminado en un ascensor guardado en mi memoria, hasta que mi novia me recordó aquella vez en que le envié a un grupo de WhatsApp —de personalidades que recién conocía—, un mensaje de audio cursi y cantado con arrumacos que debía haberle enviado a ella. Aquella vez me quise morir, por supuesto, pero aquel acto fallido no solo fue un rompehielos con personas que luego se me volvieron entrañables, sino que me sirvió para responder a un cuestionario uruguayo varios años después.

No obstante, confieso que sí he tenido un momento “tierra, trágame” que recordé apenas me interpeló el cuestionario, pero que no quise colocar porque habría requerido demasiado contexto. Ahora que tengo cierto espacio, lo puedo compartir: yo viví mi niñez en la entonces tranquila Trujillo, en una época en que las radios emitían una guaracha titulada La Negra Carlota, canción inspirada en una mujer que deambulaba por sus calles, fuera de sus cabales pero dentro de la simpatía popular. Por entonces ayudaba a mi padre en una farmacia de dicha ciudad junto a Lucy, una amable joven afrodescendiente. Una mañana entró una señora negra y ella la atendió. Cuando la clienta se fue, me acerqué con mis siete años —tan juguetones como vacíos de criterio— y le pregunté a Lucy, con todas las ganas de hacerla reír, si esa señora era la Negra Carlota. “Es mi mamá”, me respondió. No necesitó acentuar ninguna sílaba para que la tierra se abriera a mis pies y yo siga recordando aquel episodio luego de cincuenta años.

Un par de horas después de haber respondido el cuestionario uruguayo, me topé con un par de novedades en las redes. En una me enteré de que la presidenta del Perú acababa de condecorar a un juez en cuya sala se va a decidir si ella debe recibir un importante monto de la entidad pública en que ella trabajó antes de entrar en política. Aunque dicho juez luego ha manifestado que se inhibirá, el acto ya fue cometido y fotografiado. La otra noticia que llamó mi atención es que el alcalde de Lima ha solicitado a la Autoridad de Transporte Urbano la potestad exclusiva de transitar por el carril segregado de los buses del Metropolitano con su movilidad particular. La razón: llegar a tiempo a sus citas mientras el resto de millones de limeños sufre con el tráfico que su gestión no ha hecho nada por atenuar. 

Al margen de la respuesta indirecta de Dina Boluarte a través de sus funcionarios, y de la insólita y feroz respuesta del alcalde López Aliaga a través de un comunicado de la Municipalidad de Lima, es claro que ninguno de ellos ha demostrado sentir la culpa que antecede y sostiene a la vergüenza. Según ciertos estudiosos de la vergüenza como herramienta evolutiva, todo ser humano aspira a ser querido y respetado en su entorno, y el miedo a cometer errores que nos conviertan en indignos es lo que nos conduce hasta esa vergüenza que clama que la tierra nos trague. 

¿Pero qué ocurre cuando a alguien no le da miedo la opinión del resto?

¿O peor, cuando a nuestras autoridades ya les vale madre lo que opinemos de sus actos y se tornan más cínicos o se enfurecen en lugar de disculparse?

Se mina nuestra democracia, caemos en espirales donde personajes cada vez más altisonantes acaparan la atención, se cuecen revoluciones.

Un ejercicio de simple observación a lo largo de la última década arroja que una panda de sinvergüenzas literales, de toda índole e ideología, viene arrogándose la representación de países, ciudades y sociedades en todo el mundo. Es el precio de habernos atrincherado en bandos aguijoneados por el miedo y nuestras burbujas. Es como si, en vez de aceptar la ambición que es necesaria para ganar en política, hubiéremos dejado que el termostato se nos averíe para premiar la megalomanía y la sociopatía.

Quizá en el futuro inmediato debamos recurrir a observar las actitudes más avergonzadas en quienes busquen representarnos: el candidato que pueda documentar que alguna vez ha pronunciado la palabra “perdón” —o que haya querido que la tierra se lo trague, como ocurre con cualquier vecino— se habrá ganado mi atención y, quizá, una fracción de mi voto.

Porque hemos llegado al extremo de echar de menos a la vergüenza en el poder.


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2 comentarios

  1. Jesús Ferreyra

    Excelente jugo Gustavo . Solo un comentario : la expresión mexicana “ me vale madre” es una muestra del machismo charro . Lo bueno es “ que padre” y para lo que no importa , para lo malo es esa frase .
    Saludos

    • Gustavo Rodríguez

      Gracias por la lectura, Jesús, y por la reflexión.

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