Te felicito, pero quédate calladita


La becada Lizeth Atoccsa y el dilema de los programas sociales en educación 


En nuestra región latinoamericana, según estimaciones de la OCDE, puede tomar hasta seis generaciones que una familia salga de la pobreza. En este contexto, la historia de la joven Lizeth Atoccsa es una anomalía estadística y un espejo incómodo.

Hace unos días, su nombre se hizo viral en redes sociales, aunque no precisamente por el contenido que suele compartir. Lizeth creció en un cerro de las periferias de Lima y, al terminar la secundaria, postuló y fue seleccionada para Beca 18, un programa del Estado peruano que le brinda a jóvenes en situación de vulnerabilidad económica la oportunidad de estudiar en una universidad privada. Gracias a esa beca, Lizeth estudió, trabajó y se convirtió en influencer en TikTok, desde donde relataba su vida y los retos de ser una becada. A un semestre de graduarse, anunció con orgullo que había comprado su primer departamento. Tenía 22 años y había alcanzado, en tiempo récord, aquello que para millones sigue siendo un sueño lejano.

Pero lo más inesperado no fue su logro, sino la reacción en redes: en lugar de celebraciones, surgieron críticas feroces e incluso pedidos para que renunciara a la beca. El argumento: ya no era “pobre”, por lo que no merecía seguir recibiendo el subsidio estatal. Pronabec, la institución que administra Beca 18, respondió con claridad: el objetivo del programa es precisamente que jóvenes talentosos salgan de la pobreza a través de la educación, y Lizeth cumplió todos los requisitos al momento de postular.

Este debate nos lleva a algo más complejo. ¿Por qué hay quienes parecen incómodos ante la idea de que una persona en condición de pobreza logre ascender social y económicamente, y lo haga de forma visible? ¿Por qué cuando alguien rompe el molde y escapa de las limitaciones estructurales, no siempre recibe aplausos, sino sospechas?

Aparte de este caso, conviene reflexionar sobre el dilema de las oportunidades limitadas en nuestro país. Además de Beca 18, los Colegios de Alto Rendimiento (COAR) son producto de políticas públicas con un impacto transformador. Los 25 COAR a nivel nacional ofrecen a estudiantes sobresalientes y de bajos recursos educación secundaria de calidad, así como acceso a redes, experiencias y horizontes que, de otro modo, estarían fuera de su alcance. Varios de sus egresados logran luego obtener la Beca 18 o incluso becas en universidades del extranjero.

Sin embargo, son iniciativas que alcanzan a una minoría: cada año, miles de jóvenes talentosos quedan fuera. Una crítica recurrente sobre estos programas es que los recursos invertidos podrían destinarse a fortalecer la educación pública en su conjunto: mejorar universidades estatales, elevar la calidad de todas las escuelas secundarias, invertir en infraestructura y formación docente para que el punto de partida no dependa tanto del lugar en el que naciste. Es un debate que refleja la tensión permanente entre políticas focalizadas y universales.

En el caso de los COAR, por ejemplo, son colegios de élite dentro del sistema público, con infraestructura moderna, personal calificado y, en muchos casos, alojamiento para los estudiantes. Son oasis educativos que contrastan con la precariedad de miles de escuelas públicas. Aquí asoma el subtexto incómodo: ¿quién “merece” salir adelante? Esta pregunta, que suele rondar el trabajo de quienes diseñan políticas públicas, apareció con inusual crudeza y agresividad en el mencionado caso viral.

Más allá de cifras y diseños de política, lo que preocupa es el trasfondo cultural que se hizo visible en las críticas a Lizeth. La infame frase “el pobre es pobre porque quiere” suele responsabilizar individualmente a quienes no logran mejorar sus condiciones de vida. Pero en este caso apareció una variante perversa: “el pobre que quiere dejar de ser pobre… que no se note demasiado”. Cuando la movilidad es rápida y visible, genera incomodidad.

En el fondo, las reacciones negativas revelan algo más profundo: quizá sin admitirlo, varios prefieren que las personas de origen vulnerable se mantengan en su lugar, agradecidas, discretas y sin alterar demasiado el paisaje social. El problema no es solo económico, sino simbólico: quién puede ostentar logros, quién puede inspirar, quién puede ocupar espacios que antes parecían limitados.

Y si bien hay casos como el de Lizeth que muestran éxitos con la Beca 18, también es necesario recordar lo que advierte un estudio académico de Carlos E. Aramburú y Diego Núñez: más que cuestionar a quienes logran salir adelante, debemos asegurarnos de que quienes ingresan tengan el apoyo necesario para no desertar. La investigación señala que, aun cuando la deserción temprana es baja, existen barreras afectivas, de adaptación y de integración social que pueden impedir que jóvenes talentosos culminen sus estudios. No basta con otorgar la beca; es clave acompañar a los becarios en su transición a un nuevo entorno educativo y social para que puedan aprovechar plenamente la oportunidad.

Esto no significa que no debamos discutir cómo se financian y administran programas como Beca 18, los COAR y otros programas sociales en el Perú. Al contrario: es urgente evaluar continuamente su alcance, su equidad y su sostenibilidad. Particularmente, creo que no se deben reducir estas oportunidades, sino multiplicarlas.

Mientras seguimos discutiendo el modelo, sí considero básico coincidir en algo: cuando alguien aprovecha una oportunidad pública para transformar su vida, eso debe ser motivo de celebración, no de sospecha. Lizeth —y muchos otros becarios— no le “quitó” nada a nadie; sus historias muestran los frutos de políticas públicas que transforman vidas. Ojalá que, en vez de pedir que devuelva la beca, se exija que más jóvenes tengan acceso a programas así. Porque el verdadero escándalo no es que “el pobre deje de ser pobre”, sino que un Estado distraído por la corrupción e intereses de grupos políticos siga condenando a miles a quedarse donde están.


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2 comentarios

  1. Silvia

    Viviendo en medio de una corrupción generalizada, es comprensible que haya habido una reacción crítica. Y no creo que haya sido dirigida hacia la becaria, sino hacia el programa: si un beneficiario mejoró tanto su condición económica, ¿no es lógico pensar que podría no ser justo mantener una subvención del Estado?

  2. Kryss Vivanco

    Execelente artículo Américo. Resuena mucho con algunas de las reflexiones que he tenido al respecto. Como cuando ví todo lo que pasaba con Liseth en redes, pensé que la estaban castigando por sobresalir, pero especialmente por hacerlo público. Lo cuál genera esa incomodidad que mencionas en muchas personas, tal vez por ser una característica nuestra. Aunque creo que también puede inspirar a otros jóvenes a tener esperanza y ojalá salir adelante.

    Las estadísticas que mencionas sobre los desafíos y la deserción me ha tenido pensado en mis pacientes adolescentes, soy psicoterapeuta, que teniendo que emigrar por motivos de estudios luego de culminar la secundaria y pesar de venir de entornos socioeconómico favorecidos, con padres que pueden acompañarlos en su proceso, necesitan de tiempo, mucho acompañamiento emocional y espacios para adaptarse. Lo anterior puede llevar a bajas calificaciones, deserción académica y a veces trastornos emocionales. Realidad que también afecta a los becarios como a los tantos migrantes de provincia.

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