Más que una película


Sobre cómo la ovación a un documental peruano amplió en un instante las fronteras del cine


Ocurrió el domingo pasado: Runa Simi —el documental peruano dirigido por Augusto Zegarra y protagonizado por Fernando Valencia— vivía su estreno en el Perú como parte de la Competencia Latinoamericana Documental del 29º Festival de Cine de Lima. En la calle se sentía agitación y expectativa inflamada. La película venía de recorrer el Festival de Tribeca, el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y el Sheffield DocFest. En el primero, Zegarra había obtenido el Albert Maysles Award, que cada año premia al mejor nuevo director de documental. En el último, la cinta se había llevado el Youth Jury Award.

Eran laureles mayores en tierras extranjeras. Quedaba pendiente su estreno en casa.

Nada, sin embargo, pudo anticipar lo que sucedió cuando la película terminó su metraje y rodó los créditos finales: 600 personas en el Teatro NOS se congregaron para una ovación ininterrumpida de siete minutos, fenómeno insólito que pareció coger por sorpresa al equipo de Runa Simi y también a quienes aplaudían, como si algún tipo de hechizo impidiera que dejaran de chocar las palmas, evacuar gritos, alimentar el entusiasmo.

¿Qué acababa de pasar en el centro de San Isidro?

Runa Simi cuenta la historia de Fernando Valencia, un actor de voz y activista cusqueño que, tras la viralización de sus Quechua Clips —fragmentos de películas de Hollywood dobladas al quechua—, decide emprender un proyecto monumental e improbable: doblar por entero El rey león (1994), y para ello conseguir la autorización de Disney.

Augusto Zegarra y su equipo lo siguen durante casi una década. Acompañan sus idas y vueltas de Paccarectambo (Paruro) a la ciudad de Cusco y de Cusco a Lima, son testigos de sus ilusiones y decepciones, registran el vínculo con sus padres, e inmortalizan su propia paternidad. A lo largo de tal mosaico de escenas, paisajes y diálogos, Fernando conduce la película y revela su sustrato. Antes que la historia de un tipo que quiere doblar El rey león, es la historia de un tipo que encuentra su propósito gracias a ese sueño.

El paso del tiempo es encarnado por su hijo Dylan —acaso su mayor cómplice en la aventura—, que crece y gana edad conforme el documental avanza, volviendo tangible la dificultad de la misión que ambos llevan a cuestas por años. Dylan también es el depositario principal de la filosofía que Fernando va enhebrando: la médula que ordena sus ideas, que saca lo mejor de él y que no le permite rendirse. Los dos tienen mucho de Quijote y Sancho, pero también de Mufasa y Simba: padres e hijos retroalimentándose, sosteniéndose en un contexto adverso.

Y en el medio de aquellos lazos filiales: el quechua, una lengua que Fernando ha decidido defender como soldado. Su proyecto apunta a impactar en niños y ancianos monolingües que nunca han podido escuchar y entender una película, pero las implicancias más allá de ese primer triunfo son incalculables. Como él mismo explica en la cinta, el doblaje al quechua no es más que un pequeño punto dentro del universo de acciones que se pueden organizar para preservarlo.

En el Teatro NOS, el equipo de Runa Simi sube al escenario. Fernando y Dylan los acompañan. También los padres y hermanos de Fernando. También los padres del director Augusto Zegarra. Augusto y Fernando se pasan el micro el uno al otro para responder las preguntas, que entre otras cosas apuntan a saber cómo se conocieron, qué clase de relación llevan, cómo ha sido navegar juntos durante casi diez años, convertirse en hombres de treinta y pico mientras hacían la película. Entre los dos hay hermandad y también, por supuesto, diferencias. Hablan distinto. Visten distinto. Fernando es un hombre cusqueño que eligió hablar quechua y dedicar su vida a salvarlo. Augusto es un hombre limeño que eligió dar luz a esa historia: alteró su sueño de hacer una película y lo convirtió en el sueño de hacer más que una película: a través del propio rodaje, reavivar las brasas del sueño de Fernando cada vez que fuese necesario.

El documental de Zegarra es cine, pero quien haya ido antes al Festival de Cine de Lima sabe que siete minutos de ovación no son parte de la programación de ningún estreno, no importa qué tan buena sea una película ni qué tan querido su realizador.

Cierta sensibilidad extracinematográfica debió activarse para que sucediera. Y, al mismo tiempo, solamente una película pudo ser capaz de hacerlo.

El poder del cine.

De una imagen.

De una historia.

De una lengua.

De un protagonista.

La dupla Fernando-Augusto.

Sucedió en el centro de una ciudad y en el centro de un distrito donde precisamente la importancia del quechua ha sido por años subestimada, maltratada, disminuida. Difícil calcular qué tipo de procesos interiores se movilizaron en los asistentes. Cómo se articuló la fascinación, el asombro, la conmoción, las lágrimas, la culpa incluso. Por qué 600 personas, a pesar de que sus manos ardían, no pudieron dejar de aplaudir por siete minutos ante una película y sus protagonistas. Quizás finalmente, después de siglos, ciertas piezas se ordenaron, al menos durante aquellos 81 minutos de cinta. A lo mejor una especie de franqueza, tan esquiva como evidente, atravesó de un solo golpe a todos quienes miraban la pantalla esa noche.

Una vibración colectiva. Algo parecido a una verdad. La historia de un país. Los sueños que perseguimos.


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4 comentarios

  1. Vanessa

    Es la esperanza que nunca se pierde. Tenemos futuro como país…. quiero imaginarmelo

    • Giacomo Roncagliolo

      La verdad que la película renueva esa esperanza.

  2. Luis Bermudez

    Giácomo, como siempre tocas temas impactantes con la sencillez de tus comentarios tan profundos que nos atrapan y obligan a compartir y espectar esa producción wue tanto entusiasmo trasmitió al público.

    • Giacomo Roncagliolo

      Gracias. ¡A esperar su estreno comercial e ir al cine a verla!

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