Las voces del espanto


La amnistía del gobierno de Boluarte estallará en la cara de quienes no quieren escuchar 


Para la escritura de mi novela Jauría (Tusquets, 2025) que trata sobre el Conflicto Armado Interno que se vivió en nuestro país entre los años 80 y 90 decidí que si iba a hablar sobre lo que les había ocurrido a miles de peruanos en las zonas más alejadas del Perú debía escucharlos. No bastaba con recopilar datos, revisar bibliografía, volver a los importantes análisis que se han producido a lo largo de estos años para intentar entender lo que pasó: debía volver a esos testimonios que la Comisión de la Verdad recogió en su momento en los lugares más golpeados por el terror. Debía reavivar esas voces que, en medio del espanto y la resignación, contaban cómo habían sido atacadas por terroristas de Sendero Luminoso y del MRTA, pero también por policías y por miembros de las Fuerzas Armadas. Fueron tardes, no les voy a mentir, de trabajo duro y por momentos desgarrador. Madres que contaban con entereza las desapariciones de sus hijos, mujeres que intentaban no quebrarse mientras narraban cómo habían sido violadas, ancianas denunciando en quechua cómo vieron morir a todos los vecinos de su pueblo luego de que una patrulla del Ejército los masacrara, vecinas explicando con indignación de cuántas comisarías y cuarteles fueron expulsadas cada vez que se acercaron a preguntar por los suyos. Hay algo en esos testimonios que no puede ser ignorado. Hay una puesta en escena que obliga a quien escucha a condolerse con quien denuncia. En las cientos de horas de grabación que conserva el Lugar de la Memoria (LUM) se agolpan como ecos, como parlamentos, como letanías, como denuncias, como quejas y como súplicas las voces de cientos de peruanos que vivieron el peor lado del horror y al que el país les dio la espalda. Nunca hubo reparaciones económicas decentes para quienes lo perdieron todo; cientos y miles de cadáveres no regresaron a sus deudos para ser enterrados y, sobre todo, el Estado que los atacó cuando debía protegerlos les negó la justicia que se merecían. 

Hoy que Dina Boluarte se atreve a publicar la ley que les da amnistía a los culpables de ese horror, las voces otra vez claman y vuelven para recordarnos que el dolor enunciado no puede ser ignorado. Hoy, ese testimonio que suena como un susurro grabado hace más de veinte años se convierte en un grito que le estallará en la cara a quienes han tomado la decisión de quedarse con las manos manchadas de sangre. Hoy, ese discurso que parecía ya olvidado, esa queja que parecía ignorada empezará un camino, largo tal vez, en el que al final triunfen la decencia y la justicia.


¡Suscríbete a Jugo haciendo click en el botón de abajo!

Contamos contigo para no desenchufar la licuadora.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

trece + 10 =

Volver arriba