En el Día Internacional de los Zurdos, reivindicamos a esa inmensa minoría

Enrique Ortiz es un ambientalista peruano, ecólogo de formación, con estudios en la Universidad de San Marcos y Princeton. Tiene más de 40 años trabajando en conservación y proteccion de biodiversidad a nivel nacional e internacional, en organizaciones de la sociedad civil y en financiadoras filantrópicas.
En estos tiempos de rechazo a la discriminación y exclusión, hoy es el momento de lanzar un manifiesto de protesta y rechazo, pero también de reivindicación. Soy zurdo y, como parte de ese 10 % de la población mundial, he sido discriminado desde que nací. Todos los días me doy cuenta de cómo la sociedad ha sido diseñada para los diestros —los derechos— hasta en el lenguaje, y cada momento en que abro una puerta o agarro unas tijeras me recuerda ser de una minoría de cientos de millones de personas presas de la indiferencia.
Para empezar, tenemos una mala reputación. A través de la historia, el zurdo siempre fue considerado un aliado del demonio. El diestro y el siniestro, el bueno y el malo. En tiempos medievales los zurdos eran quemados en la hoguera junto a los ateos y todos aquellos de libre —y peligroso— pensamiento. A ello se suma que esa discriminación pasa desapercibida para los diestros, que fingen ignorar —sin ninguna vergüenza o solidaridad— lo que pasamos. Ni se imaginan lo que a un niño zurdo le cuesta aprender a escribir o dibujar letras que fueron diseñadas para diestros, con lapiceros y cuadernos de diestros, y carpetas al revés.
Cuando era niño, mi abuela me amarraba la mano izquierda para que escribiera con la derecha: “Hay que curar ese defecto”. Siempre me fue difícil orientar bien el cuaderno con espiral, y cada vez que me siento en una computadora necesito reorientar los implementos, empezando con el mouse. Las puertas y manijas son para los diestros. Cuando uso las tijeras con la mano izquierda, esta me termina doliendo. Y esto es solo lo más aparente. Me pregunto si alguien habrá documentado los problemas físicos ocasionados por esa constante necesidad de adaptarse “a la mano equivocada”. Mi seguro no me lo reconoce.
El número de accidentes de trabajo es significativamente mayor en los zurdos, porque las herramientas están diseñadas para diestros. Quizá eso explica por qué los zurdos probablemente vivamos menos que ellos. Hoy en día, las muertes de zurdos en las guerras y en la policía sería mayor que su proporción en la sociedad, presumiblemente debido a que las armas están diseñadas para los diestros. ¡No hay derecho!
Pues quizá habrá que analizar por qué somos zurdos y cómo heredamos esa “desgracia”. Existen centenares de estudios que tratan de explicar la “lateralización”, y ninguno es concluyente. Hay muchos factores, genéticos, epigenéticos (expresión del efecto del ambiente sobre los genes) y también sociales. Es más, si fuera solo cosa de los genes, la frecuencia sería mayor —hasta en un 30% de la sociedad—, y es porque… ¡muchos zurdos nunca salieron del closet! Y sepan esto: el zurdo ya se chupa el pulgar izquierdo desde el vientre materno.
Hay una hipótesis muy interesante que, desde un punto de vista evolutivo y de selección natural, explica por qué la frecuencia varía de acuerdo con el oficio y el lugar. Según ella, en nuestra sociedad la frecuencia es el resultado de un balance entre la cooperación y la competencia. La cooperación tiende a favorecer la homogenización de la población, y la competencia nos da ventajas comparativas. Es decir, en las circunstancias apropiadas aumenta el número de zurdos. Esto se comprobó analizando, por ejemplo, la frecuencia de zurdos en los deportes. El número de zurdos en el tenis, béisbol y tenis de mesa es inusualmente alto porque el diestro no está acostumbrado a enfrentar a un zurdo, mientras que el zurdo sí tiene experiencia con diestros (por la frecuencia), lo cual nos da la ventaja. Si no, miremos a las grandes figuras del fútbol: Messi y Lamine Yamal son zurdos. Mientras tanto, en tiro, atletismo o golf, el ser zurdo es irrelevante, y por ende la frecuencia se mantiene baja.
Dejando la crítica de lado, y aunque me cueste creerlo, no existe evidencia de que los zurdos seamos más inteligentes. Sin embargo, tal lateralización nos da ventajas, como abrirle camino a la creatividad o el forzarnos a ser mayormente ambidiestros. Yo, personalmente, soy zurdo de manos, con una especialización curiosa: las cosas que requieren destreza y exactitud —como el uso de pinzas— las hago con la izquierda; y las que requieran fuerza, con la derecha. Es paradójico que mi “destreza” —fíjense en la palabra— no sea con la diestra. Y nosotros también tenemos nuestros referentes ilustres. Napoleón Bonaparte, otro zurdo ejemplar y mi héroe oculto, decidió esconder la mano derecha, e incluso cambió la regla para que el ejército marchara por el lado izquierdo del camino. Algunos esgrimen que la razón por la cual los ingleses manejan a la izquierda está relacionada con ese detalle: tener la mano derecha libre.
Hoy, miércoles 13 de agosto, se celebra el Día Internacional de los Zurdos, y esto no debe pasar desapercibido. Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Lewis Carroll, Oprah Winfrey, Barack Obama, Paul McCartney, Lady Gaga y hasta Bart Simpson estamos unidos por esa discriminación, donde a los izquierdos nos dejaron sin derechos propios. Pero, a la vez, estamos orgullosos de ser zurdos, de ser diferentes, y en este día exigimos un reconocimiento y disculpas públicas de parte de las autoridades y políticos. ¿Dónde está el Congreso del Perú?
¿Dónde está Dina Boluarte?
Claro está, la derecha los tiene dominados.
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