¿Y si internet ha muerto?


Una teoría provocadora da pie para analizar el estado actual de la red


La teoría del internet muerto ha ganado fuerza en los últimos años, sobre todo en foros y redes sociales como X (antes Twitter), donde circula una inquietante sospecha: ¿y si gran parte de lo que vemos en línea ya no está hecho por personas reales, sino por bots, algoritmos e inteligencia artificial?

Según esta hipótesis, el internet vibrante, caótico y lleno de interacción humana auténtica que conocimos en sus primeras décadas ha sido reemplazado por un espacio artificial, manipulado y vacío de alma. ¿Estamos navegando en un cementerio digital?

Esta teoría empezó a circular con fuerza en 2021 y sus orígenes se remontan a discusiones en foros como 4chan y Reddit, donde se señalaba que cada vez más internet se sentía “vacío” y “falso”. Lo que antes parecía espontáneo y humano ahora daba la impresión de estar orquestado por sistemas diseñados para maximizar el engagement, no para conectar personas.

El término “internet muerto” no solo se refiere a la proliferación de bots, sino a una percepción más amplia: que las grandes plataformas han sido optimizadas para servir intereses comerciales o políticos. Atrás quedó el espíritu de libre expresión y diversidad con el que se inició la red en los años 90.

Los defensores de la teoría se apoyan en tres fenómenos que, aseguran, cualquiera puede notar con un poco de atención: bots, algoritmos y pérdida de independencia.

Primero, todo el internet se ha llenado de bots. En plataformas como X, Instagram o TikTok, abundan las cuentas automatizadas que publican contenido, responden a usuarios o crean tendencias. Aunque estudios serios estiman que entre el 9 % y el 15 % de las cuentas en X podrían ser bots, algunos creyentes de la teoría sostienen que el número real es mucho más alto. ¿Cuántos de los posts que ves en Facebook son de amigos de carne y hueso, y cuántos son de cuentas que ni siquiera sigues y que comparten contenido visiblemente artificial?

Segundo, que ahora los algoritmos lo deciden todo. YouTube, Netflix, Spotify y prácticamente todas las plataformas grandes usan algoritmos para personalizar lo que vemos. ¿El resultado? Un feed cada vez más cerrado, que repite los mismos temas y nos deja atrapados en una burbuja que se siente menos humana y más diseñada para retenernos.

Tercero, la caída de los espacios independientes. Durante los años 90 y 2000, la web estaba llena de foros, blogs y páginas personales. Yo mismo fui parte de esa blogósfera limeña previa al auge de las redes sociales. Hoy, la mayoría del contenido está concentrado en unas pocas plataformas gigantes. Estas, según la teoría, priorizan lo que genera ingresos publicitarios o se alinea con ciertas narrativas, sofocando la expresión diversa y genuina.

Quienes defienden la teoría tienen varios ejemplos para sostenerla. En X, por ejemplo, es frecuente encontrar tendencias impulsadas por cuentas con comportamientos sospechosos: nombres genéricos, fotos de perfil robadas, publicaciones repetitivas. En TikTok uno puede seguir a un creador de contenido y no cruzarse con sus videos en semanas pese a que los sigue produciendo. Además, la inteligencia artificial generativa ha hecho que cada vez sea más difícil distinguir entre lo creado por humanos y lo generado por máquinas. Herramientas como ChatGPT o MidJourney pueden producir textos, imágenes y hasta debates completos con estilo humano.

Otro punto importante son las granjas de trolls y las campañas de desinformación. Gobiernos, empresas e incluso particulares han usado redes de bots para manipular la opinión pública, inflar métricas o silenciar disidencias. Todo esto contribuye a la sensación de que la red está llena de contenido fabricado artificialmente.

Por supuesto, la teoría también tiene detractores. Muchos señalan que, si bien es cierto que los bots y los algoritmos existen, internet sigue siendo un lugar donde florecen la creatividad, la comunidad y el pensamiento crítico. En X aún hay debates reales, movimientos sociales y comunidades de nicho que encuentran espacios para crecer.

Otros critican el sesgo nostálgico de la teoría. La internet de los 90 no era un paraíso: había spam, virus, estafas y sitios poco confiables. Idealizar esa época es tentador para los millenials viejos como yo —que crecimos con cosas hermosas como Geocities y Napster—, pero puede distorsionar el análisis actual.

También es posible que la sensación de una web «muerta» provenga de cómo los algoritmos filtran el contenido. Al mostrar lo que más nos engancha (y no necesariamente lo más diverso), pueden crear la ilusión de una red monótona, sin que eso signifique que la interacción humana haya desaparecido.

La teoría del internet muerto, más allá de ser cierta o no, nos invita a reflexionar sobre el rumbo que ha tomado la red. Si la inteligencia artificial y los bots seguirán creciendo, ¿cómo distinguiremos lo real de lo fabricado? ¿Qué estamos perdiendo sin siquiera darnos cuenta? ¿Podemos recuperar algo de la sensación de autenticidad de los primeros días? 


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