Los pobres deben ser extraordinarios 


Exigimos excelencia a los de abajo, pero toleramos mediocridad para los de arriba


La historia de Cliver Huamán Sánchez, más conocido como Pol Deportes, parece creada para una fábula de perseverancia. Un adolescente de 15 años, quechuahablante nacido en Andahuaylas, viaja dieciocho horas hasta la ciudad de Lima para cumplir su sueño de transmitir la final de la Copa Libertadores 2025 entre Flamengo y Palmeiras. Llega con su traje blanco, su trípode y su micrófono; intenta ingresar al estadio Monumental, pero le niegan la acreditación una y otra vez. Ante ese muro, recurre a un plan impensado: toma un mototaxi hacia el Cerro Puruchuco, escala unos metros y desde un mirador improvisado transmite el partido por TikTok, con Lima iluminando el fondo. Su transmisión se vuelve viral, la nota llega a diarios de Argentina, páginas brasileñas la amplifican y el artista Bizarrap lo felicita. Recién entonces se le empieza a mirar con admiración.

Pero antes de la épica hay una pregunta que golpea con fuerza: ¿por qué un adolescente peruano de una zona rural debe hacer algo casi imposible para ser visto, escuchado y respetado? ¿Por qué para él no bastaba tener talento, disciplina y una historia genuina? Su caso no es solo inspirador; es también un síntoma de cómo valoramos, o más bien devaluamos, el talento que surge lejos de Lima, lejos de las élites, lejos de donde supuestamente “nace” la excelencia.

Cliver proviene de Apurímac, una región donde más del 70 % de la población habla quechua. Un territorio lleno de creatividad, cultura y saberes indígenas, pero que rara vez aparece en las portadas salvo por estigmas o tragedias. El viaje de Pol Deportes no es solo físico; es también simbólico: el recorrido que millones de peruanos hacen para intentar ser parte de un espacio que para otros está garantizado desde la cuna.

Y aquí el contraste duele. Mientras Cliver escala un cerro para intentar transmitir un partido, vemos cómo hijos de gente influyente aparecen sin mayor dificultad en portadas de medios, en entrevistas complacientes, en espacios de poder o candidaturas políticas. Tantos emprendimientos en internet que surgen de familias con abundante capital económico y social no requieren proezas, viajes interminables, ni huidas creativas al cerro más cercano. La visibilidad está asegurada antes de haber dicho algo particularmente valioso. Los vuelve noticia no la consistencia ni el esfuerzo, sino el apellido. Es el ejemplo perfecto y cotidiano de que en el Perú la mediocridad de los privilegiados suele recibir más atención que la excelencia de los pobres.

Este doble estándar se alimenta de una ilusión global: la idea de que el talento “real” solo se encuentra en ciertos lugares, ciudades o círculos. Basta revisar el Global Power City Index, que evalúa la capacidad de una ciudad para atraer talento. En toda América Latina apenas destacan Ciudad de México, Buenos Aires y São Paulo. Lugares como Andahuaylas, Puno, El Alto, Esmeraldas y tantas periferias invisibles quedan fuera del mapa de “lo talentoso”. Durante mis años enseñando en Harvard, uno de nuestros jefes nos repetía una frase para no idealizar demasiado nuestro lugar laboral: “El talento está en todas partes; la diferencia es que las oportunidades, no”. Pero en países como el Perú, incluso esa idea se queda corta: a veces ni siquiera se trata de falta de oportunidades, sino de una estructura que exige a los pobres ser excepcionales para ser reconocidos, mientras convierte en importantes, y hasta en referentes, a quienes solo son herederos del privilegio.

No es casual que, mientras un muchacho demuestra profesionalismo admirable, un candidato presidencial hable de los pobres con un desprecio deshumanizante. En un evento público, por ejemplo, menciona que algunos “no se bañan nunca” y que “apenas pones agua, ya se quieren bañar como siete veces al día”. No es un comentario aislado, sino una mirada de país: la pobreza se interpreta como defecto moral, no como producto de desigualdades persistentes. Esa lógica permite exigir “más esfuerzo” a quienes menos tienen, mientras se tolera y hasta se aplaude la mediocridad cómoda de los poderosos. En cambio, si miramos los datos, el distrito de San Isidro lidera el uso de agua en Lima no por higiene básica, sino para regar jardines o piscinas de casas que jamás sufrirán racionamiento. Ahí sí nadie les exige austeridad ni responsabilidad.

El contraste se hace más brutal cuando miramos las políticas públicas. El Congreso sigue contratando más asesores; la expresidenta Dina Boluarte se otorgó un aumento salarial; y mientras tanto Beca 18, una de las pocas políticas de movilidad social para jóvenes de bajos recursos que aspiran ir a la universidad, tuvo una nueva convocatoria, pero sin presupuesto asignado. El Gobierno anunció 20 mil becas; pero ahora se ha destapado que no podrá financiar ni 2 mil. 90 mil jóvenes rindieron el examen. Hicieron el esfuerzo. Cumplieron con todo lo que el Estado y el discurso meritocrático exigen. Pero el mensaje final es devastador: “Gracias por intentar, pero no”.

El mismo país que celebra a Pol Deportes desde un cerro le cierra la puerta a miles que, como él, sueñan con una oportunidad mínima. No se trata de falta de talento; se trata de un sistema que no lo cuida y no lo quiere reconocer si viene de ciertos lugares. El doble estándar es evidente: para un chico pobre, ser simplemente bueno no alcanza; debe ser extraordinario, heroico, casi irreal. Para un chico privilegiado, basta ser visible; la calidad puede venir después, o nunca.

Mientras seguimos obsesionados con medir la excelencia de los pobres, nadie evalúa la mediocridad de las élites. Nadie les dice que “deberían esforzarse más”. El juicio moral siempre golpea hacia abajo. Todo esto no es un accidente. Pedir excelencia a los pobres mientras se tolera la comodidad de los privilegiados es una forma eficaz de mantener jerarquías intactas. Nos emocionamos con historias como la de Pol Deportes porque son excepciones que confirman la regla; nos permiten creer que “todo es posible” sin cuestionar por qué lo posible exige tanto para unos y tan poco para otros. Celebramos la hazaña individual porque así evitamos discutir los fracasos colectivos.

Pero la historia de Cliver debería inquietarnos más que inspirarnos. Debería hacernos preguntar cuántos “Pol Deportes” no veremos nunca porque no tuvieron un cerro desde donde transmitir. Debería recordarnos que no nos falta talento: lo estamos desperdiciando. Lo estamos desalentando. Lo estamos truncando. Lo estamos invisibilizando.

Sobre todo, debería advertirnos algo: cuando un país exige a los pobres ser extraordinarios para merecer respeto y acceder a derechos básicos, pero permite que los privilegiados triunfen con lo mínimo, no estamos ante un problema de esfuerzo. Estamos ante un sistema diseñado para que la mediocridad tenga apellido y la excelencia tenga que escalar cerros. La próxima vez que celebremos a alguien que “lo logró contra todo pronóstico”, convendría preguntarnos por qué ese pronóstico es tan desigual. Porque si no cambiamos esa lógica, seguiremos llamando “talento” a lo que es privilegio y seguiremos llamando “esfuerzo” a lo que es injusticia.


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2 comentarios

  1. Nemiye Pérez Mardini

    Excelente artículo. Si llevamos está reflexión a la esfera de las artes, el análisis de las oportunidades es mucho más cruel. Las subjetividades juegan a favor del opresor (las élites inamovibles) y en contra del oprimido (el pobre) y está balanza casi nunca varía salvó que se pueda instrumentalizar la carrera del pobre para continuar con el discurso que valide la permanencia de los privilegiados a la cabeza.

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