El costo humano de aprender


Jóvenes de Beca 18 revelan los esfuerzos y sacrificios que el Estado no cubre


Marco Trigoso es PhD Candidate en Comunicaciones por la Universidad de Massachusetts Amherst. Su investigación se concentra en el desarrollo de infraestructuras digitales, así como en la plataformización de relaciones sociales en el Perú. Previamente, trabajó como docente en diversas instituciones educativas peruanas.


Desde hace unos años, sigo con entusiasmo el programa Beca 18. Todo empezó en 2016, cuando conocí a un grupo de becarios en la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH). Como su profesor de Lengua, enfoqué mi curso en cumplir con la nivelación que la UPCH consideraba necesaria para que estos adolescentes pudieran triunfar en sus estudios universitarios. En junio de 2024, como parte de un trabajo doctoral sobre plataformas digitales y programas de desarrollo en el Perú, volví a ver a varios de ellos para conocer de su propia voz cómo habían vivido su periodo de becarios, cómo habían llegado a conocer el programa y qué expectativas tenían y siguen teniendo para el futuro. Asimismo, gracias a ellos y a mi experiencia docente en otras universidades de Lima, entrevisté a becarios de diversas carreras, orígenes y edades. Sin conocerme más allá de breves e-mails de presentación, mis entrevistados compartieron conmigo sus historias y experiencias.

En un contexto en el que el Gobierno peruano ha elegido reducir los fondos para Beca 18, todos estamos llamados a defender el acceso a educación calidad, a defender la promesa de tener oportunidades y a defender a chicos y chicas que provienen de hogares humildes, que son continuamente interpelados como «los becarios», que muchas veces se enfrentan a la violencia racista de Lima y que representan una esperanza para sus familias.

Antonio

En una cafetería en Lima, Antonio habla de sus sueños con una tranquilidad que contrasta con la intensidad de su historia. Ahora, con poco más de veinte años, recuerda cómo dejó su pueblo en Cajamarca cuando aún era adolescente para estudiar en la universidad gracias a Beca 18, el programa del Estado peruano que financia estudios técnicos y universitarios en distintas universidades privadas del país, y que muchas veces implica que chicos y chicas terminen secundaria con planes de forzada independencia en urbes extrañas.

Antonio se enteró de Beca 18 en 2015, cuando una tía le contó sobre el programa. Él quería ser ingeniero agrónomo para seguir trabajando en el campo; sin embargo, en ese momento, Ingeniería no era una de las carreras disponibles y escogió Terapia Física y Rehabilitación en la UPCH. Cuando le pregunté qué lo motivó a postular a Beca 18 a pesar de que nunca había querido dejar su chacra, él contestó: «Siempre he querido que mi familia supere sus dificultades económicas; mejorar el lugar donde vivimos», cuenta. «Siempre tuve la motivación de salir adelante, ser una mejor persona, tener una carrera, hacer sentir orgullosos a mis padres. Por ellos quise entrar a Beca 18».

Para Antonio, estudiar no es solo un objetivo personal; es casi un deber moral. Ser profesional equivale a «ser una buena persona», y lograrlo implica mucho más que una mejora individual: es, en cierto modo, una responsabilidad familiar.

Jessica

Jessica tiene dieciséis años y está en su primer año de universidad. Viene de Pallanchacra, en Pasco. Recuerda haberse motivado sola para ingresar a un colegio de alto rendimiento (COAR), prometerse a sí misma que debía ser fuerte y aprender a vivir lejos de su mamá para poder darle luego una mejor calidad de vida. Con emoción, cuenta cómo ella y su madre trabajan la chacra, cuidan a los cuyes, cosechan el maíz y se preparan para las festividades de su pueblo. En una de tantas veces en que recogían choclo, Jessica recibió la noticia de que había sido preseleccionada para Beca 18. Inocentemente, le pregunté si entonces dejó todo para ir a celebrar su éxito. Su respuesta fue sorprendente para mi concepción limeña y clasemediera: «En ese momento, me abracé con mi mama y ya. Volvimos a recoger choclo. Alguien tiene que hacerlo».

Tal vez ese mismo espíritu de seguir trabajando, de celebrar con mesura los éxitos personales, es lo que resuena cuando Jessica me cuenta cómo aprendió a leer con su mamita —su abuela—, quien viera por ella cuando su madre salía a trabajar. Jessica ríe, se concentra y recuerda que al final era ella quien ayudaba a su mamita a pronunciar palabras en español, pues, como muchas mujeres quechuahablantes, su abuela no utilizaba el español como lengua primaria. «Cuando tengo una lectura difícil o muy larga», dice, «me acuerdo de mi mamita y pienso que, si ella aprendió a leer a los setenta y tantos, yo también debo seguir».

Roberto

Roberto me recibió en su oficina, en la universidad en la que trabaja como investigador. Graduarse en Laboratorio Clínico le permitió familiarizarse con investigaciones académicas y ahora está seguro de que desea seguir ese camino. Mientras me cuenta que se prepara para postular a programas de posgrado en Oxford, Harvard y otras universidades de prestigio mundial, un aro plateado brilla en su mano izquierda. Su risueña juventud contrasta con la seriedad de su voz. Originario de Tumbes, aprendió a trabajar con metales cuando estaba en su último año escolar. «Yo trabajaba haciendo joyas. Este está roto, porque lo hice mal”, se ríe.

El sentido de responsabilidad que Roberto transmite es impresionante para quien ha sido privilegiado toda su vida: «Cuando mi papa falleció, yo tenía en la mente que tenía que apoyar a mi madre y madurar más rápido para ayudar a que mi hermana pudiera disfrutar de su infancia. Así que yo trabajaba en los veranos. Eso me formó como alguien responsable y cuando llegué a Lima con Beca 18 fue más fácil porque ya sabía cómo era tener dinero. Aunque estaba prohibido, yo le mandaba plata a mi mamá, y lo que quedaba lo ajustaba para mi renta, mi comida y mis libros de Inglés».

Quizás fue el mismo sentido de responsabilidad lo que lo ayudó a superar su primer encuentro con la capital: «Desde Tumbes, son veinticuatro horas en bus. Mi tía vivía aquí y ella nos recogió. Yo no sabía nada de Lima, no sabía que había un tráfico horrible que te hace perder todo el día. Fuimos hasta Comas y me di cuenta de que aquí en Lima los departamentos son pequeños. Allá las casas son más grandes, el campo está libre, no hay mucho ruido. Por las noches, escuchaba el ruido de la calle y no me dejaba dormir. Las personas también me decían que era peligroso. En cambio, en Tumbes yo caminaba normal, no tenía miedo de que me fueran a robar. Esos cambios fueron muy marcados».

Chiara

Me reuní con Chiara en un restaurante frente al campus en el que estudia. Como muchos de mis entrevistados, gracias a Beca 18, Chiara es la primera persona de su familia que va a la universidad. Originaria de Ancash, su testimonio da cuenta de los retos que implica ser un becario. Para ella, el trauma de la pobreza une a muchos de los becarios: «Compartimos traumas como no tener ducha o baño. Es más fácil hablar con personas que son como uno». Sin embargo, lo problemático es que Beca 18 no solo ofrece nuevas oportunidades, sino que también le quita los cimientos a chicos que hasta ese momento solo habían conocido el mundo como extensión de la vida familiar: «El hecho de que seamos becarios pareciera implicar que somos perfectos. Es como si no fuéramos adolescentes y en cambio fuéramos solamente el futuro del país. Por eso, al final, solo te tienes a ti mismo frente a todo».

La soledad de la que habla Chiara se refuerza con su historia final. Una compañera suya perdió a su madre súbitamente. El programa y la universidad fueron inclementes en la aplicación de notas y permisos de viaje, tanto que ni siquiera pudo estar presente en el entierro. En ese momento, fueron los mismos estudiantes quienes se organizaron para apoyar a su compañera. Fueron ellos quienes se juntaron para que pudiera recuperar las clases perdidas y para motivarla a completar el semestre. Ese compañerismo entre becarios es el que parece sostener el éxito de Beca 18: «Si algo sucede, es mejor buscar a otro estudiante o a familiares para que te ayuden. A veces, los asesores en el campus son pedantes y groseros. Por eso, prefiero preguntar en mis grupos de WhatsApp o Facebook. Siempre encuentro camaradería en esos espacios».

Sus historias, nuestras historias

A partir de las conversaciones con becarios, uno es proclive a pensar que la desigualdad se supera con disciplina, gratitud y esfuerzo. Todos los días los becarios encarnan esos ideales no solo con su rendimiento, sino con sus historias y su comportamiento público. Sin embargo, detrás del éxito hay una verdad silenciosa: el programa depende del apoyo emocional, la solidaridad y el trabajo de cuidado que los propios estudiantes se brindan entre sí. Si bien los becarios se esfuerzan mucho por sus logros, hay una red de actores que es necesaria para que puedan seguir avanzando. Al final de cuentas, no se trata de financiar la educación solamente; los estudiantes sufren por la lejanía de sus familias, la incertidumbre por el futuro, la discriminación por sus orígenes y, sobre todo, la cruda realidad de que la vida no es justa.

Todos aquellos con experiencia docente conocen muy bien estas historias: las han escuchado una y otra vez, y seguramente también han consolado a un adolescente asustado de perder su beca porque no dio una práctica calificada. En este momento en que poderes políticos y económicos se rifan el presupuesto nacional, estos estudiantes necesitan nuestro apoyo.

¿Acaso no es ese el Perú que queremos todos? ¿Un país que protege al que está en peligro y condena al negligente? 


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1 comentario

  1. Luis Bermudez B

    Esperanzador y triste a la vez. Algo flaquea en la Beca 18 aunque superable si se toma en cuenta estas experiencias.

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