Entre la fascinación y el temor, repetimos la misma pregunta: ¿podremos controlar lo que hemos creado?
Mary Shelley tenía 18 años cuando empezó a escribir Frankenstein, o El moderno Prometeo. Corría 1816 y ella se encontraba en una elegante mansión llamada Villa Diodati, en Cologny, Suiza, propiedad de Lord Byron. Allí estaba recluida junto con el propio Byron, Percy Shelley —su amante, casado, con quien había huido a los 16 años—, el médico John Polidori y Claire Clairmont, su hermanastra. Todos intentaban escapar de uno de los inviernos más crudos de la historia europea. El monte Tambora, situado en la isla de Sumbawa, en la actual Indonesia, había explotado provocando la mayor erupción volcánica registrada hasta ese momento. Lanzó a la atmósfera 150.000 millones de toneladas de cenizas. El cielo se volvió gris, el sol dejó de brillar en el hemisferio norte, y 1816 se convirtió en “el año sin verano”.
En ese contexto casi apocalíptico, Mary Shelley concibió la historia de un científico sin escrúpulos que da vida a un monstruo del cual después no puede hacerse cargo. Intentando emular a Dios, crea una vida —una suerte de inteligencia artificial primigenia— que se sale de control y termina atentando contra la humanidad. Esta criatura aberrante, que aprende a hablar, pensar y leer gracias al contacto con los seres humanos, se convierte en un peligro precisamente por el abandono y el rechazo del que es víctima. Esa es la parte de la historia que más se ha explotado en las adaptaciones cinematográficas y la que se ha vuelto más popular. En la última película de Guillermo del Toro, estrenada en Netflix, un convincente Jacob Elordi interpreta a la criatura y nos ofrece un ser esencialmente bueno e inocente al que la maldad ajena termina amargando.
Hace bien la escritora Mariana Enríquez en criticar la película de Del Toro por presentar una versión del monstruo de Shelley ingenua y esencialmente bondadosa, corrompida solo por el odio humano. Si bien las adaptaciones cinematográficas son siempre recreaciones más o menos libres de las novelas que las inspiran, Del Toro pierde la oportunidad de utilizar a su Frankenstein para contribuir a un debate serio sobre los límites de la ciencia en tiempos de inteligencia artificial.
En su novela, Mary Shelley advierte sobre la ambición desmedida, la arrogancia científica y la responsabilidad ética del investigador. Presenta a un Víctor Frankenstein que, al transgredir los límites de la creación de vida, se convierte en arquitecto de su propia ruina y de la de otros. Critica, de este modo, una ciencia que no respeta límites morales y plantea interrogantes sobre las responsabilidades de los creadores frente a sus criaturas de laboratorio.
No se trata aquí de despotricar contra una tecnología que llegó para quedarse, pero es inevitable volver a Shelley y recordar que hoy vivimos en un mundo dominado por máquinas y algoritmos. La IA interviene en aspectos de nuestra vida que ni siquiera imaginamos. Quienes creen que no la usan, desconocen la cantidad de transacciones diarias que ya operan con sistemas de inteligencia artificial. Desde complejas operaciones financieras hasta la compra de los productos más triviales en línea, todo se ejecuta gracias a las nuevas inteligencias generativas.
Al igual que el monstruo de Shelley —que, por cierto, no se llama Frankenstein, ese es el nombre de su creador— la IA generativa se alimenta de los datos a su disposición y, a partir de ellos, es capaz de crear contenido nuevo, como lo haría una mente humana. Es decir, la máquina no se limita a repetir información: combina, transforma y produce algo que antes no existía, como un autor que escribe una historia o un músico que compone una melodía. El avance ha sido tan veloz que, en la actualidad, ya es prácticamente imposible distinguir si aquello que vemos fue hecho por un ser humano o por una máquina. Y esta nueva realidad está generando transformaciones cuyas consecuencias para la humanidad aún resultan imposibles de dimensionar.
¿Cómo protegernos de los efectos devastadores que podrían tener estos avances en nuestras vidas? La única vía para no crear monstruos de los que luego no podamos hacernos responsables es la regulación, los acuerdos globales, la elaboración de normativas claras que orienten su uso. Pero, pese a las advertencias de la ONU, de numerosos científicos y de organizaciones defensoras de derechos humanos, mientras la IA evoluciona de forma exponencial cada día, las reglas siguen siendo vagas, imprecisas y de alcance limitado. Europa es acusada de plantear políticas demasiado restrictivas; China opta por un enfoque de intervención y control de contenidos; y Estados Unidos busca reducir al mínimo cualquier barrera para fomentar la competitividad del sector. Es decir: por ahora cada uno baila con su propio pañuelo, mientras el monstruo crece y sigue creciendo.
¿Lograremos minimizar sus efectos adversos o, como a Víctor Frankenstein, nuestra criatura terminará destruyéndonos? Difícil predecir el futuro en un mundo donde todo cambia segundo a segundo. Mientras esperamos, les recomiendo la película de Guillermo del Toro, disponible en Netflix; y, si prefieren volver al texto original de Mary Shelley, busquen la edición especial de Ariel lanzada por el bicentenario de la novela: Frankenstein. Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general, que incluye el texto original de 1818 y anotaciones y ensayos que permiten explorar los aspectos científicos y éticos de la historia, conectándola con debates actuales como la biología sintética y la IA.
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