¿Cundirá en Perú y el mundo la defensa ambiental que hoy sacude Albania?
La cantante kosovo-albanesa-británica Dua Lipa escribió en sus redes sociales: «Es inspirador ver la movilización de tanta gente y durante tanto tiempo para defender el patrimonio de nuestro país».
Se refería a la llamada «Revolución de los flamencos», un movimiento ciudadano que desde finales de mayo de 2026 ha movilizado a casi un millón de albaneses para protestar contra un megaproyecto inmobiliario en la península de Zvernec, en la costa adriática. El lugar alberga playas y bosques mediterráneos, forma parte de una reserva paisajística de extraordinaria biodiversidad y comprende uno de los humedales más importantes de los Balcanes. Allí encuentran refugio numerosas aves migratorias, entre ellas el flamenco común(Phoenicopterus roseus), que se volvió el símbolo de las protestas ciudadanas.
La marcha de los flamencos, que después de más de siete semanas de movilización aún sigue en las calles, es mucho más que un arrebato masivo de ambientalismo. Es una denuncia contra múltiples abusos: el de un parlamento que aprobó “fast track” la autorización para construir un complejo turístico de lujo con hoteles, villas y miles de viviendas sobre una estrecha lengua de tierra rodeada por las aguas turquesas del Adriático; el de un proceso de evaluación ambiental cuestionado por haberse flexibilizado en un área de alto valor ecológico; y el de una relación cada vez más descarada entre el poder político y los intereses económicos de la élite global. El proyecto es impulsado por Affinity Partners, el fondo de inversión de Jared Kushner, yerno de Donald Trump. El caso condensa todas las expresiones de un capitalismo abusivo, prepotente y depredador, ya sin frenos institucionales. ¿Suena familiar?
En contraste con lo tristemente ordinario del caso, los flamencos son aves extraordinarias. Los moches, en el Perú prehispánico, ya las celebraban en sus cerámicas, y los romanos comían sus lenguas carnosas en platos considerados como un manjar. Son aves gregarias, nómadas y cantarinas. Exhiben su extraordinario plumaje en sofisticadas danzas nupciales que repiten, año tras año, aparentemente en busca de la misma pareja. Si te interesa descubrirlas, haz click aquí.
Existen seis especies de flamencos distribuidas entre Europa, Asia, África y América. Las mayores poblaciones se concentran en África, aunque también abundan en los humedales andinos de Sudamérica. Para conocer el estado de sus poblaciones, biólogos y guardaparques realizan censos simultáneos en decenas de humedales. Equipados con telescopios terrestres, binoculares y cámaras de largo alcance, permanecen inmóviles contando miles de aves desde puntos estratégicos, evitando perturbarlas, para luego comparar los conteos obtenidos en distintos países.
Según el censo de 2020 realizado por SERFOR, CORBIDI y la Convención de Especies Migratorias (CMS), en Perú tenemos poco más de 26.000 individuos en 34 humedales altoandinos, pertenecientes a tres especies: el flamenco andino (Phoenicoparrus andinus), el flamenco de James (Phoenicoparrus jamesi) y el flamenco chileno (Phoenicopterus chilensis). Las tres especies se encuentran en las categorías de amenazadas o casi amenazadas de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN).
Los flamencos constituyen uno de los linajes más singulares de aves acuáticas. Aunque durante mucho tiempo se creyó que estaban emparentados con cigüeñas o garzas, los estudios genéticos revelan que sus parientes vivos más cercanos son los zambullidores. Ambos comparten una curiosa estructura ósea, el hueso cuadrado, que conecta la mandíbula con el resto del cráneo y sostiene el mecanismo de su pico filtrador. En su interior, cientos de laminillas y una lengua musculosa actúan como un sofisticado colador capaz de retener diminutas algas, larvas de insectos y pequeños crustáceos. Los carotenoides presentes en esa dieta son los responsables del característico color rosado de su plumaje. Durante la crianza, tanto el macho como la hembra alimentan a sus polluelos con una nutritiva leche de buche, rica en grasas, proteínas y células sanguíneas.
El flamenco no es solo el símbolo inspirador de una ciudadanía que decidió poner límites al abuso. Es también un bioindicador de la salud de nuestros humedales y, en cierta forma, del estado del planeta. Es que su supervivencia depende de un delicado equilibrio hidrológico: basta una pequeña alteración en el nivel del agua, en su salinidad o en su composición química para afectar las microalgas y los invertebrados que los alimentan.
En Perú, muchos humedales de los que dependen se están degradando. Los de Paracas están amenazados una y otra vez por proyectos industriales y por la creciente presión sobre uno de los ecosistemas marino-costeros más valiosos del país. También los de las lagunas altoandinas de Arequipa, Moquegua, Tacna y Puno, donde la minería, la contaminación y el cambio climático ponen en riesgo su futuro.
Lo que hoy ocurre en Albania podría repetirse en cualquier humedal del planeta. También en el Perú. Por eso la pregunta inevitable es: ¿qué ocurrirá con nuestros flamencos? ¿seremos capaces de construir nuestra propia revolución?
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