¿Cuántos tenemos la suerte de que una tía nos contagie la curiosidad por conocer el mundo?
El jueves presenté en una hermosa librería de la calle Berlín en Miraflores Robando sombra, el libro de viajes de mi tía, Helen Perea, una trotamundos empedernida que un día, hace no mucho, armada con su cámara fotográfica, salió de Berlín camino a Grecia, y pasó casi medio año transitando por Polonia, varios países balcánicos, y buena parte de España.
Con las disculpas del caso por mi exceso de cariño, aquí les comparto mi prólogo:
Aprendí las maravillas de viajar gracias a mi tía Helen. Es verdad que vengo de una familia de viajeros empedernidos y que yo misma me inicié en una vida errante aun antes de tener recuerdos, pero, para mí, las historias de mi madrina y de sus aventuras por todo el mundo han sido un constante alimento para mis inagotables ganas de viajar.
Queda imborrable en mi memoria una de las primeras historias que me contó durante una larga travesía en auto en alguna parte de México con toda la familia. Nos habló de su viaje a Tokio y nos encandiló con todo lo que había visto, desde las ceremonias del té hasta la manera en que vestía la gente. Quedé maravillada ante su descripción de los templos, los pescaditos hechos de papel y todo lo demás. Recuerdo también cuando volvió de Europa en 1980 con los cuentos de un Berlín dividido. Helen es, además, la única persona que conozco que ha visitado Corea del Norte.
En una pared de su casa tenía un mapamundi con chinches rojos que marcaban los lugares que había visitado. Ella me llevó por primera vez a Nueva York y juntas cumplimos mi sueño de visitar los museos más famosos del mundo. Tal fue la inspiración y la manera en que inculcó en mí las ganas de viajar, que algunos años más tarde seguí sus pasos y me uní al mundo de la aviación comercial para poder pagarme los pasajes cuando era estudiante. Seguí también su costumbre de tener el mapa con los chinches, que sirve tanto para pensar en el camino recorrido como en el que queda por recorrer.
Este libro nos presenta de cuerpo entero a esta Helen viajera. Una mujer curiosa, abierta a todo lo que le pueda traer el camino. Una lectora que se interesa de antemano por lo que sabe que va a ir a conocer, pero que también tiene los ojos puestos en las sorpresas que van apareciendo. Constantemente se pregunta sobre lo que encuentra, se deja asombrar por las personas, los objetos, los lugares, las comidas, y con sus historias del viaje nos invita a acompañarla en su travesía.
Su viaje de 168 días relatado en este libro comenzó, en parte, para darme una mano con mis niños. No fue la primera vez. Cuando me fui a Estados Unidos sola, con seis meses de embarazo y un niño de casi tres a cuestas, Helen se quedó conmigo por dos meses haciéndome la vida mucho más llevadera. Helen, junto con mi madre y mi hermana, me han hecho posible criar tres hijos y, al mismo tiempo, seguir siendo una académica y viajera empedernida. Las cuatro compartimos el amor por los viajes, los cuentos, el arte y la comida, y fue así que juntas publicamos en el año 2000 nuestro primer libro, La memoria del sabor. Este es el segundo de Helen.
Juntas hemos viajado por medio mundo, y cada una por su cuenta por la otra mitad. El viaje que relata este libro se dio porque, una vez más necesité, una mano con mis hijos, así que le pedí que viniera a Europa. Ella, siendo como es, amiguera y trotamundos, hizo lo demás. Porque de Helen he aprendido otra de las grandes alegrías de la vida, hacer y cultivar amistades que perduran en el tiempo y el espacio. Y eso solo es posible dándole tiempo a las personas que queremos, yéndolas a visitar, así se encuentren desperdigadas por el mundo.
Gracias a su amistad con Annie, Gloria, Manolo, Julie, además de mi prima Charo, que le prestó la casa de la Zenia y mi primo Felipe a las afueras de Madrid, Helen pudo hacer de ese viaje una aventura mucho más ambiciosa que solo verme a mí y a mis hijos. Fue gracias a estas conexiones que pudo recorrer lugares que no siempre están en el itinerario y, además, pudo hacerlo acompañada de amigos entrañables.
Mi familia ha hecho de viajar un arte y una manera de vivir. Este libro nos muestra un poco de esos secretos, de esa manera de encontrar en lo nuevo, en lo desconocido y en lo que buscamos volver a descubrir el placer de la vida. Se trata, además, de una manera pausada de ir disfrutando del proceso, de leer los libros, visitar los museos, conocer las ciudades y las historias que esconden, además de, por supuesto, bañarse en las playas, saborear las frutas y los platillos de cada localidad.
Helen se dedica desde hace muchos años a la fotografía y este libro nos deja ver ese ojo tan suyo que va capturando momentos, haciéndolos perdurar a pesar de estar en movimiento.
Los invito a robar sombra con ella y recorrer por 168 días algunas partes de Europa.
(Pueden encontrarlo en la librería Blanca Varela del Fondo de Cultura Económica en calle Berlín 381, Miraflores, Lima).
¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe