Confesiones de una audiolectora


De cómo los audiolibros nos están regresando al origen oral de las historias


Desde hace ya un buen tiempo que no leo libros; los escucho. Voy caminando por la calle o en el auto y, en lugar de escuchar música —a la que nunca he sido muy aficionada—, me traslado acompañada por la voz de un narrador o narradora que, con perfecto ritmo y tono, me lee una novela al oído. La historia puede ser corta o larga, simple o complejísima, entretenida o difícil de seguir, pero no me importa. Escuchar literatura se ha convertido en un pasatiempo y en una necesidad, y está cambiando mi manera de disfrutarla.

Empecé a consumir audiolibros por necesidad. Por trabajo tengo que leer muchos libros al mes y, humanamente, ya no me alcanzaba el tiempo. Llegaba a casa cansada y, ni bien me sentaba a leer, me quedaba dormida sobre las páginas. Recuerdo que en el auto aprovechaba para escuchar entrevistas pasadas con el escritor con el que pronto me tocaría dialogar en mi programa de literatura, pero siempre me fastidiaba no poder aprovechar ese tiempo largo y muerto para avanzar con su novela. 

Un día, en un momento de desesperación, cuando tenía que presentar el libro de un gran amigo que no lograba terminar, me bajé el audiolibro. Lo combiné con la lectura del libro en papel y no solo llegué a la fecha con la novela culminada, sino que disfruté muchísimo el proceso. Siempre había tenido el servicio disponible en Amazon y nunca lo había utilizado. Sentía que me iba a distraer o aburrir y que no valía la pena gastar en eso. Pero desde el primer momento en que empecé a consumir literatura en ese formato, me cautivó.

Fue como volver a esa primerísima experiencia con la lectura en la que necesariamente alguien, casi siempre tu mamá, te lee un cuento. Fue como recuperar la oralidad que está en el origen de todas nuestras historias y reconocer que el hombre, antes que escritor, es narrador. Si tomamos en cuenta que la lectura se masificó recién con la Revolución Industrial (antes de eso, los libros eran caros y la gente masivamente analfabeta), podemos decir que llevamos unos 200 años leyendo, pero toda nuestra existencia en este planeta contándonos historias. Prácticamente no hay cultura ni grupo humano que no haya construido una fábula o una leyenda para explicar su supervivencia o narrar sus hazañas. La necesidad de contarle algo a alguien es atávica y no sé si les pasará a todos, pero a mí los audiolibros parecen haberme activado un chip dormido, una facultad subutilizada que me permite pasar largas horas acompañada por la voz de otro ser humano que me sumerge en tramas fascinantes.

En 2025, el mercado mundial de audiolibros alcanzó un valor de 6.060 millones de dólares y se calcula que crecerá a una tasa anual del 12,8 % entre 2026 y 2035. Los costos de producción son cada vez más bajos porque actualmente se usan voces generadas por IA para grabar los libros. Particularmente, nunca compro un audiolibro grabado por una máquina; escojo las voces que narran el libro casi con el mismo cuidado con el que escojo a los autores que lo escriben. Por eso, ya tengo una lista de narradores a los que prefiero y, siempre que voy a comprar una novela nueva, escucho primero la voz para ver si me resulta agradable. Si vamos a pasar tres, ocho o treinta y seis horas juntos, más vale que me guste su susurro en mi oído.

Siempre pensé que, si me daban a elegir entre quedarme sorda y ciega, elegiría la sordera, porque podía imaginar un mundo sin sonidos, pero no uno sin lectura. Hoy puedo estar tranquila; cualquier facultad que los años me hagan perder no me alejará de la literatura, porque la tecnología, contra lo que muchos piensan, en lugar de alejar a las personas de los libros, nos los acerca de múltiples maneras.  


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