Las máscaras están a punto de caer


¿Cómo asumir el desafío cultural tras la victoria fujimorista?


Rodrigo Manuel Ahumada Vásquez (Lima, 1990) es periodista cultural y consultor de comunicación estratégica. Actualmente, es director y editor jefe de la plataforma de difusión y crítica EnLima Agenda Cultural. Amante del mar, el jazz, el amor y la salsa. Está escribiendo su primera obra de teatro.


Este 28 de julio, mientras el país celebra sus fiestas patrias, Keiko Fujimori jurará como presidenta del Perú. Quince años, cuatro candidaturas y quinientos días de prisión preventiva desembocan, por fin, en Palacio de Gobierno. El fujimorismo, que gobernó la infancia política de mi generación desde la sombra —desde el Congreso, desde el aparato judicial, desde la opinión pública que aprendió a usar como herramienta política la palabra «terruco» antes que a comprenderla—, vuelve ahora sin necesidad de golpes de Estado,  ni de asesores en la clandestinidad. Vuelve por las urnas, en una segunda vuelta que lo coronó con un margen mínimo sobre su contrincante, y deja al país partido en al menos tres pedazos: quienes lo respaldaron, quienes votamos por la otra opción, y quienes no se reconocieron en ninguna de los dos y lo hicieron saber viciando su voto, dejándolo en blanco o simplemente no acudiendo a las urnas. Entre esos tercios queda flotando la pregunta de qué hacer con la memoria que, se supone, debemos entregar en custodia a quienes la construyeron a su medida.

No es una pregunta retórica. Durante mis clases de maestría en Estudios Culturales, un profesor lo planteó de un modo que no he dejado de pensar desde entonces: ¿qué pasa cuando por fin gobierna, sin intermediarios, el proyecto que durante años avanzó disfrazado de democracia? Decía algo que suena casi a alivio incómodo: que el ingreso de la señora K al Gobierno nos va a permitir ver caer las máscaras de quienes se autodenominaban centristas para, en realidad, sostener discursos de derecha que reducen toda tensión —social, política, económica, ambiental, cultural— a una lógica neoliberal donde la familia, la heteronormatividad, la fe en su versión más rígida y el patriarcado regresan como una figura paterna que se creía caída.

Vamos a saber, por fin, quiénes se sienten cómodos dentro de ese aparato ideológico y quiénes solo fingían distancia. La incomodidad de esa claridad también es, a su manera, una forma de conocimiento.

Mientras tanto, en Argentina, Agustín Laje ha hecho un trabajo que deberíamos mirar sin desdén, precisamente porque funciona: leyó a Gramsci —el de la hegemonía, el del intelectual orgánico, el de la guerra de posición cultural antes que la toma frontal del poder— y construyó, desde la derecha, una batalla cultural sistemática.

Publicaciones, giras, editoriales, redes: una infraestructura pensada para disputar sentido común, no solo votos. Laje entendió algo que a las izquierdas culturales latinoamericanas les cuesta admitir: que la hegemonía no se hereda, se produce; y que sin producción sostenida de discurso no hay disputa posible.

Que un intelectual orgánico de derecha exista y funcione no debería sorprendernos; Gramsci nunca dijo que la teoría tuviera dueño ideológico. Debería, en cambio, obligarnos a preguntar con qué está respondiendo quienes no piensan así.

Ahí está la tarea que nos toca a quienes gestionamos plataformas culturales independientes: no ser únicamente espacios de contención emocional —que también lo somos, y con razón—, sino asumirnos como productores de un contradiscurso sostenido, con recursos gestionados con la misma seriedad con que la derecha gestiona los suyos.

Esto significa pensar en financiamientos que no dependan de la buena voluntad de auspiciadores incómodos con la palabra «memoria»; significa publicar con regularidad y no solo cuando el escándalo del día lo exige; significa gestionar espacios para públicos diversos y no solo convocarlos una vez. La ideología, decíamos en clase, no está anclada solamente en la teoría: es la acción organizada, sostenida, capaz de disputar terreno simbólico durante años, no durante una coyuntura.

Y el terreno simbólico más urgente en Perú, para mí, sigue siendo el de la memoria del conflicto armado interno. Quienes insistimos en esa historia —la de los más de sesenta mil muertos, la de las fosas comunes, la de Sendero Luminoso y también la del terrorismo de Estado—, frente al terruqueo que la derecha fujimorista oficializó como sentido común, corremos el riesgo real de convertirnos en cultura residual: aquello que sigue existiendo, pero que el relato dominante empuja a los márgenes, a la nota al pie, al tema superado.

Frente a eso, la tarea es concreta: generar espacios de memoria sin censura y sin colegiaturas que deciden qué artista puede hablar y cuál no, y donde los testimonios de quienes fueron afectados por el autoritarismo de Alberto Fujimori, por la represión bajo Dina Boluarte, por el breve y violento paso de Manuel Merino, y por años de un Congreso dominado por Fuerza Popular, sean escuchados, revisados, sistematizados y oficializados no como gesto conmemorativo, sino como archivo vivo que impida la reescritura.

¿Desde qué faro teórico sostener esta resistencia? No tengo una respuesta cerrada, pero sí una intuición: el mismo Gramsci que leyó Laje nos sirve a nosotros, siempre que lo leamos completo. Su intelectual orgánico no está condenado a la derecha; está disponible para quien construya, con paciencia y recursos, una hegemonía alternativa.

La diferencia no la da la teoría —ambos bandos pueden citar el mismo cuaderno de la cárcel—; la da la constancia de la acción. Y esa constancia es exactamente lo que las plataformas culturales independientes del Perú tenemos que empezar a exigirnos, ahora que las máscaras, como decía aquel profesor, están a punto de caer.


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