¿El nuevo boom latinoamericano será en quechua?


De cómo París es hoy es una capital de las literaturas en lenguas indígenas


Subí las escaleras de Shakespeare & Company hasta el segundo piso —o al primero, si uno acepta la lógica francesa para contar los pisos— en busca de libros, pero terminé encontrando una fotografía. En ella aparecía Julio Cortázar.

Mucho antes de convertirse en uno de los escritores fundamentales del llamado boom latinoamericano de la literatura, Cortázar fue uno de los tumbleweeds de esta emblemática librería parisina, la comunidad de escritores que el poeta George Whitman acogía entre libros y colchones improvisados. A cambio de unas horas de trabajo, los huéspedes podían quedarse a dormir y seguir escribiendo. Pensé en la fortuna de quienes entraban allí sin imaginar que aquel joven terminaría publicando Rayuela.

Cortázar no fue el único que pensó en París como destino literario. Mario Vargas Llosa, Elena Garro, Carlos Fuentes y tantos otros hicieron de esta ciudad un espacio de encuentro, amistad y discusión intelectual. Como ocurre en la novela Rayuela, París parece construida para favorecer esos cruces inesperados entre personas e ideas. Hay cafés, plazas, librerías y boulevares donde las conversaciones parecen prolongarse de manera natural.

El filósofo estadounidense Marshall Berman observaba en Todo lo sólido se desvanece en el aire —uno de mis libros preferidos— que los grandes boulevares parisinos no solo transformaron la ciudad; también modificaron la manera en que las personas se encontraban y convivían. Caminando por las orillas del Sena pensé inevitablemente en Lima, donde durante décadas buena parte de nuestras autoridades ha confundido la modernización con más cemento, menos árboles y menos espacio público. Las ciudades también producen formas de imaginar el mundo. Algunas parecen diseñadas para favorecer el encuentro; otras, para dificultarlo.

Viajé a París para presentar una investigación en el congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) de 2026. Pero había otro motivo que me entusiasmaba especialmente: pronto comenzaré un proyecto sobre la presencia global del quechua y quería visitar uno de los lugares donde esa lengua ha encontrado un espacio inesperado para crecer: el Instituto Nacional de Lenguas y Civilizaciones Orientales, más conocido como INALCO.

Su nombre conserva la huella de otra época. Fundado en el siglo XVII, este instituto afiliado a la Universidad de París nació ligado a los intereses de una Francia imperial interesada en conocer las lenguas de los territorios con los que comerciaba, negociaba o invadía. Con el tiempo, esa misión cambió profundamente. Hoy el INALCO enseña más de un centenar de lenguas de todos los continentes y se ha convertido en uno de los principales centros europeos para el estudio de idiomas que en muchos casos no ocupan un lugar central en los circuitos académicos. Una de sus sedes, La Maison de la Recherche, todavía conserva una arquitectura que remite a ese pasado orientalista. Sin embargo, entre cursos de árabe, chino, persa o japonés también se estudia quechua.

El INALCO ofrece un programa completo de cuatro años en lengua y cultura quechuas, con cursos de Gramática, Literatura, Historia, Antropología y Lingüística impartidos por un equipo especializado bajo la dirección del profesor Cesar Itier. Resulta difícil pensar en una institución peruana que hoy ofrezca un programa con un alcance comparable. Allí conversé con Johanna Córdova, investigadora francesa de ascendencia peruana que combina lingüística e informática, y con Nicaela León, investigadora boliviana que impulsa diversas iniciativas culturales para la revitalización digital del quechua. Aquella institución no era solamente un lugar donde se enseñaba quechua; se había convertido en un punto de encuentro para investigadores, escritores, traductores y activistas, solo que esta vez la conversación ya no ocurre únicamente en español.

Uno de los nombres que mejor representa este movimiento es Pablo Landeo. Nacido en Huancavelica, migró primero a Lima y luego a París, donde realizó estudios doctorales y enseñó quechua en el INALCO. Allí escribió buena parte de la obra que lo convertiría en una de las voces fundamentales de la literatura quechua contemporánea. Su novela Aqupampa, ganadora del Premio Nacional de Literatura del Perú en 2018, reconstruye la gran migración andina hacia Lima íntegramente desde el quechua. La decisión de no traducir inicialmente su obra al español despertó interés en universidades y medios internacionales. 

En Francia residen también la poeta Ch’aska Anka Ninawaman y la escritora Olivia Reginaldo. A ellas se suman investigadores, artistas y estudiantes que han encontrado en este país un espacio para crear, enseñar y pensar el futuro de la literatura en quechua. No se trata de repetir el boom latinoamericano del siglo XX, sino que París vuelve a cumplir un rol parecido: reunir talento y creatividad latinoamericana, propiciar encuentros y abrir espacios para nuevas literaturas. 

Durante décadas hemos asociado la modernidad con parecernos a Europa o a Estados Unidos. Sin embargo, el interés que encontré en universidades, centros de investigación y espacios culturales apunta justamente hacia aquello que hace singular a América Latina: sus lenguas indígenas y las formas de conocimiento que ofrecen relevancia hoy.

Quizá por eso sorprende que buena parte de este movimiento encuentre ahora más reconocimiento fuera de los propios países andinos. En el Perú, el discurso desde medios y líderes de opinión siguen arrastrando la idea de que lo indígena es un obstáculo al desarrollo. Mientras tanto, algunas de las propuestas literarias más innovadoras del continente están naciendo precisamente desde esas lenguas.

Al salir del INALCO recordé nuevamente aquella fotografía en Shakespeare & Company. Cortázar todavía no sabía que escribiría Rayuela cuando dormía entre aquellos estantes. Me pregunté si dentro de algunas décadas alguien recorrerá estos mismos pasillos buscando el origen de otro capítulo de la literatura latinoamericana. 

Dentro de unos meses comenzaré una estancia como investigador visitante en el Centro de Estudios Latinoamericanos David Rockefeller (DRCLAS) de la Universidad de Harvard. Gracias a esa oportunidad podré seguir aprendiendo más de estas redes que conectan los Andes con París, Londres o Nueva York. Para quienes habitan en la región andina esto seguramente no es ninguna novedad, pero es necesario reiterarlo: quizá el próximo gran capítulo de la literatura latinoamericana ya esté escribiéndose frente a nosotros. Y una parte de él, está siendo escrita en quechua. Kusa puni!


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