¿Hay que ser infeliz para escribir?


Reflexiones a propósito de un gran pódcast literario 


Javier Peña tiene una teoría sobre los diarios adolescentes: si a los quince años le decías a la chica que te gustaba para salir y ella aceptaba, salías con ella y eras feliz. Punto. Pero si te decía que no, volvías a casa, quizá llorando, y escribías en tu diario que te había dicho que no. Cuando uno es feliz, vive. Cuando algo duele, uno se detiene, reflexiona, escribe.

Peña es un escritor español que sabe de qué habla. Desde hace unos años conduce Grandes Infelices, un pódcast que narra las vidas de escritores marcados por el dolor, la contradicción o el fracaso. Virginia Woolf, Sylvia Plath, John Kennedy Toole, Georges Perec. Hace un tiempo lo entrevisté, a propósito de su paso por Lima, y le hice la pregunta que da título a este artículo. Me dijo que no sabe si es un requisito, pero que sin duda ayuda mucho.

Vargas Llosa pensaba parecido. Cuando le preguntaron qué parte de su vida había sido más productiva como material literario, respondió sin dudar: «La parte de mi vida en que fui más infeliz». Y añadió que si hubiera sido feliz de niño o adolescente, no habría sido escritor, que las mejores cosas que le pasaron no dejaron rastro en lo que escribió.

La idea es vieja y tiene su encanto. El escritor como alguien que no está del todo cómodo en la realidad y por eso construye mundos paralelos. Alguien inconforme, insatisfecho. Peña sostiene que la literatura nace justamente de esa inconformidad. Y cuesta contradecirlo. Nadie se sienta a escribir una novela porque su vida funciona de maravilla. La escritura exige un motivo, y la plenitud rara vez lo es.

Antonio Cisneros, sin embargo, le puso un límite a esta idea, y me gusta que haya sido nuestro entrañable poeta quien lo formulara mejor. La experiencia del dolor extremo es motivo de literatura solo en la medida en que exista cierta tranquilidad para dar testimonio de ese dolor. El momento del sufrimiento no crea nada. Nadie escribe desde el ojo de la tormenta. Peña lo confirmó con su propia historia. Cuando murió su padre no empezó a escribir de inmediato, aunque de esa muerte saldrían su reconocido libro Tinta Invisible y el propio pódcast. Necesitó que las ideas reposaran. Escribió cuando el cuerpo se lo pidió. Thoreau lo resumió en una fórmula que Peña cita con frecuencia: Uno vive para poder escribir y luego escribe para entender lo vivido. La materia prima es la herida, pero el oficio requiere distancia. Sin ella, lo que sale es desahogo.

Hay algo más que me incomoda del mito del escritor atormentado. Woolf, Plath y David Foster Wallace vivían con enfermedades mentales diagnosticadas, con medicaciones que, si interrumpían, los enfrentaban a impulsos suicidas. Convertir eso en credencial de autenticidad literaria es confundir la enfermedad con la musa. El propio Peña me contó que su público le reclama autores cada vez más infelices, como si encontraran placer en lo que padecieron. Esa fascinación con el sufrimiento ajeno habla sobre todo de nosotros, los lectores.

Peña propone una distinción que ordena bien el asunto. Hay una infelicidad circunstancial, la que producen la guerra, el exilio o la pobreza, y una infelicidad esencial, la de quienes lo tienen todo para ser felices y aun así no lo son. A él le interesa la segunda, y me confesó el motivo. Cada vez que alcanza una meta, su infelicidad no disminuye. A veces aumenta. Le tortura pensar que podría lograrlo todo y seguir sintiéndose mal.

Sospecho que por ahí va la respuesta a la pregunta del título. Escribir exige inconformidad antes que infelicidad. La felicidad plena rara vez produce literatura porque rara vez produce preguntas, y toda novela empieza en una pregunta. En una de sus novelas, Peña escribió que los seres humanos se dividen en dos categorías, los que fingen ser felices y los que no se molestan en fingir. Los escritores forman una tercera. La de quienes agarran esa incomodidad, la dejan reposar y la trabajan hasta que otro, en otra orilla, pueda reconocerla como propia. Peña llama a eso tinta invisible. A mí me parece lo más cercano a la felicidad que ofrece este oficio.


¡No desenchufes la licuadora! Suscríbete y ayúdanos a seguir haciendo Jugo.pe



Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecinueve − doce =

Volver arriba