El oxígeno de los otros



Hace 20 años la élite reaccionaba distinto ante la desigualdad, y eso es preocupante 


El primero en decir públicamente, desde el poder, que los peruanos que viven en los Andes no piensan bien porque no les llega oxígeno al cerebro fue Pedro Pablo Kuczynski. Ocurrió hace 20 años, en julio de 2006, durante la conferencia “Perú: Desarrollo e inversión con equidad social”, ante el Consejo de las Américas y la Sociedad de las Américas.

PPK, en ese momento premier, y antes ministro de Economía, era de lejos el hombre más poderoso del Perú. Mientras el presidente Alejandro Toledo se la pasaba revolviendo los hielos de su whisky con la mano o persiguiendo a la gente de Odebrecht para que le pagara su coimita de más de 30 millones de dólares, el primer ministro dirigía la política económica, firmaba contratos con transnacionales, otorgaba permisos de inversión y negociaba tratados de colaboración económica con potencias extranjeras. ¿Lo hacía mal? No necesariamente —en ese momento no conocíamos los escándalos de corrupción que saldrían a la luz años después—, pero sí existía una fuerte demanda para que la riqueza se repartiera con más equidad. Después de varios años de recuperación económica y cierta estabilidad democrática, el país exigía algo más que “chorreo”, reglas que ya no les pusieran las cosas en bandeja a los inversionistas y una apuesta por una mayor inclusión social. Con ese discurso, más inclinado a la justicia social, llegó Alan García por segunda vez a Palacio de Gobierno (aunque después no lo aplicara); y con una versión más radical del mismo Ollanta Humala empezó a construir la plataforma política que lo haría presidente en 2011.

La frase de Kuczynski —que, según el blog Puente Aéreo de Gustavo Faverón, replicaba una de las bromas racistas del escritor Jaime Bayly— mereció críticas severas y análisis profundos, como una columna de Carlos Iván Degregori en Perú 21. La Presidencia del Consejo de Ministros llegó a retirar el discurso de su página web, prueba de la vergüenza que había provocado el comentario. No vamos a negar que había una Lima racista y clasista, como la de hoy, a la que le cansaban las demandas del sur y del centro del país, pero también había conciencia de una desigualdad que debía resolverse para poder seguir adelante. Como muestra: solo unos meses después del comentario de PPK, la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE 2006) eligió como lema de debate y reflexión “No existe nosotros con alguien afuera”, y el presidente del comité organizador, Ben Schneider, explicó entonces que los empresarios debían enfrentar el hecho de que no había futuro viable si persistía la exclusión social.

Votar por la derecha o por la izquierda no era entonces un asunto de cholos brutos o blancos inteligentes (aunque, por supuesto, algo de eso había); no se resumía en un debate de superioridad limeña versus mediocridad andina. En el discurso serio, el que los políticos y la sociedad trataban de proponer, existía el esfuerzo de reflexionar sobre una pregunta que sigue siendo obvia: ¿por qué alguien del sur del país, a quien las bondades del modelo económico no le sonríen, debería votar por la derecha? ¿Cómo hacer para que la riqueza generada por las grandes inversiones resuelva problemas estructurales? ¿Cómo replantear las reglas de juego para que esas inversiones sean más justas?

Hoy esa discusión ya no existe: ha sido reemplazada por agresiones que cholean, terruquean, insultan y denigran. Un limeño como ese tal Rafael Santos, capaz de votar por un candidato como Rafael López Aliaga, que ha demostrado violar todas las reglas que le ponen enfrente, es capaz también de ofender y de hacer pasar por ciencia su racismo, al decir que los cusqueños votan mal porque les falta oxígeno en el cerebro. Un periodista como Diego Acuña, al que no parece molestarle que López Aliaga desconozca contratos firmados legalmente (pecado por el que habría mandado a la hoguera a un candidato de izquierda), decide que los votantes del Cusco tienen una enfermedad mental por haber votado por Verónika Mendoza. Y más de un millón de limeños, que marcaron encantados de la vida el símbolo de Renovación Popular sabiendo que votaban por una reelección encubierta, tienen la desfachatez de desautorizar el voto de otros peruanos que no viven como ellos, no piensan como ellos y no tienen por qué estar de acuerdo con ellos.

Hace veinte años, la frase de PPK fue un escándalo: la PCM retiró el discurso de su web y hasta los empresarios reunidos en la CADE se preguntaron cómo incluir a los que se quedaban afuera. Hoy, Rafael Santos repite casi lo mismo y lo defiende como si fuera ciencia. Esa es la medida de lo que hemos perdido: no es que el racismo haya vuelto, porque nunca se fue, sino que dejó de darnos vergüenza. Podemos discrepar del voto del cusqueño que marcó a Verónika Mendoza o del limeño que marcó a López Aliaga, pero mientras sigamos explicándolo con la falta de oxígeno y mediante el ataque personal, y no según lo que cada uno vive, necesita y reclama, seguiremos sin entender qué nos pasó como país.


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