Lima la mágica


¿No es verdad que cada ciudad y sus barrios tienen su propio tiempo?


El tiempo es invisible e intangible, como la estupidez. Salvo que uno puede tocar a un fascista y hasta darle la hora, por cortesía. No se puede dominar el tiempo, pero sí aprender a domesticarlo. Para eso contemplamos los astros e inventamos la sombra proyectada de una montaña, el canto del gallo y el reloj: artefactos para aquietar la percepción, ordenar la memoria y sosegar la espera. El paso de las horas aturde, aunque el presente es una mentira: todo ya fue o todo será. Decir “ahora”, mientras escribo esto, es apenas una magia del lenguaje. “Cada segundo es de un valor infinito”, sentenció Goethe, sabiendo que el tiempo y la vida son la misma sustancia. Es tan relativo el tiempo, gracias a Einstein, que una tarde cometí la imprudencia de soltarle un “qué rápido se me ha pasado el día” a un enfermo terminal. Pasar un mal rato es mi deporte olímpico. Qué lento es el tiempo en los hospitales, en las iglesias, en las tandas de penales. Y qué fugaz en la felicidad.

A propósito de escritores alemanes, he pasado una cantidad de horas obscenas leyendo La montaña mágica, de Thomas Mann, un mastodonte adictivo de más de mil páginas levantado sobre la obsesión por el paso del tiempo. (A propósito de leer, el tráfico limeño es un gran lugar para doctorarse en sociología, con teoría e investigación práctica). Hans Castorp, un joven ingeniero naval de Hamburgo —huérfano, mimado y sin mayor prisa—, decide pasar tres semanas visitando a su primo enfermo de tuberculosis en el sanatorio Berghof, en los Alpes suizos, antes de incorporarse a su primer empleo. Tres semanas, pensó nuestro héroe, pero ya en el sanatorio dirá que el tiempo no posee ninguna verdad: “Cuando nos parece largo es largo y cuando nos parece corto es corto; pero nadie sabe lo largo o lo corto que es en realidad”. 

En la novela conviven dos relojes irreconciliables. Allá arriba, en las cumbres del Berghof, los días y las horas se evaporan: el tiempo se mide en meses, en estaciones que se confunden unas con otras, en la danza invariable entre el termómetro bajo la lengua, las comidas exageradas y el reposo en las tumbonas. Sí, es la gran novela del tiempo, pero está marcada por la enfermedad y la muerte. El mundo de arriba es la eternidad suspendida entre la tos, el desasosiego, el diagnóstico médico y la sombra del fin, donde una semana pesa lo mismo que un siglo. Hans Castorp seguirá ahí, anestesiado, mucho más de tres semanas, mucho más de tres años. Mucho más. Abajo, en cambio, palpita la llanura: el reino feroz de los calendarios, la prisa de la ciudad, las ambiciones burguesas y la historia en marcha. Aquel mundo de los sanos al cual Joachim, el primo enfermo, añora volver, terminará reventando como una gran burbuja con el estruendo de la Gran Guerra.

Es al cruzar dos ideas que en apariencia no tienen nada que ver cuando surge una verdad. No como una revelación trascendente, limpia y solemne, sino como una erupción repentina: un grano en mitad de la cara. Sucede que al pensar en la enfermedad y la muerte, con la novela de Thomas Mann recién terminada, caí en picada desde los Alpes hasta los confines de esta ciudad rota, donde la muerte ronda en forma de gallinazo sobre cualquier poste de luz. El tiempo pasa para todos, claro, pero no es lo mismo aflojarse la corbata al llegar a casa por la noche que abrirle la puerta al señor que llega a la suya con la corbata aún puesta. ¿Qué significa el tiempo para el que espera de pie una cita en el hospital? ¿Quién es capaz de mirar el reloj mientras le disparan? ¿Por qué ese peruano que vuelve a su tierra, treinta años después, encuentra otra vez a Fujimori gobernando?

Me imagino que cada ciudad tiene su mundo de arriba y su mundo de abajo, y cada quien busca la forma de matar el tiempo en su propio laberinto. Hay ciudades que avanzan y ciudades que retroceden. Para darles una estructura diseñamos la cronología. Y luego está Lima, donde el tiempo juega a los “congelados” con nosotros, sus ciudadanos: un día nos tocó la espalda y nos dejó inmóviles, petrificados en las mismas taras. Vivimos en pausa desde hace una eternidad. El microbusero sigue enfurecido, y siguen también el mismo policía que estira la mano caleta, el profesor que no sabe, el alumno que nunca sabrá, el que cholea, la calle a oscuras, el quiosco con su ración diaria de sangre y calata; y nunca tan actual aquel estribillo rabioso de mi juventud, yo que ya voy para viejo: “Y por cinco lucas me compro un diputado, un juez, un fiscal, un par de abogados”. A veces la verdad brota como la pus. Si no fuera porque abrimos la ventana y vemos la niebla y la mugre, diría que vivimos en una novela de 1924, que el tiempo se ha detenido para siempre, que moriremos pronto en este sanatorio y que la montaña mágica, sin duda, es esto.


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