Prisioneros de las pantallas 


¿Genera adicción  el uso de las pantallas? La ciencia aún no lo sabe


Cinco horas y veintinueve minutos. Así reportó mi celular el tiempo promedio diario que pasé escrutando su pantalla a lo largo de la semana pasada. La cifra me explotó en la cara con la intensidad de su luz azul. Descontando siete horas de sueño, corresponde al 22 % de mi día o, todavía más sorprendente, a una tercera parte de las horas activas de cada jornada. Es algo menos del tiempo que paso durmiendo y mucho más del tiempo que dedico a cocinar o hacer ejercicios. No puedo negar que, al verla aparecer en la luminosidad del monitor, la cifra me causó cierta ansiedad.

En la actualidad, las personas pasan más tiempo que nunca frente a sus pantallas. Con el aumento de las tipologías de monitores a los que estamos expuestos todo el día y en cualquier momento y circunstancia —teléfonos inteligentes, computadoras portátiles, tabletas electrónicas, el viejo PC y la televisión— ha aumentado nuestro estrés cotidiano. Las estadísticas globales de exposición a las pantallas se prestan a confusión dado que comparan —echando mano a esa acertada metáfora— papas con camotes: algunos países consideran los tiempos frente a todo tipo de aparatos, otros registran las horas en que usamos las redes sociales y otros señalan el consumo de horas de los teléfonos inteligentes. Sin embargo, aun moviéndonos dentro de ese panorama de cifras poco comparables, las tendencias apuntan en una sola dirección: hacia arriba.

En todo el mundo, desde Nigeria hasta el Perú, hacemos un uso más frecuente —en las ciudades y en el campo— de esos aparatos rectangulares con monitor luminoso. Debido a la mayor penetración de internet a nivel global, el promedio de uso del smartphone se incrementa cada año: en 2023, su consumo fue de aproximadamente tres horas y cuarenta y tres minutos, con los picos más altos del mundo situados en Filipinas (cinco horas y cuarenta y siete minutos por día), país seguido respectivamente de Tailandia, Brasil y Colombia (más de cinco horas diarias). Según un artículo de Psychology Today, el estadounidense promedio pasa aproximadamente siete horas al día frente a todo tipo de pantallas y verifica su dispositivo móvil ciento cincuenta y nueve veces al día: ¡unas nueve veces por hora mientras está despierto! En el Perú, pasamos un promedio de más de doscientos minutos mensuales inmersos en las redes sociales,una cifra muy baja en comparación a países vecinos.

Todos lo sabemos: los aparatos móviles facilitan —y hasta gobiernan— muchas tareas de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, los medios masivos resaltan continuamente los aspectos negativos que desata el uso excesivo de las pantallas. En consecuencia, los padres se preocupan y algunos países están prohibiendo los teléfonos inteligentes en las escuelas.

¿Nos estamos convirtiendo en adictos? ¿Es nociva para la salud esa aparente adicción?

La ciencia aún no tiene la respuesta. Existen estudios que señalan los peligros del uso excesivo del internet y de las pantallas, especialmente de cara a los niños y adolescentes, y otros que afirman todo lo contrario. Aparentemente, no existe una evidencia convincente de que la utilización prolongada de los aparatos conectados a internet afecte la capacidad lingüística de los niños, ni la de concentración de los jóvenes o la felicidad de los adultos. Un estudio publicado en Clinical Psychologycal Science, por ejemplo, analizó el uso de pantallas por parte de cuatrocientos estudiantes de entre 10 y 14 años de edad inscritos en escuelas públicas de Carolina del Norte: los investigadores descubrieron que aquellos jóvenes que utilizaban la tecnología de manera positiva para mantenerse conectados y enviaban más mensajes de texto, demostraban una mejor salud mental.

El análisis se dificulta porque las investigaciones no utilizan definiciones comunes: la literatura científica baraja términos tan disímiles como “uso excesivo de Internet”, “uso problemático de Internet” (PIU), trastorno de adicción a Internet (IAD) y adicción a Internet (IA). La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) no reconocen la adicción a Internet como un trastorno (excepto en el caso del trastorno de juego en Internet, IGD). Tampoco existe un consenso sobre los instrumentos a utilizar para medir esa adicción: un metaanálisis de veinte estudios, aplicados a una muestra de 21 878 adolescentes, concluye que la adicción a Internet supone un campo de estudio complejo que se complica por la falta de unanimidad en su definición, síntomas, diagnóstico y etiología. Es cierto: existe una diferencia significativa entre «jugar en línea», «chatear en línea», «ver contenido en línea» y «estudiar en línea»… y algunas de estas actividades parecen ser más beneficiosas que otras.

La pregunta, pues, sigue flotando en el aire: ¿cuánto tiempo de pantalla es aconsejable al día?

Ayer, mi teléfono móvil me ayudó a guiarme por las calles de la ciudad, conectar con mis padres al otro lado del océano, revisar el programa de un próximo congreso científico, leer las últimas noticias sobre geopolítica y farándula en la BBC,RAI y Deutsche Welle, y escuchar el podcast de Ciencia Vs. sobre el peligro de las pantallas… No experimenté ningún sentimiento de adicción, sino de agradecimiento por tan diversos servicios.

Así, mientras la comunidad científica se esfuerza en ponerse de acuerdo, por mi parte trataré de practicar cierta “sobriedad digital”: hoy me sentaré entre las flores del parque a olisquear el saludable aroma a humedad; pero lo más probable es que, disimuladamente, también eche un vistazo de reojo a mi pequeño aparato para descubrir el número de pasos que me ha tomado llegar hasta allí.


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