En ocasiones leo muertos


Cuidar el Archivo General de la Nación es indispensable para mantener viva la voz de nuestros ancestros


Una de las obsesiones que nos hace humanos es la necesidad que tenemos de dejar pruebas de nuestra existencia mediante alguna evidencia o registro. Desde muy pronto a nuestros ancestros les dio por transmitirnos sus huellas impresas en las cuevas que habitaron hace miles de años. No hubo de pasar mucho tiempo para que eso se convirtiera en arte, es decir, en algo más que una simple acumulación de desechos o de sencillas marcas. Poco a poco el proceso se fue volviendo más sofisticado, puesto que nuestros antepasados más antiguos ya se hallaban fascinados con su entorno y consigo mismos.

Con el tiempo y el desarrollo de las tecnologías, la capacidad humana para registrar nuestro efímero paso por este mundo se fue haciendo cada día más sofisticada. En primer lugar, la maestría en la manipulación de objetos llevó a que estos fueran cada vez más válidos estéticamente, hasta el punto de que muchos dejaron de ser utilitarios para convertirse en cosas hechas simplemente para el disfrute de quien las tenía enfrente: nació así el arte. En segundo lugar, los humanos fuimos afinando nuestra manera de consignar lo que nos había sucedido y lo que imaginábamos: así nació la escritura, que desde entonces nos ha permitido dejar constancia tanto de lo real como de lo fantástico por medio de las palabras.

Y así como surgió la capacidad para plasmar nuestras ideas, eventualmente hubo quienes pensaron que era importante guardar ese conocimiento. Nacieron entonces las colecciones, las bibliotecas, los museos, los archivos. Durante los miles de años en que hemos disfrutado esta aptitud para coleccionar arte y conocimiento, los humanos hemos albergado también el deseo de destruirlos; o simplemente la inercia del azar existencial ha llevado a que muchas de las cosas que nuestros antepasados manufacturaron para legarnos terminaran por desaparecer. Podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que mucho más de lo que hemos creado ha dejado de existir, debido a nuestra incapacidad para conservarlo.

La destrucción es entonces la norma. Y la conservación, que es lo que requiere más esfuerzo, resulta el hecho menos común. Pero a pesar de ello, apostamos repetidamente por preservar indemne el acceso a lo que hemos producido: por curiosidad, por obstinación, por cariño. Y quienes nos dedicamos a buscar en el pasado las explicaciones al presente nos volcamos aún más en defender y conservar el legado que hemos recibido. Estamos convencidos de que en los documentos y papeles viejos podremos encontrar algún atisbo de quienes fuimos. Quienes hemos pasado mucho tiempo revolviendo en archivos compartimos esa inestimable sensación que produce la posibilidad de reencontrarnos con quienes ya están muertos, de contemplar de nuevo sus vidas iluminadas en fragmentos que nos permiten imaginar o deducir cómo vivieron, quiénes fueron.

El filósofo francés Michel Foucault fue otro de estos “médiums” que nos comunica con los muertos. Cuando escribía su tesis doctoral e investigaba en los archivos de manicomios e institutos mentales —algunos procedentes de épocas tan remotas como el siglo XV—, sentía con suma viveza su conexión con quienes vivieron antes que él. Y la posibilidad de acceder a esas experiencias humanas lo estremecía físicamente. Llegó a describir tal sensación como “esa vibración que me conmueve todavía hoy cuando me vuelvo a encontrar con esas vidas íntimas convertidas en brasas muertas en las pocas frases que las aniquilaron” (La vida de los hombres infames, 1996, 122). 

Foucault escribió también que el archivo suponía una tecnología del poder, el espacio desde donde se decide qué es posible transmitirnos. Pero así mismo puede ser un lugar donde confluyan las historias de quienes no han podido hablar, ya que resulta factible leer los documentos “a contrapelo”, hallando “entre líneas” lo que está enterrado y escondido en ellas. En un caso judicial, por ejemplo, podremos tener acceso a la versión del acusado, a menudo una persona pobre y analfabeta que de esa manera deja registro de lo que ha vivido.

En mis años transcurridos entre archivos he sentido también esta conexión directa con quienes han vivido en el pasado. Al leer peticiones al gobierno por parte de viudas e hijas de militares que pelearon en las guerras de independencia y desean asegurar su pensión; o en la del padre que busca sosiego después de que su hijo muriera junto a todos sus compañeros en un naufragio en 1822. Estos documentos son ventanas al ayer, a las vidas de personas que, si bien no conocemos ni llegaremos a conocer jamás, podemos llegar a entender. 

Un ejemplo de cómo pueden afectarnos en el presente estos “papeles viejos” lo hemos comprobado con la aparición hace unos meses de los “prize papers”: se trata de unas ciento sesenta mil cartas confiscadas por la Marina de Guerra Británica a barcos españoles hace más de doscientos años. Los documentos, sustraídos entre 1739 y 1748 y que ahora han sido digitalizados, nos muestran cómo era la vida en esos tiempos. ¡Y, sorprendentemente, no era tan distinta a la nuestra!

Son este tipo de joyas las que estamos a punto de perder en el Archivo General de la Nación por la desidia de nuestras autoridades. Las historias de nuestros antepasados, de quienes vivieron y murieron en esta tierra. Dejemos de lado la preocupación por la utilidad que puedan tener dichos papeles en cuanto a demostrar si el pisco nació en lo que hoy es el Perú y pensemos en cómo vamos a entender, sin esos registros, este complejo y hermoso país nuestro.

Hoy peleamos para que nuestro archivo no se traslade sin sustento técnico, pero nuestra labor última debe ser aún mayor: debemos apoyar la construcción de un nuevo recinto que acoja al AGN en condiciones adecuadas, así como la posibilidad de ir digitalizando ese material para que todos podamos estremecernos al saber de qué manera vivimos en el pasado como pueblo… y por qué ese conocimiento es trascendente para nuestro presente.


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