Pirocumulonimbus 


Nubes como dragones de fuego 


La crisis climática y sus más recientes manifestaciones, que he vivido en primera persona, están enriqueciendo mi vocabulario con nuevas palabras.  “Kokoshubi”, por ejemplo, es el término japonés para definir y describir la era del “calor cruel”, esta época con temperaturas superiores a 40 grados y noches tropicales en muchas ciudades niponas (ver aquí mi jugo del lunes 25). 

“Pirocumulonimbus” es la palabra de esta semana. Suena como un conjuro salido de un libro de hechicería o una contraseña para abrir un baúl secreto. Un término pariente de abracadabra o del supercalifragilisticoespialidoso de mi heroína infantil, la mágica Mary Poppins.

Sin embargo, no encierra mundos o soluciones ante situaciones complejas, sino un peligro climático cada vez más frecuente.

Si desestructuras la palabra, descubres que es la suma de tres términos: piro-cúmulo-nimbus. Fuego. Cúmulo. Nube de tormenta. Una nube nacida del fuego. También se llama cumulonimbus flammagenitus: una palabra que se explica por sí sola. El término designa uno de los fenómenos más inquietantes de nuestro tiempo: gigantescas nubes negras producidas por incendios forestales de enorme intensidad, como los que azotan actualmente Francia y España, donde en estas últimas semanas se han calcinado más de 110 mil hectáreas de bosques (más que la superficie urbana total de Lima Metropolitana) y donde 320.000 personas han sido evacuadas de regiones enteras, incluso en la cercanía de grandes ciudades como Madrid o Bordeaux.

La científica Yunyao Li del departamento de Ciencias Ambientales y de la Tierra de la Universidad de Texas, experta en modelamiento atmosférico, explica las cuatro maneras en que se comportan los incendios forestales y cómo pueden afectar la atmosfera. 

Cuando un incendio forestal alcanza una gran intensidad, el enorme calor liberado por las llamas provoca corrientes ascendentes que, en condiciones extremas, pueden formar remolinos o tornados de fuego. Al mismo tiempo, la columna de aire caliente, humo y vapor de agua puede desarrollar nubes pirocúmulos y, si el incendio es suficientemente intenso y la atmósfera inestable, estos se transforman en nubes pirocumulonimbos (pyroCb) capaces de generar tormentas eléctricas. Estas tormentas pueden producir rayos, algunos capaces de iniciar nuevos incendios a kilómetros del foco original, creando un peligroso ciclo de propagación. 

Los incendios más extremos pueden incluso inyectar en la baja estratósfera cantidades de aerosoles comparables a las que libera una erupción volcánica. O sea, un incendio forestal puede comportarse, durante unas horas, como un volcán. El humo puede subir hasta 8-10 km (la altura de los aviones comerciales), viajar cientos o miles de kilómetros de distancia y modificar el tiempo atmosférico lejos del incendio. Así como las grandes erupciones volcánicas pueden alterar la composición química y el equilibrio radiativo de la estratósfera, los incendios también pueden hacerlo.

Las partículas que viajan (humos, cenizas, carbón negro como el que botan nuestras combis o cocinas a leña sin ventilación) actúan como núcleos de condensación, alterando la formación de nubes y la distribución de las lluvias; también pueden modificar los patrones de los rayos, favoreciendo una proporción alta de rayos más energéticos, capaces de desencadenar nuevos incendios. En 2021, por ejemplo, una sola nube pirocumulonimbus en Columbia Británica produjo alrededor de 5.600 descargas eléctricas en cinco horas. En el verano negro de 2019-2020 de Australia, los incendios extremos produjeron una sucesión de 18 pirocumulonimbus: una enorme columna de humo llegó hasta 35 kilómetros de altura y dio la vuelta al planeta dos veces.

Por su peligrosidad, la NASA las llama «nubes dragones de fuego». En los últimos quince años, los científicos han empezado a prestar mucha más atención a estas nubes infernales usando herramientas de observación satelital y atravesándolas con aviones equipados con sensores. Un inventario mundial publicado en 2025 identificó 761 pirocumulonimbus entre 2013 y 2023. En 2023 se alcanzó un récord de 169 eventos en todo el mundo. También se han identificado en nuestra Amazonia: en noviembre de 2023, por ejemplo, el satélite GOES-16 permitió identificar una serie de cuatro o cinco pyroCb sobre un complejo de incendios en el sur de Brasil.

¿Con el cambio climático, serán los pirocumulonimbus cada vez más frecuentes? Todavía no tenemos datos suficientes para establecer una tendencia global inequívoca. Pero parece que apuntamos en esa dirección. 

Ya forman parte del vocabulario, y de los dolores de cabeza de los meteorólogos y los bomberos. 

¿Será pirocumulonimbus una nueva palabra de nuestro vocabulario cotidiano? 

Es una pregunta para Xabier Díaz de Cerio quien, en sus recientes libros Abecedario del clima peruano y Está que arde ha documentado prolijamente las nuevas palabras que describen el cambio climático en el Perú, y la necesidad de una nueva manera de comunicarlo. 

Además de pirocumulonimbus, quizás también debamos añadir supercalifragilisticoespialidoso. 

Porque, seguramente, cada vez necesitaremos más palabras mágicas para intentar entender el mundo que estamos creando y, quizás, para sacarnos de apuros.


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