La gran batalla del libro contra el celular


Todo lo que se nos oxida cuando no leemos


Hace unas noches me sorprendí estirando la mano hacia el celular mientras leía una novela. No había sonado nada, no esperaba ningún mensaje. Iba por la página cuarenta y el gesto salió solo, como rascarse una picadura. Cuando volví al libro tuve que releer el párrafo anterior. No recordaba cuál de los dos personajes en la historia era el que estaba hablando.

No es la primera vez que me sucede.

Es más, me sucede más ahora que hace diez años.

Y me quedé pensando en eso. Solemos lamentar que la gente lea poco. Y sí, es lamentable, pero a mí me inquieta algo anterior; la sospecha de que estamos desmontando la maquinaria mental que la lectura necesita para funcionar.

Leer es un proceso. Implica avanzar con una idea o una escena a lo largo de muchas páginas. Requiere detenerse para recordar lo que se leyó muchas páginas o muchos capítulos atrás a fin de llegar ahora a una conclusión. Requiere detenerse para dejar que una oración siga siendo eso, una oración, durante un período prolongado. Requiere entrenar la mente para ser paciente. Y, como cualquier habilidad, esta se oxida si no se utiliza.

El entorno actual en el que vivimos y trabajamos parece estar diseñado para hacernos oxidar. Usamos muchas aplicaciones que compiten entre sí para capturar fragmentos cada vez más pequeños de nuestra atención. La que más domina y más nos interrumpe, gana. Las notificaciones y recomendaciones nos distraen con contenido interminable. Lo que realmente miden es cuánto tiempo permanecemos en su plataforma. ¿Estamos comprendiendo el contenido que consumimos? Da igual, ese no es su objetivo. El objetivo es mantenernos adictos y enganchados al sistema. La comprensión no figura entre sus indicadores de éxito.

Maryanne Wolf, que estudia la lectura y otras actividades que implican una concentración profunda, teme que estemos perdiendo la capacidad de lo que ella llama lectura profunda. El cerebro es muy adaptable y se moldea según cómo lo usamos. La distracción constante y la lectura superficial y poco profunda, junto con el consumo de medios, moldean el cerebro para que sea bueno en eso. No es bueno para la lectura profunda ni para las actividades reflexivas.

Nuestro debate público ya funciona con esos cambios en el cerebro. Opinamos antes de entender, porque entender toma un tiempo que el ciclo noticioso no concede.

Y a eso, ahora hay que sumarle que todos tenemos en nuestros bolsillos unas máquinas que responden automáticamente a todas nuestras preguntas, de forma ordenada, clara y concisa. Son de gran ayuda para muchas tareas, pero conviene mirar qué es lo que están ahorrando. Ese ahorro podría estar en el proceso de llegar a la respuesta, que era donde pasaba casi todo lo interesante. La duda, el dar vueltas sobre lo mismo, equivocarse, darse cuenta de que la pregunta estaba mal formulada. Un buen libro no ahorra nada de eso. Un libro toma tiempo, y en ese intervalo, ocurre gran parte de lo que llamamos pensar.

Una democracia, mientras tanto, sigue funcionando con textos largos. Debemos examinar minuciosamente presupuestos, sentencias, proyectos de ley e informes de comisiones técnicas. Lo que recompensamos es exactamente lo contrario. Llamamos tímida o calculadora a una persona que se toma tiempo para revisar y pensar antes de formarse una opinión, o a alguien que tarda más de lo necesario en responder una pregunta o explicar algo. Acusamos de decir tonterías a alguien si intenta explicar algo o responder una pregunta que requiere una respuesta extensa. Así es como terminamos resumiendo y debatiendo fallos, reformas y otras cosas que requieren un análisis profundo.

La censura como la hemos entendido siempre, escondía o eliminaba la información que no quería ver publicada. Hoy resulta más eficiente inundar de más información para que lo que resulta incómodo no sea tomado en cuenta. Las personas tienen su atención dividida en fragmentos de treinta segundos. Gestionar a los ciudadanos de esa manera es más efectivo que censurarlos porque, eventualmente, puedes mostrarles la información, pero están tan agotados que les da lo mismo.

Y está lo que la lectura entrena como ninguna otra actividad: la capacidad de mantener durante mucho tiempo un punto de vista que no es el propio. Ser capaz de argumentar consiste en lo mismo, comprender lo bastante bien el argumento de la otra persona como para descubrir en dónde es débil. Una sociedad que pierde este hábito, solo sabe cómo gritarle a la diferencia.

Hay que insistir en los libros, en la lectura. Hay algo terco en eso que construye una épica que cada día me emociona más. En medio de un país que discute a gritos y en tiempo real, un objeto de papel sigue pidiendo lo mismo que pedía hace cientos de años. Silencio y tiempo. Hagámosle caso.


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