No dejaremos de bailar


Catarsis y compromisos luego del atentado en el Club Q de Colorado


When all else fails and you long to be
Something better than you are today
I know a place where you can get away
It’s called a dance floor, and here’s what it’s for

Vogue, Madonna

La irrupción en el bar Las Gardenias en Tarapoto. El estruendo de las balas en La Madame de Veracruz, en el Pulsede Orlando, en el London Pub de Oslo, en la puerta del Teplaren Cafe en Bratislava, en el Mono Show Bar de Ekaterimburgo, en el Club Q de Colorado. El humo de las bombas en el Otherside Lounge de Atlanta, el Blah Bar en Ciudad del Cabo y el Admiral Duncan pub en Londres. El fuego en UpStairs Lounge de Nueva Orleans, en Neighbours Nightclub de Seattle, en el bar Rash de Brooklyn, en el Maricafé de Buenos Aires, en la discoteca Divine de Valparaíso. 

Ocurrió en cada década. Ocurrió mucho antes y ocurrió este año. Ocurrirá mañana, en una semana, o en algunos meses.

¿Quiénes se han creído para bailar así, para hablar así, para besarse, para usar esa ropa, para sostenerme la mirada? Son una desviación, una enfermedad, un pecado, una amenaza. ¡Ya dejen de bailar!

Atravesarán la voz de Madonna, el humo de colores, la botella de Absolut a medio tomar en la barra. Atravesarán el polo manga cero, las lentejuelas del vestido, el maquillaje tornasolado. 

Y las heridas no cicatrizarán porque habrá quienes se apurarán en evitarlo.

En octubre de este año, luego del asesinato de dos adolescentes homosexuales en la puerta de un bar gay en Bratislava a manos de un despiadado ultraderechista, un arzobispo católico de Eslovaquia​ compartió entre los sacerdotes una carta que cuestionaba si las víctimas eran realmente inocentes o si habían estado consumiendo drogas.

Indignante, pero no inaudito. Fue un operativo por la moralidad pública. Fue un cortocircuito. Fue un acto de “limpieza social”. Fue un enviado de dios, cualquier dios. Fue una pelea entre ellos, tú sabes cómo se ponen. Fue un loco, pudo pasarle a cualquiera. Es la inseguridad que nos afecta a todos, no aprovechen para victimizarse. No sean exagerados. Hay temas más importantes. Hay balas más importantes. Hay muertos que sí son importantes. Ya están estas locas jalando agua para su propio molino. 

¿Agua? No se equivoque y fíjese bien en la densidad, el color carmesí y el olor metálico. Esto que se lleva en la ropa, en las manos, en las voces, no es agua.

Y habrá algunos despistados que preguntarán por la policía. ¿Qué policía? ¿La que intervenía una noche sí y la otra también el bar Stonewall en Nueva York en los sesenta? ¿O la que en la misma ciudad decidió ignorar al dueño del bar VERS, cuando en noviembre de este año denunció que un hombre había atacado el local cuatro veces en una semana lanzando ladrillos contra sus ventanas?

¿Qué policía?, insisto. ¿La que en 1996 implementó la “Operación Trueno” en Lima y detuvo a más de 650 homosexuales y personas trans en Sagitario, Kan Yu, Aruba, Agata y otras discotecas “de ambiente” en el centro de la ciudad? ¿O la que detuvo a 127 personas en el bar RAM de Kampala el 2019, envalentonada porque en Uganda hasta el día de hoy la actividad sexual entre personas del mismo sexo es ilegal? ¿O se refieren a la policía de Melbourne, que intervino la discoteca Tasty y durante 7 horas se dedicó a desnudar y hacer registros corporales a los 463 clientes presentes esa noche?

Cuando ocurra la siguiente tragedia, la policía llegará después solo a constatar, con la cinta amarilla que demarcará el espacio que no pudieron o no quisieron proteger. Y ahí se quedarán con la circulina rojiazul y el rostro adusto hasta que se apague la última cámara de televisión y, secándose el sudor de la frente, puedan volver a su normalidad. 

Y aun así, pese a tanto dolor, la violencia no logrará su cometido, porque la música no se detendrá. Podrá bajarse el volumen por momentos, o cambiar de lugar, pero nunca se apagará. Seguiremos en vistosas terrazas con focos multicolores o en trastiendas discretas sin ventana a la calle. Tomando un cóctel de autor o compartiendo entre varios una botella grande de cerveza. En fiestas con brazaletes o en bares con contraseña. En la ciudad más cosmopolita y en el pueblo más arisco. 

Seguiremos creando lugares donde no sea necesario pregrabar las risas, impostar la voz o abrazar solo de costado. Donde ningún color aprisione y las coreografías guardadas tanto tiempo en el closet puedan airearse en un beat que nos abrace a todos. 

No renunciaremos a los espejos que, finalmente, pueden reflejarnos.

No dejaremos de bailar, pese a todo. 

Y es así como ganaremos.


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1 comentario

  1. Jorge Iván Pérez Silva

    Desviación, enfermedad, pecado y amenaza son los asesinos.

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