Matemáticas con los pies en la tierra


Un paseo por la Winton Gallery nos acerca al asombro concreto por las matemáticas 


“Entremos al pabellón de matemáticas”, sugirió mi hija Valentina tras cruzar el atrio del Museo de Ciencias de Londres, en South Kensington. Anticipando un paseo nebuloso entre algoritmos abstractos, ecuaciones inasibles y quizá la historia sacrificada de algún matemático incomprendido, dudé. Prefería, una vez más, dejarme maravillar por el cosmos, volver al pabellón de los motores o sumergirme en la exposición más reciente sobre el futuro de la energía, con la esperanza de descubrir alguna innovación en el prometedor mundo del hidrógeno verde.

Pero la insistencia de mi hija, sumada al entusiasmo de un joven voluntario de rasgos asiáticos —“estudiante japonés”, dictaminó Valentina—, terminó por convencerme. Y valió la pena. No caminamos entre nubes de fórmulas, sino entre el asombro tangible de una instalación fantástica diseñada por la arquitecta Zaha Hadid, ganadora del Premio Pritzker.

La Winton Gallery es una exposición permanente que explora cómo las matemáticas han moldeado nuestro mundo durante más de 400 años. Desde la aviación y la navegación hasta la economía, la salud o la arquitectura, esta galería demuestra que nada hay más concreto que las matemáticas bien aplicadas. “Este espacio ha sido pensado para que reconozcamos su relevancia en muchos aspectos de nuestras vidas”, explicó con tono pedagógico el guía japonés, mientras nos conducía al centro de la sala, justo debajo de una avioneta suspendida e iluminada por un halo púrpura.

Allí conocimos a Frederick Handley Page, un ingeniero británico que, entre las dos guerras mundiales, revolucionó el diseño de aeronaves al estudiar el flujo del aire con fórmulas matemáticas. Inventó los slats automáticos: pequeñas superficies móviles en las alas que se abren y cierran en momentos críticos como el despegue o el aterrizaje, manteniendo la sustentación del avión y evitando su caída. Hoy, los slats son parte esencial del sistema de hipersustentación de aviones comerciales como el Boeing 737 o el Airbus A320. Secretamente y en silencio, agradecí a Handley Page en nombre de todos los peruanos, esos viajeros únicos que celebran con aplausos el momento en que los aviones tocan, estables y seguros, tierra firme.

Inspirada en ese mismo flujo de aire, Zaha Hadid diseñó la galería como una metáfora visual: las curvas del espacio, a manera de grandes nubes, reproducen las ecuaciones aerodinámicas utilizadas en aviación. El resultado es una instalación bella e hipermoderna, donde la arquitectura y las matemáticas dialogan con elegancia.

En la galería, nos topamos también con algunas joyas olvidadas: entre ellas, uno de los primeros computadores de la historia y la máquina Moniac, un modelo hidráulico ideado en 1949 por Bill Phillips, ingeniero eléctrico devenido eneconomista. Este tablero transparente, con tubos, válvulas y depósitos, era un ingenioso sistema para simular el flujo de dinero en una economía. El agua representa ingresos, gastos, impuestos, ahorro e inversión, circulando en función de las políticas aplicadas. En el siglo pasado se convirtió en una herramienta visual y didáctica utilizada para explicar la lógica económica como un modelo de ciclo cerrado a tiros y troyanos, empezando por los propios estudiantes de la London School of Economics donde Phillips enseñaba, pero también en universidades y bancos centrales de varios continentes. Aunque las computadoras digitales la volvieron obsoleta, la Moniac sigue siendo un símbolo fascinante del esfuerzo por explicar la economía de manera comprensible y experimental.

Después de acercarnos a la máquina Enigma, emblema de la criptografía, y de recordar escenas de la película The Imitation Game, que narra la historia de cómo el genio matemático Alan Turing descifró los códigos nazis durante la Segunda Guerra Mundial, descubrimos los aportes de las matemáticas en el diseño de barcos, sillas, jardines o en la música. 

Finalmente, el guía nos llevó hasta las hazañas de Florence Nightingale, pionera de la enfermería moderna. En plena Guerra de Crimea, al llegar al hospital militar de Scutari, en Turquía, esa diminuta y corajuda mujer descubrió que la mayoría de los soldados no moría por heridas, sino por infecciones prevenibles. Usando datos y gráficos estadísticos —como su famosa “rosa de Nightingale”—, demostró que mejorar la higiene, la ventilación y el drenaje podía salvar miles de vidas. Fue una precursora en el uso de la visualización de datos como herramienta de persuasión, y anticipóconceptos modernos de infografía y epidemiología visual. En tiempos en que las mujeres apenas tenían voz, Florence enfrentó prejuicios, convenció a políticos y militares a punta de evidencia y lideró reformas sanitarias en medio de la guerra, mientras desafiaba al poder político.

Salí de la Winton Gallery con una extraña mezcla de emociones: gratitud hacia las matemáticas y, quizás, una punzada de nostalgia. ¿Por qué no tenemos un Museo de las Ciencias en el Perú? ¿Cuánto nos enseñaría? ¿Cuántas Florence Nightingale o nuevos Handley Page podríamos inspirar? 

Ante las penurias institucionales y presupuestales con las cuales siempre lidiamos, imaginé un museo difuso, disperso entre los atrios de una red de universidades.

Tal vez aún estaba en las nubes de Zaha Hadid.


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