Adiós, mi Jorge Chávez


¿Cómo sentirse cuando el aeropuerto de toda tu vida cierra para siempre?


Hoy, sábado 31 de mayo, me dirigí al aeropuerto Jorge Chávez de Lima como lo he hecho con frecuencia desde que tengo memoria. Quienes me conocen saben que soy una viajera incansable, y quienes me conocen más saben que los aeropuertos y aviones son lugares felices para mí. 

Llegué a la terminal en esta mañana lluviosa y gris de mayo y, sabiendo que hoy era el último día en que abriría sus puertas, me invadió de golpe una nostalgia profunda. Recordé aquel aeropuerto jovencito al que llegaba de niña de visita a Lima cuando vivía afuera con mi familia. A mi hermana y a mí corriendo por las fajas de llegada mientras mi mamá trataba de calmarnos para salir bien portadas a encontrarnos con la familia que nos esperaba tras las enormes puertas de vidrio que existían entonces.  Me di cuenta, creo, de lo mucho que me gustaron los aeropuertos y los aviones desde niña, y que quizá se deba a que me gustan los reencuentros.

A mi mente vino también el larguísimo balcón de los años 70 desde el que se podía ver aterrizar y despegar a los aviones, y en el cual mi abuelo esperaba hasta que nuestra nave se hubiera perdido de vista, luego de habernos tomado una Inca Kola y un sándwich —todavía no se le decía sánguche— en la entrañable cafetería del segundo piso. Y también esa vez en que nos enviaron solas a Lima a mi hermana y a mí, cuando teníamos 11 y 9 años, y nos sentíamos adultas sin querer reconocer que, en realidad, veníamos acompañadas por toda la tripulación a la que mi tía Helen, entonces aeromoza de la hoy difunta Aeroperú, había adoctrinado muy bien para cuidarnos.

La sensación ha sido la de perder a un testigo silencioso de mi vida. A mi escenario de llegadas y despedidas, de ilusiones, frustraciones, de madrugadas, de amores y desamores, y de una que otra copa de más. 

En este Jorge Chávez ya sesentón y a horas de jubilarse me despedí de mis padres, entre orgullosos y tristes, cuando partí del Perú jovencita para hacer mi maestría en los años más duros que había vivido nuestro país, sin saber a ciencia cierta si volvería. He vuelto a ver, pues, mi madre con lágrimas en los ojos deseándome lo mejor para mi futuro. A mi hermana con su gabardina azul cuando trabajaba en el aeropuerto y estudiaba al mismo tiempo, desafiando los deseos de mi padre, pues, tal como yo, ella tiene el bicho del wanderlust, esa pasión por viajar que no tiene traducción en español. A mis sobrinos llegando a Lima desde chiquitos antes de convertirse en los hombres que son ahora; sobre todo, esa primera vez cuando llegaron con mi hermana agotada y mi amiga Claudia, que entonces trabajaba en el aeropuerto, me ayudó a ingresar hasta el avión por ellos.

Fue en 2005 cuando el aeropuerto de esos primeros recuerdos fue refaccionado y vuelto a mostrar como el más lindo, más moderno, y más funcional de América. ¡Tenía hasta mangas de abordaje! Un par de años después volví al Perú yadefinitivamente, y fui usuaria y testigo de las veces en que fue nombrado el mejor de América Latina, aunque para algunos ya parecía una broma que siguiera ganando ese reconocimiento con la cantidad de tráfico en su entrada y las largas filas enmigraciones: era ya un organismo donde había una pugna entre la vigencia y los achaques inexorables.

Conozco todos los rincones de este aeropuerto que cierra. Sus tiendas, cafeterías, baños, salas. Esa rampa inexplicable de subida hacia las puertas del ala internacional, el baño escondido en la llegada internacional detrás del duty free. Conozco el truco de entrar por la salida de nacionales para subir por la escalera sin ir al counter y ganar tiempo. Me acompañan todas las compras de mi sánguche triple de jamón y pollo en el kiosko 365 antes de volar, y todos los regalos de último minuto que he comprado en muchas de sus tiendas; me acompañan, incluso, hasta los sorteos en los que he participado sin haberme ganado nunca nada. 

Se dice que este aeropuerto de mis querencias —que fue inaugurado en 1965 como una maravilla de la modernidad — será convertido en un nuevo centro comercial: donde hasta hoy había intercambio de abrazos, habrá intercambio de transacciones.

Estoy segura de que el nuevo aeropuerto, emplazado un poquito más hacia el oeste, era necesario. Se nota moderno e inmenso: tiene una capacidad para recibir a 30 millones de viajeros al año, lo cual dobla lo que podía recibir hasta hoy el antiguo Jorge Chávez. Y, como ocurre con todo cambio en nuestras vidas, espero sembrar en él nuevos recuerdos, sorprenderme con sus novedades e inaugurar nuevas tradiciones, pero no puedo evitar decirle adiós a mi viejo Jorge Chávez con nostalgia y con agradecimiento. 

Alzo la mano en un ambiente de despedida. Las tiendas ya están medio vacías, todo parece listo para la gran mudanza de mañana, se siente el desasosiego ante lo que está en ebullición latente, y también creo notar en las caras un poco de nostalgia. 

Quizá no sea la única, me digo.

Y me consuela saber que, aunque desde mañana ya no llegaré más a la terminal de toda mi vida, en la nueva igual me recibirá esa ráfaga de viento húmedo con olor a mar, esa que me seguirá diciendo que he llegado a casa.


¡Suscríbete a Jugo haciendo click en el botón de abajo!

Contamos contigo para no desenchufar la licuadora.

3 comentarios

  1. Shirley Lazo

    Terminé de leer con una lágrima en mis ojos.
    He sentido paso a paso todo lo relatado recordando mis múltiples llegadas y despedidas.
    Me transporté cuando mi hermana y yo estudiábamos en el extranjero y nuestras despedidas con mis padres eran interminables.
    No hace mucho ahora yo grande lo he vuelto a vivir con mis dos hijos viviendo en el extranjero.
    Esas despedidas dolorosas que solo el Aeropuerto conoce.
    Falta que regrese el menor a Lima y ya no será en mi Jorge Chávez.
    Gracias amiga por hacernos volver en el tiempo.
    Adiós Jorge Chávez!

  2. Enrique Ortiz

    Me gustó. Siendo viajero frecuente también siento la nostalgia, pero no del olor a harina de pescado de algunos meses del año, que de seguro no cambiará.

  3. Se me metió algo en el ojo mientras terminaba de leer y me da tanta nostalgia tener que regresar a mi Perú y hacerlo de diferente manera , recuerdo ese día que dije adiós a mi Perú junto a mi familia , con el corazón en la mano 8 maletas y sin saber que nos esperaba , vivimos 2 años en Canadá y aún no hemos podido regresar , entre estudios, documentos que tramitar y el trabajo , definitivamente no nos ha dado tiempo y tan solo pensar que regresaremos y encontraremos un nuevo aeropuerto y quizá no sepamos por dónde ir mi corazón vuelve a sentir esa sensación de aquel día que partimos de Perú ese aeropuerto donde fue testigo de tantas despedidas y abrazos , tantas alegrías y tristezas, pero también nos enseña que debemos soltar a lo que estábamos acostumbrados si queremos avanzar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

5 − 4 =

Volver arriba